Tercera Cultura, modelo de futuro

La convergencia Ciencia/Humanidades y la aceptación política de los resultados de la Neurociencia encontrarán dificultades, pero llegarán.

La Tercera Cultura puede en principio aparecerse como una manera totalmente nueva de plantear las complicadas y a menudo distantes relaciones entre la Ciencia (Ciencias exactas y de la Naturaleza) y las materias “humanísticas”, en las que incluiríamos a las Ciencias Sociales, el Arte, la Historia o en general aquello que suele conocerse popularmente como “Cultura”.

La Tercera Cultura no es algo nuevo

Pero es solo la etiqueta Tercera Cultura la que puede ser reciente, no la “filosofía” que la fundamenta. Intenta tender puentes comunicativos entre las dos culturas (ciencia y humanidades), integrándolas, y ello desde hace tiempo. Es un proyecto muy ambicioso, ya que su horizonte vendría dado ni más ni menos que por el regreso a una unidad del conocimiento y la cultura humanas como no se conocía desde hace siglos. Desde aquellas épocas en que la llamada Filosofía (del griego “amor por el saber”) enmarcaba a la totalidad de ese saber humano. Con el correr del tiempo, la “filosofía” iría ramificándose o incluso desintegrándose en disciplinas especializadas. Una de ellas iba a ser la “Filosofía Natural”, área filosófica centrada en el conocimiento del mundo físico. A lo largo del XIX, esta Filosofía Natural pasaría a ser conocida universalmente como” Ciencia” (Física, Química, Biología). Isaac Newton en el XVII-XVIII se veía a sí mismo como un Filósofo Natural. Hoy dia lo consideramos un Físico, de hecho el padre fundador de la Física, junto con Galileo.

Integración de las dos esferas
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La Tercera Cultura busca por lo tanto la creación (la recuperación) de un marco integrador en el que vuelvan a quedar incorporadas disciplinas en apariencia distantes (científicas y humanísticas), pero es el método de las “ciencias experimentales” el que ha de marcar la pauta, el cimiento del nuevo edificio. No tanto en los países anglófonos como en los del dominio hispánico (España incluida), la Política, la Antropología y la Sociología se basan en gran medida en ideologías (a menudo puro wishful thinking) que pugnan entre sí midiendo su fuerza histórica, académica o mediática. Mientras no pocas veces ignoran voluntariamente lo que la Ciencia conoce de manera positiva acerca del comportamiento humano (desde la Biología o las Neurociencias).
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Contra el “wishful thinking” y el sectarismo ideológico
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Es más, a menudo en aquellas ocasiones en que la Ciencia sale a escena con algún resultado experimental que choca frontalmente con la ideología imperante es a menudo silenciada o incluso atacada. Existen unos cuantos elementos que no ayudan precisamente al muy necesario desarrollo de la Tercera Cultura: el paradigma cultural postmoderno, la desgraciada idea de que la Cultura (Ciencia Experimental incluida) es tan sólo un entramado de textos o de “discursos”. O el rechazo a cualquier noción de “jerarquía” dentro de ese “entramado” y del marco de la Cultura (¿por considerarse acaso “antidemocrático”?). La obsesión por “nivelar”. El “Imperio del Mito”. El constructivismo en Pedagogía y Educación. O el derivarlo todo hacia la pugna ideológica, ignorando o despreciando la base experimental del conocimiento de lo natural.

El término Tercera Cultura fue puesto en circulación por el editor John Brockman a mediados de los noventa, con la publicación de The third Culture: beyond the Scientific Revolution. El libro pretende proyectar las ideas de las personalidades más importantes de la Ciencia contemporánea (gentes como Richard Dawkins, Paul Davies, Steven Pinker o Stephen Jay Gould) haciéndolas llegar al gran público y tendiendo asi puentes entre Ciencia y Sociedad.

Orígenes: las “dos culturas” de Snow

Los orígenes de la Tercera Cultura podríamos rastrearlos en1959 con la célebre conferencia dada por CP Snow, que era físico y se dedicaba además a la Literatura. En esa conferencia fue diagnosticado con bastante solvencia el problema de la separación intelectual y académica entre Ciencia y Humanidades. En aquella época ya se percibía la gran distancia entre una y otra. El diagnóstico de Snow distó mucho de ser universalmente aceptado y fue vapuleado entre otros por el prestigioso (y malhumorado) crítico literario FR Leavis, dando lugar a la famosa controversia Snow-Leavis.

