“Audrey”, reborn

Es tal vez el final de la década de los cincuenta. En un lugar típicamente italiano poblado por personajes teatrales y gesticulantes, también típicos e inmediatamente reconocibles como “italianos”, que son parte de esa imagen del país que nos ha transmitido el gran cine clásico italiano. Vemos entrar un autobús lleno de lugareños, entre los cuales resalta en seguida una figura inolvidable: Audrey Hepburn.

Un gigoló simpáticamente canalla mira desde su descapotable a Audrey, sentada en su autobús junto a la ventana. Le señala con un gesto el asiento junto al suyo. Audrey se decide, y cuando sale del autobús, arrancándole con gracioso descaro la gorra al conductor, caminando con su habitual aire desenvuelto y sofisticado, parece simplemente ella.

Bueno, todavía no es ella. Es aún tan solo una máscara imperfecta, a pesar del excelente trabajo técnico. Not there yet, but nearly. No hemos llegado aún, pero llegaremos antes de diez o veinte años, y entonces la máscara será en efecto indistinguible de la Audrey Hepburn original. La imagen generada informáticamente será al fin idéntica a la real.

Pero bien mirado, esta Audrey Hepburn del anuncio de Galaxy, esta Audrey programada, hecha de líneas de código, es ya algo más que una máscara. Sí, algo de ella y de su inconfundible estilo y de su personalidad existe ya  bajo la máscara, y se ha reproducido con el mismo talento. No ha sido por tanto solo un trabajo de informáticos, también ha sido creación de entusiastas y expertos en el espíritu Audrey. Al margen del fondo musical del Moon River de Desayuno en Tiffany´s, la Audrey Hepburn resultante está inspirada sobre todo en la de Vacaciones en Roma y Sabrina, y es más que una imagen computerizada. Hay, empieza a haber, chispa poética y artística. La de la recreación, de la representación inteligente. La chispa del arte, en definitiva.

¿Qué es al fin y al cabo eso que hoy día llamamos Audrey Hepburn? Es una presencia y un espíritu que nos llegan desde las viejas imágenes. En el futuro, podremos aumentar el número de esas imágenes. Recuperar la máscara de Audrey Hepburn en su totalidad, reproducirla hasta lo indistinguible e insertarla allá donde deseemos, es algo que tenemos ya casi al alcance de la mano. Pero  recuperar a la autentica y original Audrey exigirá más recursos que los estrictamente técnicos. Su imagen (su “cuerpo”) la recrearán los informáticos, pero su espíritu (su personalidad, su estilo, sus registros interpretativos, sus reacciones) serán tarea de eruditos, especialistas en cine y en la actriz . Una Audrey Hepburn  resucitada protagonizando nuevas ficciones, siendo ella por completo, será un logro de la técnica pero también del arte. Los académicos, los expertos en cine y en interpretación, los artistas o los psicólogos habrán de insuflarle el alma a esa arcilla. Entonces habremos recuperado máscara y alma. Una nueva Audrey Hepburn echará al fin a andar, y no será solo un simpático autómata. Será ella. O casi.

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Películas

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3o películas para mentes científicas. Selección de Arcadi Espada

Esta lista incluye en principio películas relacionadas de algún modo con la ciencia.  Pero también es una selección muy útil para aquellos que quieran vivir el arte desde un marco mental “científico”.

A pesar del nexo común, la selección es muy variada. Los más diversos enfoques, filosofías, épocas, nacionalidades y lenguas. Desde Alphaville (Godard, 1965)  hasta Contact (Zemeckis, 1997), pasando por Solaris (Tarkovsy, 1972), Cube (Natali, 1997) o Scanners (Cronenberg, 1981).

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La gravedad mata

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La Ciencia no es un relato, ni es una construcción socio-cultural, o no en lo esencial. Tampoco es una sucesión contradictoria de paradigmas. Es un núcleo creciente de conocimiento positivo y auténtico. Es una crónica privilegiada de la verdad del mundo. De su estructura y fundamentos.

Luego, lo que políticamente hagamos con esa verdad (exaltarla, negarla o simplemente filtrarla), depende de nosotros y de nuestras ideologías cambiantes. De nuestro caprichoso mundo mental.

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La depresión en Hamlet

La depresión ha sido una antigua compañera del ser humano a lo largo de las épocas, al margen de las distintas interpretaciones que de ella se hayan hecho en cada momento.  El impacto de la clásicamente llamada melancolía en la cultura y la experiencia humanas se ha hecho notar con mucha frecuencia. Un gran ejemplo lo tenemos en Hamlet. Esta tragedia de Shakespeare, al margen de ser una obra dramática de gran altura estética, podemos también considerarla como la declamación poética de un melancólico. Es decir, en lenguaje actual, de un depresivo.

Es posible pensar que las grandes dotes de observación de William Shakespeare, al margen de sus talentos como dramaturgo, le llevaran a la construcción de un personaje no solo literariamente impecable, sino capaz de dar cumplida cuenta en escena a través de sus soliloquios del negro estado de ánimo típico de un individuo que sufre depresión.

Hay varios desencadenantes para la depresión de Hamlet: la muerte del padre, el matrimonio de su tío con la madre, la usurpación, el descubrimiento del asesinato del padre. Los parlamentos del  atormentado príncipe nos dan prueba de una melancolía cada vez más sombría e intensa. Y a lo largo de la obra se nos muestran además otros rasgos típicos del depresivo, como la inacción y la parálisis, la negatividad, el sinsentido o la incapacidad para tomar el control de la propia vida.

