Suckers, de Rose Shapiro

Junio 28, 2009 by Serafin

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Un buen texto para ahuyentar -al menos hasta cierto punto, no hay que hacerse demasiadas ilusiones- a la horda de alternativos (naturopatas, ayurvedistas, quiropracticos, osteopatas, candleterapeutas, homeopatas, acupunturistas, meditadores et all) es este contundente Suckers, de Rose Shapiro.

Shapiro pega un verdadero repaso a los alternativos, intenta desemascararlos -y digo intenta porque se necesitaran muchos libros como este para lograrlo- y lo hace con energia y soltura. Suckers es un libro de lectura esencial para cualquier persona ilustrada y un digno esfuerzo para frenar siquiera en cierta medida a una armada de personajes que comienzan a ser un serio problema intelectual, sanitario y economico.

Peligros

Junio 18, 2009 by Serafin

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Vivimos una epoca paradojica. La Ciencia Natural (la Ciencia a secas, pues para mi cosas como la Sociologia solo son Ciencia en la medida que son Ciencia Natural), y el binomio TecnoCiencia se encuentran en una situacion socioculturalmente curiosa. Nunca en toda la Historia de la Humanidad se habia alcanzado un conocimiento tan profundo de las leyes de la Naturaleza (mundos fisico, quimicobiologico) y una mayor excelencia en su manipulacion, dando lugar a poderosas e increibles excelencias tecnologicas. Pero esta Ciencia o TecnoCiencia, sin duda la mayor conquista de la mente del Hombre, sufre hoy dia una situacion de acoso, de peligro casi. He ahi la paradoja.

Anyo 2009. Un anyo futurista, fagocitado ya por el Tiempo aquel redondo 2000 clave en la mitologia futurista de Occidente desde mediados del XIX. Fagocitado tambien el 2001, otro guarismo notorio en la cultura popular no tanto por ser el primer anyo del XXI como por venir asociado a la excelente Odisea de Kubrick y su deliciosa asociacion tecnohumanistica (”humanistica” en el buen sentido, en este caso). En el anyo de CienciaFiccion que vivimos y en el que yo diria que su TecnoCiencia se encuentra perfectamente a la altura de los viejos mitos del porvenir del XIX y el XX, estamos ante una desconcertante Cruzada intelectual, politica y academica contra el metodo cientifico (herramienta esencial sin la cual estariamos todavia inmersos en una cultura de tipo especulativo como la de cualquiera de las civilizaciones humanas anteriores al Occidente del siglo XVII) y contra el poderoso legado de la Ilustracion, incuestionable no hace tanto. Pues si, nos sale hoy al paso toda una armada de academicos e intelectuales que desde las “Ciencias” Sociales principalmente y desde la “Humanidades”, intentan de algun modo dinamitar nuestra cultura intelectual (racional y cientifica)y devolvernos a una especial de renacida Edad Media, como aquella anterior al XVIII, frivolamente asimilando (entre otras cosas) la Ciencia y su aparato con una disciplina cultural mas, exaltando la Ideologia y sus entramados verbales por encima de las verdades (es decir por enciama de los hechos, vaya) de la Naturaleza. Y es que empiezan diciendo que la Verdad como tal no existe. Y un cuerno no existe.

La verdad de la Esfericidad de la Tierra, su movimiento eliptico en el Espacio, no existen?? Son acaso una costruccion sociocultural?? No existe la mecanica newtoniana (naturalmente con su refinamiento einsteniano)??? Una broma a la que soy muy aficionado: que prueben esos intelectuales a saltar desde un octavo piso, a ver en que queda la construccion sociocultural, el entramado de textos a los que segun dicen se reduce la Fisica. Y como se las arreglan para trasladarse por el aire a mil kilometros por hora en una enorme bala de metal de no se cuantas toneladas de peso? Gracias a los textos?