Avance lento pero constante

Desde 1959 algo se ha avanzado en esta imprescindible convergencia intercultural. Esta llegará tal vez más como un hecho consumado: a medida que las neurociencias y el conocimiento científico del cerebro humano y su funcionamiento (base de la conciencia y de la “Mente”, y por tanto de la Cultura y todas sus formas) vayan dando lugar a disciplinas (hoy) futuristas como la neuroeconomía o la neurosociología. Vamos en esa dirección y por muchos “palos en las ruedas” que se pongan (y se pondrán, lo estamos viendo) el proceso es seguramente imparable. Fenómenos como el postmodernismo, o el sectarismo de las ideologías intentarán pues frenar la convergencia y quizá lo logren, pero la Ciencia y su método (con sus resultados, algunos impactantes) han llegado demasiado lejos en su demostración de que la Realidad existe fuera de nuestra mente y sus mapas. El futuro parece claro. Y el futuro es justamente eso: la convergencia, la Tercera Cultura.

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Nilo María Fabra

Fabra, padre de la ciencia-ficción española

País no demasiado dado a la Ciencia ni al pensamiento racional (para nuestra desgracia), España no ha dado, en aparente paradoja, grandes obras o escritores ni en el fantástico ni en el género supuestamente afín de la especulación científica. Aunque hay desde luego, honrosas excepciones. A lo largo del XIX y el XX, un buen puñado de autores en nuestro país (la mayor parte menores, pero también alguno de los grandes, en graciosa concesión) se dejaron seducir lo suficiente por la apoteosis científica de esos dos siglos y su fuerte impacto social y utilizaron la ciencia y la anticipación en sus argumentos. Destaca en ese pequeño grupo de outsiders fantacientíficos el catalán Nilo Maria Fabra, uno de los iniciadores de la ciencia-ficción y la ucronía en España.

Nilo Maria Fabra (Blanes, Gerona, 1843 – Madrid, 1903) es uno de esos olvidados de nuestro XIX literario, tapado por los primeros espadas del noventayochismo. Periodista y escritor, padre del poeta (igualmente olvidado) Nilo Fabra, fue una figura pública un poco al estilo de HG Wells o CP Snow, en la España de la Restauración.

Devoto de la Ciencia y la Tecnología y cantor del “progreso técnico”, regeneracionista, muy atento a todo aquello que según él podría mejorar el país, Nilo Maria Fabra fue ante todo periodista y corresponsal. Pero entre sus escritos periodísticos y literarios destacan unos relatos de “ciencia-ficción” que lo convierten en un precursor de ese género en castellano, o incluso en el “padre” de la ciencia ficción española, como se ha dicho. Aunque Fabra no fue el único que cultivó en España en el final del XIX la “SF primitiva”, o previa a Hugo Gernsback y su etiquetaje del género en 1926.

Creó el antecedente de la agencia EFE

Con quince años, en 1858, ya publicaba artículos en diarios barceloneses. En 1860 se marcha a Madrid. Fue corresponsal en la guerra de 1866 entre Austria y Prusia, y en la franco-prusiana de 1870, lo que aleja a Fabra de aquellos noventayochistas que solo se atrevían con los trenes de cercanías en torno a Madrid. Fue una figura cosmopolita y bien informada, que recuerda a aquel Josep Pla viajero y periodista anterior a 1940, cronista minucioso de asuntos europeos.

En la historia del periodismo en España, Nilo Maria Fabra destaca además por haber sido el creador del embrión de la futura agencia EFE. La agencia de noticias, que se llamaría agencia Fabra a partir de 1919, daría lugar junto con otras dos, a la EFE en el año 1939.
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Padre de la ucronía en España
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Podemos considerar a Nilo Maria Fabra también el precursor de la ucronía (historia alternativa) en lengua española. Uno de sus relatos fue el titulado Cuatrocientos años de buen gobierno (Cuentos ilustrados, Barcelona, 1895). Ahí, el “patriota” Fabra recrea una España en la que el infante Don Miguel, nieto de los Reyes Católicos e hijo del rey de Portugal, no muere en 1500 en la tempranísima infancia, sino que llega a rey y se hace con los imperios de España y Portugal mucho antes de Felipe II en 1580.