Algunos comentaristas han ido más allá y han señalado que Hamlet sufre una depresión maniática, ya que existen momentos en los que el príncipe parece salir del abatimiento y lanzarse a una actitud más alegre y activa. También aparecen síntomas de esquizofrenia y posibles alucinaciones.

Hamlet es por tanto, una obra que ha de fascinar no solo por su altura dramática, sino por ser al mismo tiempo un sutil testimonio clínico en clave poética del estado de ánimo depresivo, de sus síntomas y comportamientos.

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Literatura y ciencia, de Aldous Huxley

Aldoux Huxley, célebre autor de A Brave New World (1932) y nieto del biólogo Thomas Henry Huxley (que en su polémica de 1881-83 con Mathew Arnold anticipó la controversia Snow-Leavis sobre las dos culturas) publicó en 1963 Literatura y Ciencia. Huxley presenta su extraordinario ensayo con estas palabras:

“En los párrafos que siguen intentaré tratar este tan debatido tema en términos más concretos que los empleados por Oppenheimer y Trilling, por Leavis, Snow y los iniciadores victorianos de esta gran polémica. ¿Cuál es la función de la literatura, cuál su psicología, cuál la naturaleza del lenguaje literario? Y, ¿en qué se diferencian su función, su psicología y su lenguaje de la función, la psicología y el lenguaje de la ciencia? ¿Cuál ha sido en el pasado la relación entre literatura y ciencia? ¿Cuál es la actual? ¿Cuál podrá ser en el futuro? ¿Qué le convendría hacer desde un punto de vista artístico al hombre de letras del siglo veinte respecto de la ciencia de su siglo? Estas son las pregüntas que trataré de responder”.

En la página 12, hablando sobre los hombres de letras, Huxley escribe:

“Pero mientras el hombre de ciencia hace lo posible por ignorar los mundos que le revelan las más privadas experiencias propias y las ajenas, el hombre de letras no se detiene mucho tiempo en lo que resulta meramente público. Para él, la realidad exterior se relaciona constantemente con el mundo interior de la experiencia privada, la lógica compartida se modula para convertirse en sentimiento no compartido, la salvaje individualidad quiebra siempre la cáscara de la costumbre cultural.”

(Fragmentos tomados de la web sobre Aldous Huxley, de Q. Arnau.)

Y aquí tenemos un PDF con el libro escaneado, en la edición de Edhasa (Buenos Aires, 1964)


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La sinfonía de la ciencia – John Boswell

Ode to the Brain 

Children of Africa (The Story of Us) 

Onward to the Edge

The Symphony of Science es un interesante proyecto del músico y productor John Boswell, cuyas dos pasiones, afirma, son la ciencia y la música. El proyecto, que hasta la fecha consta ya de doce vídeos, prentende acercar la ciencia a la gente, transmitiéndole una emoción musical a los grandes “relatos” que a dia de hoy ha establecido la física, la biología, la astronomía, la química o la medicina.

Los videos recogen distintan temáticas científicas, comunicando en clave musical y artística las certezas (o las teorías más avanzadas) a las que hemos llegado en el terreno del conocimiento basado en la evidencia: origen y evolución del cosmos, la evolución de las especies, el origen africano del hombre, la neurociencia, el mundo cuántico o el futuro de la exploración de Marte.

Boswell dice haberse inspirado en Carl Sagan y su magistral serie divulgativa Cosmos (1980), la más impresionante amalgama de ciencia y sensibilidad humanística que se haya filmado nunca para el medio televisivo. En la serie se  dramatizaba con actores y reconstrucciones históricas el desarrollo de la ciencia y sus avances a lo largo de los siglos. Y la música ayudaba a subrayar la grandeza de ese itinerario intelectual, así como sus impresionantes resultados. No solo la música de Vangelis, la que más se asocia con la serie, sino la de Mozart, Shostakovich, Pachelbel o Bach.

En The Symphony of Science, Boswell no usa composiciones clásicas como se hacía en Cosmos, sino un tipo de música mucho más popular, la electrónica, mezclando y sincronizando con habilidad las notas con las voces de científicos y divulgadores famosos como Feynman, Dawkins, Richard Attemborough, Brian Cox (físico y ex-teclista) o el propio Carl Sagan.

Personalmente pienso (y esto es solo mi opinión) que desde un punto de vista artístico el resultado final es a veces algo hortera, aunque desde luego no está exento de atractivo musical. Pero si cumple su cometido de divulgar los contenidos básicos de la ciencia de una manera agradable, y logra fascinar a una parte del público estimulando su interés por la ciencia y el pensamiento crítico que le es propio, entonces estamos sin duda ante una gran idea y un buen producto.

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Einstein y el violín

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Toda su vida lo acompañó el violín. Acostumbraba a tocarlo de madrugada en casa, improvisando melodias. Sus notas lo ayudaban a resolver complicadas cuestiones físico- matemáticas. Aprendió a tocar el instrumento a los cinco años.

Mozart y Bach eran sus pasiones: admiraba la “clara estructura arquitectónica” de sus piezas, que parecían “dibujadas por el cosmos mismo, más que por la mano humana”.

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©SerafinGLeon, 2007/12
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La revolución naturalista

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