Un malsano postmodernismo infesta las Universidades (y Escuelas y pequenyas escuelas anejas) y la vida publica y politica. No hay progre hoy dia que no se dedique a alabar lo “alternativo” y a cargar de paso contra la satanica Industria del Medicamento, denunciando su enesima perversion oculta. El mayor error de la “izquierda” (servidor no cree en esa divisoria arcaica) es otorgar credibilidad a los charlatanes que criminalizan la Ciencia, rinden culto a orientalismos y demas y se lanzan al palique “alternativo” con sus enfoques “holisticos” y “humanisticos (aqui en el sentido sectario). No, no existen Ciencia ni Medicina alternativas, la Ciencia o la Medicina o son cientificas y racionales o no son, o siguen el metodo cientifico (admito que la nocion de metodo cientifico es compleja) o no son. Y no importa si vienen de Oriente o de Occidente. As simple as that. Una tupida cobertura verbal ampara a los trileros que viven del ya denso hormiguero de “disciplinas”, habiendo conseguido ya unas cuantas de ellas poner un pie en nuestras atolondradas Universidades, pero que son solo especulacion en el mejor de los casos y una peligrosa estafa intelectual (y economica) en el peor. Flores de Bach, de Bush, y un autentico bosque floral, ahi fuera, en esas escuelas y clinicas. Aromaterapia, candletherapy, orinoterapia (sic), magnetoterapia, osteopatia, y un etcetera ya largo. La mas “respetable” de esas disciplinas especulativas es la Homeopatia, que lleva casi doscientos anyos vendiendo humo. Bueno, humo. Mas bien tubitos con 5 ml de agua a cinco euros (cuatro libras esterlinas en el Reino Unido). O sea, que como sera la menos respetable.

La menos respetable aconseja por ejemplo a los enfermos de cancer que desistan de los farmacos prescritos (anticancerosos, analgesicos) y se sometan a terapias de corte mistico que aceleran el dolor y la muerte.

Teleologismo en Jurassic Park

Octubre 25, 2007 by Serafin

JPark

La película es un espectáculo espléndido; una joyita del cine comercial y uno de los tratamientos más sugestivos que ha hecho el cine reciente -al menos el que se fabrica en Los Ángeles- en torno a la Ciencia, la Natural en este caso.

Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993) tiene algo de Tiburón, algo de ET y de los Gremlims y de los bichitos spielbergerianos, pero sobre todo mucho de Frankenstein y su complejo; de su historia y su advertencia. De nuevo la Ciencia hurgando donde no debe; eso al menos se nos insinua -sutilísimamente- en la película. Esto es lo que se nos insinua: los dinosaurios tuvieron su oportunidad y la naturaleza -mediante su mecanismo, la evolución- se los sacó de encima. El diseñador inteligente (como lo llaman ahora) se los sacó de encima, y sus caminos son inescrutables. El hombre no puede, no debe, colocarlos de nuevo en escena, a esos dinosaurios desestimados. Si hace eso, que se prepare porque le van a ocurrir cosas muy desagradables. Se enfrentará quizá a la ira del diseñador inteligente.

Y le ocurren esas cosas desagradables a lo largo y ancho de las dos horas del metraje de Parque Jurásico. Vaya que si le ocurren. Los dinosaurios se zampan a más de un visitante y se mueven por aqui y allá como ratones; hasta en la cocina (literalmente) se los encuentra uno.

Luego de mil y un correteos y gritos y bocados, hacia el final de la película, con Laura Dern y compañía ya confortablemente instalados en un avión o helicóptero y reponiendose del susto, hay un bello plano en el que aparecen unas aves o pájaros sobrevolando el cielo y el oceáno. Los personajes sobrevivientes contemplan desde su avión o helicóptero ese cielo y esas aves y no dicen nada, pero la cámara del sibilino Spielberg lo dice todo. Uno de los intrépidos científicos nos había previamente recordado que las aves son los descendientes actuales de los extinguidos dinosaurios. Nos dicen, yo no se si Spielberg pero sí sus inteligentes imágenes: Esos -esas aves ensoñadas que sobrevuelan ese cielo- son los dinosaurios del presente: no queramos alterar este bello presente (re)creando lo que no debemos, sumergiéndonos en el infierno al que va irremisiblemente el que se atreve a morder el árbol de la Ciencia. No transmutemos en infierno y en dinosaurio lo que Dios -y su inteligente diseño- ha transformado andando el tiempo en bellas y poéticas aves del presente. Una advertencia teleologista (si Dios ha convertido a los megareptiles en aves por algo será) apretada en ese plano, en esas aves y ese cielo.

Algo así se nos proclamó también en la versión de 2005 (igualmente de Spielberg) de la Guerra de los Mundos. El mensaje del cine comercial norteamericano parece ser el siguiente: “Dios es el mejor ingeniero, el más inteligente de los diseñadores. No hemos de entrometernos en sus planes (Frankenstein, Parque Jurásico); en ocasiones incluso sus diseños nos sacan las castañas del fuego (Guerra de los mundos, 2005). “

En definitiva. No manipulemos la obra del Diseñador -nos advierten desde Hollywood- y confiemos, si el caso lo requiere, en Su infinita inteligencia.