Este Don Miguel cubre la primera mitad del XVI de modo parecido al Carlos V de nuestra versión temporal, pero construye un Estado de mucho mayor éxito político, social y económico, origen de la modernidad, en detrimento de Francia e Inglaterra. Ah, y en esta ucronía fabriana, el ferrocarril se inventa en el siglo XVII español y no en el XIX inglés. En el 1890 de Fabra, las Américas son también independientes pero forman con la metrópoli una especie de Commonwealth hispánica, de hegemonía mundial.

Obviamente, Fabra utiliza sus visiones ucrónicas para volcar en ellas sus modelos teóricos de regeneración y buen gobierno y eliminar todo aquello que no le gusta del país real.

Resto de su obra

Entre 1885 y 1897, Fabra publica tres libros de relatos que podemos considerar de “ciencia ficción” y ucronía política. El primero de ellos, Por los espacios imaginarios, con escalas en la Tierra (Madrid, 1885)además del comentado Cuatro siglos de buen gobierno, encontramos otros títulos como el futurista El desastre de Inglaterra de 1910 (simpáticamente anglófobo, en el cuento se vaticina un colapso del imperio británico), Diálogos en el espacio, El hombre único o Del cielo a España.

La segunda colección, Cuentos ilustrados se publica en Barcelona en el año 1895. Incluye entre otros los relatos Lo presente juzgado por lo porvenir, El planeta Marte, Un Viaje a la República Argentina en el año 2003, La locura del anarquismo, o El fin de Barcelona.

La tercera colección Presente y futuro: nuevos cuentos (Barcelona, 1897) incluye los relatos La guerra de España contra los Estados Unidos (un año antes del enfrentamiento real, pero aquí gana una España “heroica”), Páginas de la historia de lo porvenir, Recuerdos de otra vida, o El futuro ayuntamiento de Madrid. 

Alta Velocidad

Para Nilo Maria Fabra la electricidad es la clave del progreso técnico. Como para muchos intelectuales del final del XIX, el futuro es una insistente extrapolación eléctrica. En su cuento Un viaje a la República Argentina en 2003, puedes ir en ferrocarril entre España y el cono sur de las Américas, moviéndose los trenes a lo largo de una especie de gigantescos submarinos que te ponen en Buenos Aires en un periquete. Fabra anticipa el tren de Alta Velocidad.

“Pequeño Julio Verne” o “HG Wells de provincias” son algunos de los apelativos dedicados a Fabra desde esa mezcla de arrogancia y autodesprecio que nos gastamos los habitantes de esta península extraña. Pero sus visiones y sueños regenerativos dan como mínimo lugar a una obra agradable y decorosa en una España, la de hoy, que mucho nos tememos, toca volver a regenerar.

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Stanislaw Lem: ciencia y “condición humana”

La obra de Stanislaw Lem es uno de los hitos de la literatura del siglo XX. La importancia de la ciencia en sus novelas y relatos ha sido causa de una cierta infravaloración de su figura por parte de los críticos literarios y aquellos que desde el mundo académico deciden qué autores son depositarios de las glorias literarias. El origen está en, como no, el lamentable  y persistente hueco intelectual entre la ciencia y las materias humanísticas, y el desprecio hacia aquella por parte de los académicos de humanidades, su complaciente ignorancia científica.

Por esa presencia de la ciencia y la tecnología en sus escritos, Stanislaw Lem ha sido absurdamente etiquetado como autor de “ciencia-ficción” lo cual unido a los prejuicios que existen hacia ese género en el mundo de la alta cultura literaria, ha dado como resultado que al autor polaco se le valore muy por debajo de otros autores que en realidad a su lado no son más que pigmeos. Su obra, en cualquier caso, al menos en algunos de sus mejores títulos como Solaris, Fiasco, El invencible o La voz de su amo, constituye el más impresionante ejemplo de integración intercultural de la literatura del siglo pasado. La ciencia está imbricada en la narración, y forma parte de la “condición humana”. En Lem, autor con background científico pero con profundas preocupaciones humanísticas, se da una autentica unidad epistemológica entre los dos mundos. Lo cual lo convierte en una referencia para el inmediato futuro. Tal vez su hora suene a mediados de este siglo.

Solaris: una “ciencia-ficción” humanística

Solaris fue publicada por primera vez en Varsovia, en 1961, en lengua polaca. La traducción al francés data de 1966, y dicha traducción fue la base de la edición inglesa posterior. A pesar de la importancia y popularidad de la novela, sigue sin existir traducción directa al inglés desde el original polaco. En español, ha aparecido hace muy poco una versión directa (Impedimenta).

