Solaris (Lem, 1961) / (Tarkovsky, 1971 – Soderbergh, 2002)
(Post ya publicado y más bien “lírico”, pero dirigido a un tema si no científico, al menos fantacientífico)
En torno a Solaris. Libro (S. Lem, 1961) y película (Tarkovsky, 1971 y Soderbergh, 2002)

A veces -muchas veces- me pongo a pensar en esa obra conjunta Lem-Tarkovsky que es Solaris. La obra conjunta de ese autor conjunto. El pack libro-película (Lem, 1961 / Tarkovsky, 1971), sin olvidarme del comentario a pie de página de 2002 del estimable, aunque algo romo, Soderbergh.
Solaris, el Planeta, el Océano; el Enigma. Una Inteligencia, una Sensibilidad, ¿una Crueldad? incomprensibles. También la Tierra es un enigma. Ella también “crea”, o pare de su seno, criaturas misteriosas: nosotros, y los autómatas biológicos que nos acompañan. Lo hace sin copiar de original alguno. Solaris recrea a partir de los originales, de los atormentados científicos que hollan su suelo.
Solaris es indescifrable, como es la Tierra y como lo es cualquier Mundo. Como lo es el Cosmos, con sus secretos sólo parcial y recientemente desmadejados. Los secretos. Así lo hemos percibido siempre, y transmutado en clave artística, en épocas pretécnicas. Hace milenios: La Biblia ese maravilloso conjunto de alegorías, ejercicio literario inagotable en el que se metaforizan nuestras antiguas y nunca del todo resueltas perplejidades. El libro de Job, la Zarza ardiendo. ¿Porqué, Dios, me haces esto? ¿Porque tan ciego, irracional, injusto? Porque soy el que soy -responde el Dios-, porque mis caminos son inescrutables. Por mucho que llegues o creas llegar a escrutarlos, en el futuro inconcebible. Por mucho que muerdas el árbol de la Ciencia, mis razones se te escaparán siempre. Lucharás por tu vida y por tu inteligencia y por tu orden y tu equilibrio, y un buen dia un azar fortuito acabará contigo, te borrará a tí y a tus desconciertos.
¿Cual es el sentido? Búscalo tú. Invéntatelo.
Nos hallamos en Solaris, como Kelvin. En un Planeta que escarba dentro de nosotros y nos desafía. Un Planeta-Zarza que arde. Al que se interroga y no responde o lo hace evasivamente. ¿Porqué nos haces esto, porque nos confrontas con lo mas profundo de nuestra (sub)Conciencia?. ¿Con nuestros dolores o nuestros sueños? ¿Porqué nos los colocas ante los ojos, cuando nos hemos pasado media vida tratando de desdibujarlos?
Eso que quereis desdibujar -hubiera podido murmurar el Planeta Consciente- sois vosotros mismos. Pues no sois otra cosa que vuestros sueños y vuestros deshechos. Aqui los teneis.
Plantadles cara.
SGL, 2007
En torno a Civilizaciones Extraterrestres (1979, Isaac Asimov)
(El que sigue es un artículo publicado en una de mis viejas Webs 1.0, en el lejanísimo 2001).
En torno a la obra divulgativa de Asimov Civilizaciones Extraterrestres (1979)

El primer Asimov que leí, en los inconcebiblemente lejanos 80’s, no fue ninguna de sus celebradas obras de ciencia-ficción (obras que devoraría a lo largo de los años siguientes), no fue ningún tomo del ciclo de las fundaciones, ni de los robots, ni del detective futurista Elías Baley. Fue este interesantísimo, riguroso y ameno ensayo publicado por vez primera en 1979, en una época todavía marcada por las hazañas aeroespaciales.
Es este libro todo un baño de racionalismo científico a un tema sobre el que han abundado con frecuencia la mistificacion, la patraña y la superchería. Que han abundado y que abundarán, al parecer. Y es que el siglo que se nos viene encima será, en opinión de muchos, una especie de Edad Media con supertecnología. Un medievo con teléfonos móviles. En efecto, a lo largo del XXI, habrá una curiosa convivencia entre la superstición y el rigor científico-técnico; entre el culto a lo sobrenatural y el creciente dominio de las leyes de la física; brujos, adivinadores, tarotistas y demás fauna compartirán siglo y época con físicos, genetistas, bioquímicos e ingenieros del más alto nivel. La informática doméstica, Internet, la telefonía móvil, los multicanales de televisión y toda la espléndida cacharrería tecnológica tendrán como principal utilidad la de vehicular toda la murga neomedieval. El XXI será así un siglo peculiar, un siglo de extrañas cohabitaciones: una gran masa popular deslumbrada por brujos y magos catódicos compartiendo piso con una (comparativamente) pequeña élite profesional y culturalmente sofisticada. En lo que respecta al tema de la inteligencia extraterrestre, esta se asociará más a los OVNIS, a la ufología, o a gente como Antonio Ribera o Le Poer Trench que al programa SETI o a Carl Sagan. Por ello, el siglo que ahora empieza va a ser probablemente poco propicio para la clarificación popular del tema del Contacto. Y dejadme decir de paso que ese fascinante y rico género literario (mal) llamado ciencia-ficción continuará asociándose con batallitas galáctico-medievales y seguirá despreciado por la crítica literaria y por los enteradillos culteranos de café.