El Museo del Transporte de Glasgow

Agosto 17, 2007 by Serafin

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Por segundo año consecutivo visité el afamado festival de verano de Edimburgo. La meteorología escocesa fue más bien benévola conmigo y sólo llovió durante tres de mis dias allí. Aprovechando la relativa proximidad (79 km) de Glasgow, dejé que un autobús me colocara en la co-capital de Escocia. Me acompañó una de mis hermanas trasplantadas a la tierra de los Scots. En Glasgow, pude visitar uno de los museos más populares del Reino Unido o al menos de su trozo más septentrional: el Museo del Transporte.

Justo enfrente de la Kelvingrove Art Gallery, se alza el Kelvin Hall, levantado en 1927 y albergando el Museo del Transporte desde hace veinte años (1987). Con su medio millón de visitantes anuales, el Museo es uno de los más concurridos de la sobrecargada Gran Bretaña y vuelve loca a la chiquillería de Glasgow. Se disfruta mucho en familia. Los niños corretean por los pasillos con una mirada alucinada y extraña. Criaturas del XXI, nietos a motor.

En esos pasadizos y salas del Kelvin Hall vamos encontrándonos con todo tipo de automóviles y vehículos. Es una pinacoteca de la locomoción y el transporte, un templo al gran tótem de la sociedad occidental. Coches, furgonetas, autobuses, caravanas, trenes: cualquier cosa arrastrada por el motor de gasolina, aunque también recoge el museo vehículos de otra propulsión. El Museum of Transport es una especie de insistente homenaje a la gasolina. Pude ver un automóvil de 1898 que a primera vista diríase una especie de carruaje, pero horseless o sin caballos. Llevaba un incongruente volante, que presuponía un motor y la necesidad de combustible. Los caballos que impulsaban al todavía decimonónico ingenio no eran ya pues biológicos. El volante del extraño carruaje a motor estaba a la derecha, como todos los vehículos que han circulado en el Reino Unido en el último siglo y pico, y todos los representados en el museo. El volante a la derecha: la principal seña de identidad del UK.

El Museum of Transport es también una exaltación del automóvil escocés. Y de paso también una apología del industrioso River Clayde y de los Queen Mary o los Queen Elisabeth.

A un lado del edificio, una calle-decorado recreaba un ambiente de los años 30. Tres o cuatro coches de esa década o de la siguiente se alineaban en la falsa calle. El automóvil más reciente que pude ver en el Museum of Transport fue un aparatoso taxi de 1987, aunque no se si también lo es (el más reciente) de la colección. Encontré modelos de los 20’s de los 30´s de los 40´s. Todas las décadas estaban representadas, y la diferente y cambiante estética de los vehículos. Creo que en el automóvil podemos encontrar una vez más el entrelazamiento Tecnología-Cultura. Se trata de una tecnología con un diseño específico para cada década o tiempo, como cada década o tiempo tiene su música o su cine o su sociología.

El motor de explosión y los vehículos que ha propulsado a lo largo de los años forma parte no sólo de la historia de la Tecnología sino de la memoria del epiléptico siglo XX.

El Kelvin Hall y su contenido justifica él solito un viaje exclusivo a Glasgow. El museo me encantó, y no creo que nadie interesado en la historia de la Tecnociencia deba perdérselo

Literatura y TecnoCiencia, a cara de perro.

Julio 5, 2007 by Serafin

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En 1959, C. P. Snow pronunció una conferencia que andando el tiempo habría de hacerse célebre: The Two Cultures (las dos Culturas). En ella, Snow (antiguo físico y nuevo novelista de cierto éxito) declaró prolijamente su desconcierto ante la existencia en Inglaterra y en todo Occidente de una divisoria cada dia más marcada entre dos mundos intelectuales: el de los científicos y el de los humanistas. A lo largo de la conferencia, el físico-novelista abundó en la realidad de esa separación y aún hostilidad entre los dos mundos, las dos culturas.

De un lado -argumentaba Snow- teníamos el universo tecnocientífico, el de científicos e ingenieros. Retraido, frio. Ignorante por completo (a juicio de sus contrarios, los humanistas) de los más insignificantes rudimentos literarios. Bastante prepotente. Seguro de representar el futuro, de llevar ese “futuro en los huesos”. Desdeñoso hacia la cultura humanista y clásica, o indiferente. Si acaso la saluda (según Snow) con una inclinación de cabeza, vagamente amable. Un mundo -el de los científicos-, una cultura, nada leída, o casi nada. Aunque alguno de sus representantes murmure -con algo de incomodidad- haberlo intentado en alguna ocasión con Dickens.