Hasta la fecha, se han rodado tres películas basadas en Solaris: la de Nicolai Nirenburg (URSS, 1969), la de Andrei Tarkovsky (URSS, 1972) y la de Steven Soderbergh (EEUU, 2002).

La historia se desarrolla en un planeta extraño, Solaris, casi totalmente cubierto por un enorme océano. Para estupefacción de los investigadores terrestres, este océano resulta ser en sí mismo el único ser “vivo” y consciente que hay en el planeta. Un ser inclasificable, incomprensible.

Solaris nos presenta así un escenario propio de una novela de ciencia-ficción pero con abundantes resonancias humanísticas. La Ciencia se ve acompañada por todo el repertorio intelectual humano: psicología, filosofía, literatura, historia, antropología, tradición. Y sobre todo, Solaris nos provee de un potente ejercicio de indagación sobre la condición humana. Algo siempre del gusto de la crítica literaria tradicional.
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El océano de Solaris: una inteligencia incomprensible
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El tema básico de la novela es la dificultad (o imposibilidad) por parte del hombre de comunicarse con una forma de vida y de conciencia totalmente extraña, inaudita. Y de rebote Solaris es también una reflexión sobre la propia inteligencia humana, su significado, sus límites.

El psicólogo Kelvin es llamado a Solaris desde la Tierra para clarificar ciertos extraños sucesos que están ocurriendo en la estación terrestre que se encarga de investigar la naturaleza del océano. El planeta Solaris había sido descubierto aproximadamente un siglo antes, según nos cuenta la historia.

La Solarística: la ciencia de Solaris

A lo largo del siglo transcurrido desde el descubrimiento, han sido muchas las idas y venidas, las especulaciones acerca del enigma Solaris. Ha aflorado una vasta rama multidisciplinar del conocimiento, la llamada Solarística, pretendida ciencia del océano solariano. A lo largo de las décadas, estos estudios han intentando en clave científica, filosófica o humanística avanzar en el conocimiento del ente más misterioso de la experiencia humana.

La Solarística ha generado ensayos, tesis, narraciones, vastas enciclopedias. Pero ha tenido que conformarse las más de las veces con ser una ciencia básicamente descriptiva de los fenómenos. Y casi renunciando a su comprensión, a acceder al patrón o dibujo. Pero el impacto e influencia del planeta consciente ha sido muy grande en el conjunto de la cultura de la Tierra.

Kelvin llega a Solaris. Aparición de los “visitantes”

Cuando Kelvin llega a Solaris, hace poco que la estación ha puesto en marcha una nueva estrategia para el estudio del planeta: un bombardeo de radiación de alta energía, en un intento ya casi desesperado de que el planeta responda o tome conciencia clara de la presencia humana. Y el planeta responde, con lo que algunos enigmas se resuelven. El océano es en efecto consciente, más allá de toda duda, la masa de agua y sus componentes forman un enorme protoplasma, una misteriosa fisiología. Un alucinante organismo.

¿Y en qué consiste la respuesta del océano? Tanto a Kelvin como a los otros habitantes de la estación se les aparecen, en la intimidad de sus habitaciones, misteriosos visitantes. Son seres con apariencia completamente humana que forman parte del pasado de cada uno de los científicos terrestres. A Kelvin se le aparece Harey, su mujer, que se suicidó años atrás, tras romper Kelvin con ella.

De entre los muertos. Como la Madeleine de Hitchcock

Esta “Harey” está hecha de carne y de sangre y comparte bastantes cosas con la Harey original. Pero ha sido “creada” por el océano, mediante un proceso material y cognitivo incomprensible. Escarbando en la mente de Kelvin, mirando a su trasluz, leyéndola.

En un primer momento, “Harey” es una borrosa versión (en lo emocional y psicológico) del original, ya que piensa y siente solo en base a lo vivido en su día con Kelvin. Todo lo que hay en ella ha sido tomado por Solaris de la mente del psicólogo. Por lo demás, “Harey” es totalmente humana (aunque su unidad fundamental, como se nos revela, son los neutrinos), y cuenta con capacidad de reflexionar, indagar y amar. A partir de su surgimiento, cambia y evoluciona como cualquier ser humano.

El océano “experimenta” con los humanos

El planeta ha “visto”, pues a los terrestres, y parece experimentar, jugar, quizá “dialogar” con ellos, a través de los “visitantes”, y sus demás creaciones. Manipula sueños, anhelos, secretas corrupciones. El significado de la actividad del planeta es desconocido. Nadie sabe, ni puede saber, si el océano es una especie de autista, si trata de comunicarse, o es solo un niño emborronando papel.