Con este poco apetecible plato que nos van a poner sobre el mantel, la reedición y promoción de una obra tan lógica, racional y rigurosa como Civilizaciones extraterrestres sería algo verdaderamente de aplaudir. Al igual que el resto de la obra divulgativa de Asimov. Y es que el bioquímico ruso-americano debería ser una bandera a agitar y enarbolar en el oscurantista siglo que acabamos de estrenar. Este claro y límpido enciclopedista dieciochesco extraviado en el turbulento e irracional (aunque muy científico) siglo XX, se nos va a hacer imprescindible en las tenebrosas e irrespirables décadas que se nos vienen encima. La reedición de la espléndida obra divulgativa de Asimov debería ser casi un deber moral para contribuir a ahuyentar a toda la horda de echadores de cartas, de simpáticos y gesticulantes brujos de madrugada, de enlutadas brujitas de escoba electrónica, de tele-tarotistas, de enviados de Dios en formato htm, de milagreros de banner. En esta Edad Media de cable y Banda Ancha que iniciamos, utilicemos pues, a Asimov como amuleto. Utilicemos sus límpidos y cristalinos libros como pata de conejo.

A estas alturas, inútil decir que Civilizaciones extraterrestres no es un libro de Ufología. Es un libro de Ciencia. De Física, de Química. De Biología. Pero que nadie se espante. Porque Civilizaciones extraterrestres es, ante todo, un libro de reflexión, de lógica y de sentido común. De rigor científico. Un libro cuya línea de razonamiento, cualquier lector de mediana cultura (y de mediana curiosidad o de inquietud mediana) puede seguir perfectamente aunque no tenga ni papa de aquellas venerables disciplinas.
Bueno, venga. Vamos con el libro. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres?. Tremenda pregunta. Pudiera ser, desde luego, pero seguro que no envían una nave espacial (un ovni) para jugar al escondite con el género humano, para aterrizar en un campo de patatas y desaparecer y en general, todo ese extraño y desconcertante comportamiento que sugieren los entusiastas de la ufología. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres? ¿Qué se necesita para que haya una civilización estraterrestre? Estas apasionantes y aterradoras preguntas (cuya respuesta cambiaría la percepción que la raza humana tiene de sí misma y de su situación en el mundo y en el cosmos) son el núcleo central de Civilizaciones extraterrestres.
Asimov empieza haciéndose varias preguntas ¿en qué consiste la vida? ¿Es posible una vida de silicio y no de carbono? ¿Qué exige la vida para su aparición, evolución y desarrollo? ¿Qué características ha de tener un planeta para ser incubador de vida, al igual que nuestra Tierra? ¿y la estrella en torno a la cual este planeta gira? A parte de la existencia de vida, ¿que condiciones son necesarias para que esa vida evolucione hacia la inteligencia y el dominio de la alta tecnología, tal y como ha sucedido en la Tierra? Asimov se va respondiendo a sí mismo utilizando como únicas herramientas la razón, la lógica y los actuales conocimientos científicos y astronómicos. Así, un planeta candidato a incubar vida debería ser de un tamaño similar a la Tierra, y estar formado de roca y metal (semejante por lo tanto a los planetas interiores o terrestres de nuestro sistema solar), debería poseer agua líquida y capacidad para retener una atmósfera. Para la aparición de la tecnología, quizá debería poseer continentes o tierras emergidas. A tal efecto, no serviría un planeta de tipo jupiterino, que es un bola gigante de gas y líquido. ¿Y cómo ha de ser la estrella en torno a la cual gira el planeta? Debería ser como nuestro Sol, nos dice Asimov, es decir una estrella de tamaño mediano. Y esto porque las estrellas de gran tamaño queman hidrógeno muy deprisa y abandonan en seguida su secuencia principal. La vida y su desarrollo es un proceso complejo y muy sofisticado que exige larguísimos periodos de tiempo, por ello es imprescindible que la estrella en torno a la cual gira el planeta candidato a albergar vida permanezca el tiempo suficiente en su secuencia principal.