Del otro lado: los humanistas, que Snow identifica esencialmente con los intelectuales literarios. Adoran las grandes obras de la Literatura, en esas obras enormes está contenido el género humano, sus actos y motivaciones, toda su complejidad. El mundo y sus problemas, y todas las indagaciones imaginables en torno a ellos. En esas obras, en esos desarrollos ficcionales está todo. Todo ahí puede hallarse. El crítico debe escarbar en ese grano y entregarle al mundo sus hallazgos. Esas humanas razones que van más allá del frio cálculo, y de la reducción de la vida a engranajes y mecanismos. Las razones que la razón no entiende. Pero estos intelectuales exquisitos y literarios no tenían ni idea -según el conferenciante- acerca de en qué consistía la Segunda Ley de la Termodinámica, ley de “sombría belleza”, que acaba troceándonos a todos; e incluso respondían -esos intelectuales- agriamente cuando se les preguntaba acerca de la diferencia entre velocidad y aceleración. Esa ignorancia no les preocupaba, ni la consideraban ignorancia.

Snow abogaba por un entendimiento entre esos dos universos tan desdeñosos el uno para con el otro, tan distantes. La TecnoCiencia en verdad era el futuro -y eso lo decía Snow tras Hiroshima, desacomplejadamente. Era y es el futuro, sí. Una cosa no quita la otra. La Sociedad industrial y más tarde Postindustrial creaba un orden mejor -por muchos que hubiesen sido y fuesen todavía sus abusos- que el antiguo y calamitoso orden agrario preindustrial, ese que tanto exaltaban no pocos de los intelectuales literarios, tan adoradores de Dickens y sus criaturas, sacudidas por la irrupción industrial y tecnocientífica de la Inglaterra de las décadas iniciales del XIX.

Snow quiso catalizar un debate. Lo logró. Y no sólo un debate o debates. Sufrió -tras su conferencia- una durísima crítica ad hominem por parte de un destacado crítico literario: F. R. Leavis, profesor y erudito en Cambridge. Leavis descalificó a Snow como novelista (si bien no es un novelista, matizó, no llega a eso) y también como científico. La andanada de Leavis contra Snow llevó a los editores del primero a pedir permiso al segundo antes de publicar el escrito del viejo profesor, y persuadir a Snow de que no emprendiese acciones legales, caso de que este hubiese pensado en hacerlo.

Puedo comprender a Leavis, a pesar de todo. A pesar de lo desmedido, de lo exagerado de su crítica. En Inglaterra, la Literatura es sagrada, o lo fue durante muchos años. Se leía a Dickens o a Thackeray como los Evangelios, como un torrente sapiencial. En la Isla de Shakespeare, la Literatura, su crítica y exégesis, era como la Sociología en Francia, o la Historia en Alemania. Una disciplina abarcadora, totalizante de los asuntos de hombres y mujeres. Para Leavis, el verdadero conocimiento estaba en las indagaciones poéticas en torno a los grandes temas humanos, esas indagaciones de los novelistas excelsos.

Pero me quedo con Snow. Con todas las matizaciones necesarias. Ambos mundos (el literario y el tecnocientífico) son complementarios. Modos de indagación no excluyentes. Como el pensamiento lateral y el lineal. No todo en la vida ha de ser tecnociencia, ni el hombre ha de cosificarse; ni la civilización humana reducirse a un simple cálculo egoista -tal era quizá el temor de Leavis y la razón de fondo de su acerada crítica-; la literatura y las artes tienen un papel que cumplir. Han de llegar a donde no lo haga el frio cálculo.

No obstante, es el frio cálculo el que ha de marcar la pauta básica. El pensamiento positivo. La verdad de la naturaleza y del mundo. Porque hay una verdad, la verdad de los hechos verificables. La hay, aunque corran malos tiempos en este comienzo del XXI para la verdad y los hechos. Más allá está la interpretación de esos hechos, la ideología. Pero es la verdad -esa verdad positiva- la que ha de señalar el camino, la dirección.

No la literatura, ni la ideología, que han de ser solo revestimientos -importantes revestimientos, esenciales- de aquel esqueleto. El esqueleto de la verdad, de los hechos verificables.

Roma venció a Cartago, y no al revés. La verdad, los hechos. A partir de aquí, toda la literatura -y lo digo en el buen sentido- y toda la ideología que se quiera.

Me quedo con Snow. Y con las agrias correcciones -o con algunas- del refunfuñón, del Scrooge Leavis.