El universo es gigantesco, y las posibles formas de vida que en él habiten pueden ser inconcebibles. Es posible que a lo largo de este XXI, ciencia y humanidades se conviertan al fin en algo unificado y compacto, a través de una invasión de la cultura por parte de la neurociencia. Quizá llegue entonces el gran momento crítico de Solaris y del resto de la obra de Stanislaw Lem.

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Golf lunar

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El Apolo XIV (enero-febrero de 1971) fue la tercera de las misiones Apolo en lograr posarse en la superficie lunar, tras el XI y el XII (recordemos que el XIII “tuvo un problema” y no logró alunizar: Ron Howard hizo una peli con Tom Hanks). El Apolo XIV fue también el primero en enviar imágenes en color a la Tierra.

Dicha misión se recuerda también por los golf swings de su comandante Alan B. Shepard. Una auténtica ocurrencia. Golpeó con una mano, por causa de la rigidez del traje espacial. El primer intento pilló más suelo que bola, como dijo el mismo Sheppard. Hubo algo más de suerte con la segunda, empujándola un par de metros. Y el tercer swing fue el mejor: un elegante golpe (dadas las circunstancias) envió la bola a millas y millas de distancia. O eso aseguró el optimista Sheppard. Aunque la estimación posterior dejó la cosa en unos 200 o 300 metros. Que tampoco está mal.

Fue un momento glorioso y también simpático. Tras cuatro siglos raspados de ciencia moderna, desde aquel momento en que a Galileo se le metió en la cabeza testar experimentalmente a Aristóteles, y comprobar por sí mismo si su física era cierta. Algo que al parecer no se le había ocurrido a nadie en 2000 años.

Cuatro siglos raspados desde Galileo. No, más bien tres y medio. Y ahí estaban esos en aquel 1971, correteando y riendo sobre la mismísima Luna, la que según ciertos antiguos escribas orientales jamás tocaríamos. Que nos den cuatro siglos más. Y serán las estrellas lo que toquemos.

Cafeína y cultura

Balzac

El café (con su cafeína) es una bebida psicoestimulante que tomada con moderación nos aporta un placer mental al que no hay por qué renunciar.

La droga psicoactiva llamada cafeína ha tenido un gran impacto en nuestra cultura en especial desde el momento de su transformación en bebida social en los salones dieciochescos. Unas cuantas obras literarias parecen deber en buena parte su existencia a la molécula y al brebaje negruzco (el llamado “vino árabe”) que la vehicula. Así, el gigantesco ciclo balzaquiano de la Comedia Humana, compuesto entre 1829 y 1848. Su alcance, profundidad y fulgor estético pueden tener parte de su origen ni más ni menos que en la cafeína y sus efectos. Honoré de Balzac era una máquina de producir textos y también de consumir litros y litros de café. El escritor de Tours (1799-1850), era el arquetipo opuesto a ese Flaubert que sudaba durante horas sobre el papel, tratando de localizar le mot juste. Balzac no se demoraba tanto, la cafeína no le dejaba. Escribía y escribía, a golpes de trabajo y de genio. Se dice que a Balzac, totalmente enganchado al líquido negro, no le importaba recorrerse París de punta a punta para hacerse con la mezcla que lo deleitaba: bourbon, martinica y moca. A la que atribuía su agudeza mental y literaria. Una frase adjudicada al autor de Eugénie Grandet:  “Con el café, la artillería de la lógica avanza con deducciones impecables. Las frases ingeniosas surgen como balas…”. Sí, parece que le debemos a la cafeína uno de los más impresionantes e inmortales corpus literarios que se hayan escrito jamás. Solo por eso ya deberíamos sentir por esa molécula una veneración quasi religiosa.

Una bebida “natural” que no siempre fue tan fácil de conseguir

La cafeína es un droga psicoactiva completamente legal y muy popular, cuyo consumo alcanza cifras masivas en todo el mundo. No existe impedimento alguno para adquirirla en cualquier colmado o supermercado, en sus fuentes más habituales (café, té, cacao o refrescos). No hay necesidad de sacar ningún ID como sucede por ejemplo en el Reino Unido para hacerse con la otra gran droga psicoactiva legal: el alcohol etílico. En este caso, se le ha de demostrar a la cajera que se tienen más de 21 años. No así con la cafeína.