¿Y el tema de los viajes interestelares? Esto es, ¿qué hay sobre los requisitos para que ellos (la civilización extraterrestre) y nosotros entremos en contacto físico? Parece ser que unos y otros nos hallamos recluidos por las gigantescas distancias interestelares y el límite físico que impone la infranqueable barrera de la velocidad de la luz. ¿Y otras posibilidades de comunicación o de contacto?. Al elaborar sus respuestas, Asimov adopta un punto de vista conservador y cauteloso, pero aún así, resultaría que en buena lógica podría haber, sólo en nuestra Galaxia, centenares de millones de civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Pero entonces…¿dónde están?.¿Por qué no ha habido un contacto entre ellos y nosotros, al menos un contacto rigurosamente documentado, más allá de la manipulación y el sensacionalismo, tan cotidianos a lo largo del pasado siglo XX?. Esta es la gran pregunta.
El gran atractivo de este libro es que, aparte de abordar una cuestión siempre fascinante, lo hace desde la verdad y el rigor científico y eso hace que su valor sea doble. Porque algo que es fascinante y que es verdad nos turba más que algo que es solamente fascinante. El tema de la inteligencia extraterrestre brilla aún más al recibir la límpida luz de la razón y la ciencia y no la de la ufología, dudosa y trucada, como las fotografías en que se basa. Al fin y al cabo, ¿por que va a ser tan descabellada la idea de que existan planetas como la Tierra, y que en ellos se haya desarrollado la vida y la inteligencia y la cultura y la tecnología, del mismo modo que lo han hecho en el tercer planeta de la estrella a la que llamamos Sol?. ¿Y porque no soñar con un futuro Contacto como el de la novela de Carl Sagan?. Yo creo que en el futuro, si sigue adelante el programa SETI, este acabará dando sus frutos y se producirá ese anhelado Contacto.
En El futuro es un pais tranquilo, el último libro de Jose Manuel Sanchez-Ron, uno de los mejores historiadores de la Ciencia que tenemos en España, el autor imagina un Contacto hacia el año 7000. Quien sabe. Mientras tanto, y en espera de que llegue ese momento, el lector que quiera combinar la pasión por lo desconocido con el rigor del orden y la inteligencia, que lea Civilizaciones extraterrestres, en definitiva: que lea a Asimov. Que penetre en el mundo de este enciclopedista de la era espacial. De este bioquímico volteriano. De este Diderot de la Ciencia moderna.
En el mundo de quien, por decirlo con palabras de Sánchez-Ron, acercó como nadie la Ciencia a la Vida.
SGL, 2001
Roger Bacon (1214 – 1292), otro “monstruito”.

Examinando textos primarios y secundarios en torno a Roger Bacon (Ilchester,1214 – Oxford, 1292) , uno no puede menos de concluir que estamos ante otro de esos monstruos de Frankenstein (como Rousseau, Nietzsche, Junger, outsiders) que han recorrido puntualmente los siglos
Fue Bacon uno de los avanzados -quizá el primero y más importante- de la futura Ciencia Experimental y aquel método científico que no se abriría camino definitivamente hasta los siglos XVI y XVII.
Si bien Bacon no es un hombre ni mucho menos por completo desgajado de su época -la medieval- es evidente que no acaba de encajar ahí. Es uno de esos seres que no acaban de fluir con el resto de su Tiempo, ni ganas. Se encuentran en diálogo incansable con su siglo, y diálogo a menudo ceñudo, cuando no iracundo. A Roger Bacon se le atribuyen caricias verbales como por ejemplo yo con las obras de Aristóteles las quemaría, eso haría o bien Tomás de Aquino tiene el problema de que no ha ido suficientemente a la Escuela.
Lo primero, lo de Aristóteles, quizá fuese referido más bien a las versiones latinas adaptadas a su vez del árabe -que a su vez eran versiones, obviously, del griego. Muy diferente sería la valoración de Bacon de los textos originales, los del Estagirita o de cualquier otro, y no las desmañadas traducciones latinas. Y es que una de las cosas que cabreaban a base de bien a Roger Bacon era la insuficiencia en el conocimiento y dominio de lenguas clave para el estudio libresco y de la Biblia -fuente de conocimiento también para el protocientífico inglés-, lenguas como el griego, el árabe o el hebreo. Y para más inri, el manejo del latín, los skills de los eruditos del XIII en la primera lengua culta de aquel siglo, tampoco eran para tirar cohetes y el doctor mirabilis lo sabía y le molestaba.