Aunque no falta una literatura abundante alertando sobre los supuestos riesgos de café y cafeína, en la que a veces se exageran sus efectos nocivos hasta niveles grotescos. Lo cual es curioso en una época de “divinización” de la Naturaleza y todo aquello (presuntamente) natural: las fuentes de la cafeína (frutos o semillas del café u hojas de té) son cien por cien “naturales”, después de todo. ¿O no?

La cafeína será ahora muy fácil de conseguir, pero no siempre fue así, y su principal fuente (café) hubo de afrontar épocas de ‘catacumbas’ hasta lograr la actual permisividad. Tanto Cristianismo como Islam, las dos grandes religiones de Occidente y Oriente próximo, no podían ver de entrada con muy buenos ojos la aparición de ese siniestro ‘vino árabe’, como lo llamarían en Europa, que amenazaba con convertirse en un nuevo “alcohol”, y dar lugar a nuevas e inquietantes embriagueces.

El café se abre paso en Europa y Oriente medio

Pero era evidente que los efectos del café no eran los del alcohol. Según la célebre leyenda acerca de los orígenes del café, cuando el pastor Kaldi observó en Etiopia la excitación de unas cabras que mordisqueaban frutos y hojas de cafeto (coffea) y tras probarlo luego él mismo, quedó claro que la substancia más bien vigorizaba y agudizaba, todo lo contrario del alcohol, que adormecía.

El nuevo brebaje negruzco podía ser útil para no caerse dormido durante los rezos coránicos, con lo que acabo logrando la bendición de los clérigos del Islam.

En el mundo cristiano a la bebida le costó también abrirse paso, desde luego, sobre todo en el ámbito del Protestantismo, y por remilgos morales parecidos a los del Islam. Pero a lo largo del XVII cada vez son más las ciudades europeas que van abriendo establecimientos públicosbebederos de café (cafeterías) para disfrutar de la nueva droga junto a amigos. Londres abrió la primera en 1652, Berlín en 1670, Paris en 1686. Hablando de Paris, se dice que la idea de la Enciclopedia, enorme proyecto cultural que habría de marcar la Ilustración y el XVIII, surgió en una de esas cafeterías.

El café entra en casa

Fue justamente en el XVIII cuando el café salió de las tabernas cafeteras o cafeterías y se metió en el ámbito doméstico. Las mujeres se aficionaron rápidamente al brebaje, que fue ganando en respetabilidad social y domestica. Había de convertirse en bebida “intelectual”, un clásico dieciochesco. No podía ser de otra manera, tratándose de una droga que parecía afilar el intelecto.

Efectos de la cafeína

La cafeína fue aislada en 1819 por el alemán Friedrich F. Runge que le puso el nombre a partir de su origen mas popular, el café. Se trata de un alcaloide que pertenece al grupo de las xantinas. Su nombre IUPAC no es otro que 3,7-dihidro-1,3,7-trimetil-1H-purina-2,6-diona.

Todos conocemos los efectos de café y cafeína: aumento del estado de alerta, disminución de la fatiga y la somnolencia, diuresis. Tras los 80/100 mg de una o dos tazas de café, sentimos un pequeño subidón anímico, como una ligera elevación mental. Al ir sumando tazas, aparecerán efectos menos agradables: una mayor diuresis, malestares gástricos, insomnio, irritación, ansiedad. La dosis letal no llega hasta los 5/10 gramos en 24 horas, y eso son bastantes tazas de café: entre sesenta y ochenta.

Tomado con “moderación”, ¿por qué renunciar?

Obviamente, la fisiología de cada persona hará que sea más o menos sensible a la cafeína. No falta quien puede dormir perfectamente bien tras una taza de café, otros no pegarán ojo. Consumidores habituales, desarrollaremos una dependencia física y psicológica (no podemos renunciar al placer de la tacita) y cuando nos la retiran, nos sobreviene un claro síndrome de abstinencia en forma de irritación, fatiga o cefalea, aunque remite con relativa facilidad.

Nada hace pues pensar que tomado con moderación, el “vino árabe” no sea esencialmente inocuo (esto es, hasta cuatro o cinco tazas diarias, dependiendo de la personal e intransferible fisiología de cada uno). No hay en principio razón alguna para renunciar a este pequeño placer “natural”, que nos proporciona una deliciosa plenitud mental durante un par de horas, permitiéndonos, además, seguir siendo “nosotros mismos”, al contrario de lo que sucede con el alcohol etílico.

Publicado originalmente en Suite101

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