En sus escritos, en los que abundan incursiones audaces en el terreno de la futura Ciencia Física -en especial en el campo de la óptica-, encontramos a un visionario tecnológico que anticipa a un Leonardo que no estaba destinado a nacer hasta dos siglos después. Pueden encontrarse especulaciones acerca de aparatos móviles por tierra y aire (aeroplanos) en sus textos.
Lo que está claro es que sobre todo en Inglaterra y gravitando en torno a París y Oxford -centros neurálgicos del saber de aquel XIII-, tenemos una serie de mentes (Bacon sería una, Guillermo de Ockam, otra, y alguna más hubo) que constituyeron una avanzadilla del método científico experimental, especie de brote científico en la todavía Alta (Altísima) Edad Media. No obstante, ese brote acabó en nada, en especial tras la muerte de Ockam, y la visión moderna de la ciencia natural iba a tardar todavía un par de centurias en abrirse paso.
Roger Bacon. Con Bacon tenemos aqui a otro friki del conocimiento, a otro seductor. Pero por genial que fuese y recorredor incansable de textos y de libracos en varias lenguas a parte del Latín (él conocía esas lenguas según él imprescindibles, pues predicaba con el ejemplo) y precursor intelectual y fustigador de luminarias, no podía -en realidad nadie puede- desincrustarse por completo de su época. Hay en él demasiado murga medieval, demasiada distorsión conceptual teológica.
Pero los fogonazos de genio, las anticipaciones científicas y técnicas, sus dibujitos y diagramas que parecen salidos de una época futura, hacen temblar al lector y al amigo de los enigmas.
Los próximos diez mil años (Adrian Berry, 1973)
(una antiquísima reseña que redacté en el año 2001, y publicada en una de mis enmohecidas webs 1.0)
En torno al libro de Adrian Berry Los próximos 10.000 años (1973)

El título de este libro resulta algo visionario y sin duda va más allá que el propio contenido del texto, aparte de ser de una osadía insólita. El mundo actual es tan imprevisible y complejo, su evolución futura tan indescifrable, que no es fácil que nadie se atreva a hacer profecias no ya a diez mil años vista, sino tan siquiera a diez mil horas. Puede visualizarse, dentro de unos interesantes límites de probabilidad, la evolución del mundo de aquí al año 2050 o 2060, pero remontarse mucho más allá es un ejercicio que roza la frivolidad intelectual. No obstante, cuando se publicó Los próximos diez mil años corría el año 1973, y eran otros tiempos, tiempos arrogantes en el ámbito tecnológico y aeroespacial y de gran euforia respecto al porvenir inmediato y lejano. Era una época marcada por el entusiasmo de 1969, y que se sentía totalmente embalada hacia el futuro. Sólo en una época así podía aparecer un libro tan (racionalmente) visionario como este.
Siempre me he sentido atraido por el tema de la conquista del espacio y del futuro científico y tecnológico del Hombre. Desde que era adolescente, me sedujo el género de la ciencia ficción, la astronomía, la cosmología, las hazañas científico-tecnológicas y el remoto porvenir. Carl Sagan era uno de mis dioses. Devoré la serie Cosmos a cada pase televisivo y nunca dejó de fascinarme. Leí avidamente su Conexión cósmica, al igual que las obras divulgativas de Asimov. La pasión por estos temas, junto con la ciencia-ficción, fue lo que me llevó a la insólita decisión de matricularme en la Facultad de Química (carrera que muy poco después canjearía por el inacabable e infernal estudio de la Farmacia). No es sorprendente, con estos antecedentes, que un libro con un título como Los proximos diez mil años, un título que se remontaba de una manera tan vertiginosa desde nuestro triste y prehistórico tiempo, captase enseguida mi atención. Cuando lo vi un domingo en un tenderete del Mercado de San Antonio, aunque su estado no era demasiado bueno, mi apática mano voló hacia él.
Los próximos diez mil años es uno de esos libros de divulgación científica que menudearon tanto en la década de los setenta, época como hemos dicho, de gran euforia tecnológica en el terreno aeroespacial. Y es que cuando apareció, hacia tan solo unos pocos meses que el último hombre en pisar la Luna había vuelto a casa. En efecto, en Diciembre de 1972, tuvo lugar la número XVII de las legendarias misiones Apolo, la última cuya tripulación puso pie en el satélite. Han pasado casi treinta años desde entonces y ningún otro ser humano ha vuelto a pisar aquella desolada y remota superficie, lo cual por si sólo indica que fue una proeza tecnológica cercana a lo increible. En sólo 15 años desde el inicio de la era espacial (en 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS), la humanidad había hecho realidad la alucinante fantasía de enviar varias misiones tripuladas a la Luna: el Apolo XI, el XII, el XIV, el XV, el XVI y el XVII (el Apolo XIII, como es sabido, tuvo un problema y no alunizó). Aquella fantasiosa literatura de Luciano, Cyrano, Godwin, Verne, Wells y tantos otros invadió al fin la aburrida realidad. El mono desnudo había logrado tocar la Luna tan sólo dos millones de años después de bajarse de los árboles y levantar hacia ella el rostro peludo y simiesco. La humanidad levitaba de éxtasis místico-tecnológico. Ante una hombrada de tal magnitud, cualquier empresa parecía posible en el futuro más inmediato, esto es, a lo largo de las siguiente décadas: viajes tripulados a Marte en la década de 1990, colonias permanentes o semipermanentes en la Luna para pasado mañana y otros logros futuristas.
En 2001, una odisea del espacio, película rodada entre 1964 y 1968, Kubrick y Clarke habían pretendido presentar una visión realista del futuro a 33 años vista: insinuaban que el 2001 real se parecería bastante al de su película y habían contado con bastantes asesores para llegar a esa conclusión. Se equivocaron de medio a medio, ya que hemos llegado a ese mítico 2001 (año tremendamente decepcionante) y nadie viaja a Jupiter ni a Saturno, no hay colonias lunares y ni siquiera HAL existe. Y lo peor de todo: no se ha encontrado ningún monolito en la Luna. Esta vez la ficción superó a la realidad, que por otra parte es lo que sucede casi siempre, para que engañarse. A lo largo de los 70 y los 80 fue llegando paulatinamente el final del sueño de la conquista del Espacio, las misiones fueron evaporándose al igual que el entusiasmo y en el momento actual, con el tema aeroespacial bastante dormido (y con los recientes fracasos de la NASA en sus modestas aventuras marcianas), se habla tan sólo del año 2020 como posible fecha para una expedición tripulada a Marte, único planeta que la humanidad pisará en el siglo XXI. La desaparición de la URSS y la falta de competencia en el ámbito interplanetario (contrariamente a lo que sucedía en los 60) ha sido catastrófico. Y es que, en el fondo, nadie hizo tanto como la antigua potencia soviética para que el hombre acabara pisando la Luna. Nada irritó tanto a McCarthy como el Sputnik. La perrita Laika y Gagarin llevaron a Kennedy a golpear la mesa con el puño y a conjurarse para contrarrestar aquel desafío comunista. Pero hoy dia ya no hay rusos ni guerra fría, y ya no es necesario impresionar a nadie ni hacerse ninguna foto. Ya no hay Comunismo. Sí Capitalismo, aunque eso, por lo visto por sí solo no basta.

Pero en 1973 se estaba aún en plena fase REM del alucinante sueño espacial. Aún estaba en las retinas la imagen de Alan Shepard, comandante de una de las misiones Apolo (no recuerdo cual), golpeando una pelota de golf en la desértica superficie de la Luna. En esa época de triunfos, vítores y épica interplanetaria, en aquel tiempo de competencia entre bloques económicos, de Ciencia publicitaria, de ebullición aeroespacial, de cosmonautas y banderas, fue entonces cuando apareció este libro de Adrian Berry.
Los próximos diez mil años está totalmente contagiado del espíritu de la época. Es decir, es un texto optimista. Mejor dicho, hiperoptimista. Lo de la Luna ha sido sólo el comienzo, ha sido, como diría el pionero Tsiolkovsky, tan sólo abandonar la cuna. El Homo Sapiens está llamado a tocar las estrellas, pero en un sentido físico, no poético. Y esto sucederá más pronto que tarde. El entusiasta libro de Berry nos invita a pasearnos por un espléndido futuro tecnológico y de crecimiento económico imparable. Diez mil brillantes años a lo largo de los cuales el Hombre irá modelando el Universo a su gusto, sirviéndose de las leyes de la Física y de unos posibilidades tecnológicas cada vez más gigantescas. Pero en realidad, el autor no va tan lejos como el título de su libro, ya que apenas habla de lo que sucederá más allá del año 3000: las inconcebibles proezas tecnológicas que entrevé irán sucediéndose a lo largo del milenio que acabamos de comenzar. Es decir, el envío de expediciones tripuladas interplanetarias, la incorporación de los recursos de lejanos mundos a la economía de la Tierra, la terraformación de planetas, el desmantelamiento de Júpiter para la construcción de la esfera de Dyson, la posibilidad técnica del viaje interestelar, el desarrollo de pavorosas disciplinas como la astroingeniería, etcétera, todo ello ocurrirá dentro del aburrido milenio en el que ya estamos aposentados. Decididamente, Berry no es que vea la botella medio llena, a veces da la sensación de que pasa por alto el vidrio.
El libro, como ha quedado ya dicho, fue escrito y publicado en 1972-73 y es posible decir ya, en el momento en que escribo esto (año 2001), que algunas de las amenas profecias de Berry no se han cumplido. El autor se mostraba convencido (al igual que Carl Sagan en la Conexión Cósmica y muchos otros) de que el hombre se pasearía por las rojas arenas de Marte antes de 1990 o como mucho, antes de fin de siglo. Pero lo único que se ha paseado por la superficie marciana ha sido ese simpático cacharrito, el Sojourner de la Mars Pathfinder, que arribó al Barsoon de Burroughs en el año 1997. No está mal, pero es bastante menos de lo que habían imaginado Berry o Sagan en los primeros setenta.
De todos modos, yo también creo que muchas de las cosas que este libro profetiza se cumplirán, no me cabe duda, aunque no de una manera tan lineal, ineludible e impetuosa. Probablemente no las veremos dentro del tercer milenio, como el libro parece sugerir, pero quizá sí dentro de esos 10.000 años a los que, después de todo, se refiere el título. Y es que debemos tener presente que no hemos hecho más que comenzar. Hacia el siglo XVII, el Hombre se aburrió definitivamente de la teología y la metafísica y se volvió científico, Roger Bacon se transformó en Francis Bacon. La Teología (esa rama de la literatura fantástica) fue canjeada por la Ciencia Experimental, tal cosa ocurrió, insisto, en el XVII, es decir hace cuatro dias ( o cuatro siglos, tanto da). En aquel momento, el Homo Sapiens llevaba entre uno y tres millones de años en la Tierra, exactamente los mismos que lleva ahora. De ese dilatadísimo periodo, tan sólo nos hemos pasado metidos en el laboratorio los últimos cuatrocientos años, una parte infinitesimal de nuestra existencia como especie. El resto se nos ha ido elaborando amenos juegos teológicos y organizando Concilios. Apenas hemos desembalado el utillaje. No hemos hecho más que desempaquetar los Erlenmeyers y las pipetas.
Seamos pacientes, concedámonos un milloncito de años. Otorguémonos tiempo para salir de la Prehistoria en la que áun nos encontramos. Salgamos de la caverna y levantemos la vista hacia el diamantino cielo. Saludemos con la mano, que diría Bob Dylan.
Las estrellas, de cuyas entrañas salimos, esperan melancólicamente nuestro regreso.
SGL, 2001
Heisenberg y la bomba atómica alemana
Fragmentos de mi micro-ensayo Heisenberg y la bomba atómica alemana (2006)
(…)
Heisenberg se dejó arrastrar por la marea nacionalsocialista, tal vez se dejó como tantos otros seducir por ese falso regeneracionismo que en la Alemania de Weimar, esa Alemania de la hiperinflación, de la humillación de Versalles y la incertidumbre política representaban los nazis y el indudable magnetismo de Hitler. Tan sólo un nacionalismo a prueba de bomba pudo llevar a Heisenberg a hacer oídos sordos y ojos ciegos a la cascada de expulsiones de tantos colegas suyos del mundo de la Física (y obviamente no sólo del mundo de la Física), el forzado exilio de todos ellos, incluso las acusaciones de judaizante caídas sobre él, la identificación de su Física o su modo de hacer Física como judía, su mecánica cuántica señalada y marcada, tal vez como una materia o disciplina o temática degenerada más, otra degeneración en la lista nazi. Heisenberg llegó incluso a sufrir la mordedura o un amago de mordedura por parte de la Bestia, pero al final, logró quedar a buenas con el Régimen y durante los años de la guerra de 1939-45 fue nombrado máximo responsable del Proyecto alemán de energía atómica.
Recuerdo una película de Costa-Gavras, Amén (2002), centrada en los turbios y deshonestos movimientos de autoconservación de la Iglesia Católica en relación al régimen hitleriano. Un sacerdote católico trasladado a Polonia a un campo de concentración espeta a un oficial científico nazi Estoy aqui por error!, a lo que el nazi replica con agresividad burlona ¡yo también estoy aqui por error!
El nacionalismo, cierta ambivalencia moral, una atolondrada voluntad de regeneracionismo, en algunos o bastantes casos un mucho de cinismo y falta de escrúpulos, un no querer ver la realidad o hacía donde evolucionaba aquella locura arrastró a muchos hombres cultos (en el país más culto de Europa) a una situación que sólo podía llevarles en último término a despeñarse humana y moralmente. Heisenberg fue, como digo más arriba, simplemente uno de esos innumerables arrastrados. Él también hubiera podido gritar o espetar como el oficial de la película del director greco-francés que sólo un error lo había colocado allí, justo allí, en la cúspide del esfuerzo nuclear alemán. Un esfuerzo nuclear que podía colocar un inmenso poder de destrucción y de dominio en manos de un Poder que en lo más profundo de su yo, Heisenberg despreciaba. ¿Cómo puedo saberlo? Creo que no podía ser de otra manera. Vuelvo a mentar a Borges y su pequeño texto (incluido, sino recuerdo mal en Otras Inquisiciones, 1949) intitulado Anotación del 23 de mayo de 1944, y en la que el argentino declara su absoluta certidumbre -aunque quizá algo a toro pasado- de la inevitabilidad de la derrota del nazismo Los hombres pueden matar y ensangrentar por él, pero el nazismo es a la larga una imposibilidad mental y moral. Arriesgo una conjetura: Hitler desea ser derrotado. ¿Como iba a ignorar tal cosa alguien inteligente y complejo como Heisenberg, una mente sutilísima capaz de poner al descubierto probables y fundamentales rasgos del Universo, nociones que apuntalaban el nuevo edificio de la Física y también la imagen filosófica de la Naturaleza y del Hombre?
Heisenberg, por mucho que se moviese en la ambivalencia, creo que en esencia no quiso construir esa bomba. Más incierto es decidir si realmente hubiese podido construirla de haberse puesto a ello con decisión y energía y sin desdoblamientos ni escrúpulos morales de ningún tipo, embebido simplemente en nacionalismo y romanticismo sangriento. Más incierto es decidir por lo tanto si sus presuntas insuficiencias técnicas propias de un físico eminentemente teórico (unas insuficiencias técnicas que Goutsmit hizo extensibles a toda la comunidad científica alemana, a la par que insinuaciones de incompetencia) fueron las que dificultaron la elaboración del arma atómica.
(…) Heisenberg y Weizsäcker estaban al frente de uno de esos grupos. Kurt Diebner, físico del ejército estaba al frente de un grupo “rival”, que contaba con el decidido y firmísimo apoyo del físico nuclear experimental Walther Gerlach, este último muy seducido con la idea de construir un arma atómica (Rainer Karlsch, Hitler’s Bomb. Deutsche VerlagsAnstalt y New Light on Hitler’s Bomb, 2004, Karlsch-Walker). Parece claro, según Karlsch que aunque Heisenberg y su grupo experimentasen una cierta ambivalencia moral en relación a la construcción de la bomba e incluso más bien tendiesen a ralentizar los trabajos o incluso a frenarlos (en relación a la bomaba, no a otros ámbitos de la investigación nuclear, como el desarrollo de un reactor), no era el caso de los otros grupos que cohabitaban en la Alemania de aquel periodo, como es el caso -insisto- del de Diebner-Gerlach, que tenían claro su entusiasmo por llevar a buen puerto ese tema,y que no parecían sacudidos por los escrúpulos morales de Heisenberg o Weizsäcker. En efecto, todo apunta a que el grupo de Diebner (según el trabajo de Karlsch), que si bien tuvo al tanto a Heisenberg en cuanto a la experimentación sobre reactores o separación de isótopos, mantuvo a este al margen de toda información en lo referente al desarrollo del arma atómica. Incluso podría haber llegado realmente desarrollar una y hacerla explosionar en Turinga, afirmación audaz. En cualquier caso, todo lo anterior sólo se entiende -repito- si tenemos en mente la atomización de los equipos de trabajo científico-técnicos en la Alemania nazi.
Pero volvamos a Heisenberg y su gente. Weizsäcker tenía muy claro, al parecer, que el isótopo 235 e incluso el llamado elemento 94 (bautizado por los norteamericanos como Plutonio) eran fisionables y podían utilizarse en tecnología nuclear (para reactores e incluso armas). Weizsäcker llegó a proponer en fecha tan temprana como 1941 una solicitud de patente para una bomba atómica. Tal cosa ha sido revelada por documentación obtenida de archivos rusos que en parte procedía del Instituto Kaiser Wilhem de Berlín y que los soviéticos se llevaron a la URSS tras la guerra. En esos archivos se halló también el texto de una conferencia dada por Werner Heisenberg para el público general en 1942 en el que exponía el estado de las investigaciones nucleares y deslizaba alguna alusión al potencial de esas investigaciones en lo que al desarrollo de un arma se refiere, aunque es evidente que el interés de Heisenberg estaba ya muy mermado en relación al posible desarrollo del arma, tal vez por hallarse ya asediado por una indudable problemática moral, de la que tanto se ha hablado ya desde los años 50, desde Brighter than thousand suns. Pero es indudable, que por tópicas que sean e insuficientes para dar cuenta de la peripecia psicológica y emocional de Heisenberg durante la guerra, esa problemática existía en él y otros miembros de su grupo y determinaron el desarrollo -o la, entiendo yo- innegable ralentización del desarrollo- de la famosa bomba alemana.

El artículo de Meyenn nos recuerda que en 1992 se publicaron las transcripciones de las célebres conversaciones de los físicos alemanes (entre ellos Heisenber, Weizsäcker, Hahn, Gerlach, Diebner, Bagge,Harteck) recluidos en 1944 en Farm Hall, en Inglaterra, tras la rendición alemana. En ellas, en esas conversaciones que los científicos alemanes tuvieron entre ellos, parecía claro que estaban lejos de desarrollar la bomba y su sorpresa al enterarse del lanzamiento de la Bomba de Hiroshima y la evidencia de lo adelantado de las investigaciones angloamericanas parecía genuina. No obstante creo (a la luz de nuevo de la aportación de Karlsch, reveladora de la posible culminación del trabajo de Liebner) que algunos de esos físicos recluidos (el propio Diebner y también Gerlach, por ejemplo) tal vez hicieron un poco de comedia y quizá “seguían un poco la corriente” a Heisenberg y Weizsacker, por mucho que ninguno de ellos estuviese al tanto de que sus conversaciones de cautiverio eran grabadas por los británicos.
Esta historia del desarrollo de la bomba y el papel de los científicos alemanes en relación a ella ha coleado durante más de medio siglo. Mi tesis y conclusión se refieren por lo tanto tan sólo al estado actual del asunto (en especial tras la revelación del contenido de los archivos rusos y la aportación del historiador Rainer Karsch, repetidamente aludido en las líneas anteriores, y el artículo anterior de Meyenn). No es imposible que haya que reformular las conclusiones en el futuro, si nuevos archivos son abiertos y nueva documentación sale a la luz.
Repasemos parte de la trayectoria historicista del asunto, recorrida generosamente por Meyenn. Ahí leemos que, en 1947, el físico estadounidense de origen neerlandés Samuel Goutsmit publicó un informe basado en Alsos, investigación norteamericana que se ocupaba de rastrear el estado de los progresos nucleares nazis durante la guerra recientemente concluida y la posibilidad de que hubieran llegado a la puesta a punto de algo así como una bomba. Las conclusiones fueron negativas. No obstante, hay que tener en cuenta la profunda aversión de Goulsmit (físico exiliado a EEUU y cuyos padres murieron a manos del nazismo en un campo de concentración) hacia la cultura alemana (sin excluir a los judios alemanes) y su desconfianza hacia la excelencia o capacidad en líneas generales de la Ciencia alemana. Goutsmit se mostró convencido de que los alemanes ni se habían acercado a la posibilidad de tener un arma atómica en su poder, y también endosó a los físicos alemanes una clara acusación de incompetencia y de compromiso con un régimen criminal con el Hitleriano. Es decir, para Goutsmit los físicos alemanes además de incompetencia técnica, fueron moralmente indignos: perseguían la obtención del arma para colocarla en manos de Hitler, pero sencillamente fueron incapaces. Heisenberg, uno de los acusados, recriminó a Goutsmit una falta de visión objetiva en el tratamiento del asunto por una cuestión emocional y puramente humana.
No obstante, en 1956, Robert Jungk en Brighter than a Thousand suns ofreció al público una versión antitética a la inicial de Goutsmit: Heisenberg era un hombre inequívocamente comprometido con la paz y sus esfuerzos estuvieron orientados a frenar el desarrollo de la Bomba, algo que podía conducir a la Humanidad al apocalipsis. (…)
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