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Vida en Titán

Junio 10, 2007

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Más allá de Marte y del cinturon de asteroides, en el Sistema Solar exterior, donde moran las esferas gigantes (Jupiter, Saturno, Urano, Neptuno), podría haber vida.

Sí, vida. No vida superior, no vida inteligente o consciente, no vida con civilización tecnológica o cultural, pero vida.

Podría haberla, aunque ínfima. Aunque ínfima sea también la posibilidad de que la haya.

Los exobiólogos -que estudian la vida fuera de la Tierra, o sea: de momento tan sólo su posibilidad- han centrado su atención en los organismos llamados extremófilos. ¿Qué organismos son esos? Pues organismos terrestres (procarióticos principalmente, aunque también hay algún eucariota) que son capaces de apañárselas en la misma Tierra, pero en condiciones extremas. ¿Qué condiciones? Pues acidez extrema (acidófilos), basicidad (alcalófilos), salinidad (halófilos), temperatura elevada (termófilos), temperatura baja (sicófilos). En fin diferentes parámetros, pero extremos.

Estudiando las condiciones en las que esos microorganismos salen adelante, pueden los exobiólogos extrapolar hacia otros planetas esas mismas condiciones extremas para microorganismos no terrestres.

Titán es una de las lunas de Saturno, y destino exquisito de exobiólogos. Es la segunda luna más grande del Sistema Solar, tras la jupiterina Ganímedes. Su nombre está muy bien puesto, teniendo en cuenta su tamaño. Es un cuerpo que se mueve en torno a un planeta -lo cual obliga a considerarlo luna o satélite-, pero es mayor que Mercurio, por ejemplo.

Titán es uno de los cuerpos celestes que más han excitado la imaginación de los escritores de ciencia-ficción a lo largo del XX, siglo como se sabe fatigado de Ciencia y Fantaciencia. Robert A. Heinlein, John Varley o el valenciano Javier Redal (con su Naufragio en Titán) son algunos de los autores que han colocado sus desarrollos fantacientíficos en esa luna de Saturno. Quizá sólo el buen viejo Marte haya tenido mayor tirón popular en los pulps o en los libros de SF que les sucedieron.

El mayor satélite de Saturno tiene una serie de características físicas y físico-químicas que lo hacen muy apetecible para esos buscadores de pepitas bióticas que son los exobiólogos o astrobiólogos (también llamados). Para empezar: la densa atmósfera que posee, que lo asemeja a la Tierra (a la Tierra primitiva, más bien) y lo convierte en un caso atípico entre los cuerpos del Sistema Solar. Una atmósfera de nitrógeno e hidrocarburos. (Y la presión atmosférica más cercana a la terrestre de todo el Sistema). Los hidrocarburos, por cierto, y en especial el metano son los responsables del tono anaranjado de esa luna. La densa atmósfera impidió durante bastante tiempo poder echarle un vistazo a su superficie. Las sondas Voyager 1 y 2 que pasaron junto a Titán en 1980 y 1981 no pudieron ver gran cosa de su superficie o más bien, nada.

Suerte muy diferente ha sido la de la misión Cassini-Huygens (Christian Huygens, astrónomo holandés, fue quien descubrió Titán en 1655). La sonda Cassini abandonó la Tierra en 1997 y se llegó hasta el sistema de Saturno en 2004. La Huygens es la sonda -europea (ESA), por cierto, en tanto que la Cassini (NASA) es estadounidense- que transportada por la Cassini, descendió sobre la superficie de Titán, en el año 2005.

Es mucha la información enviada a la Tierra por la Huygens. Imágenes, películas, sonidos. Y muchos datos inéditos, para acabar de completar el perfil de Titán. Y en el futuro próximo elucidar si hay o no vida, o puede haberla habido, aunque esto es algo más peliagudo, claro.

La atmósfera del satélite está compuesta, como se dijo más arriba, por nitrógeno e hidrocarburos, entre ellos fundamentalmente el metano. Por efecto de la radicación solar, ese metano puede transformarse en una molécula ciertamente energética como el acetileno o etino (dos carbonos unidos mediante un enlace triple), lo cual puede ser de interés de cara a las disponibilidades energéticas, necesarias para cualquier protovida, por mínima que sea.

El metano haría allí de agua. El más simple de los hidrocarburos está presente en la atmósfera y en la superficie, donde lo encontramos conjuntamente con etano (dos carbonos, en tanto que el metano tiene uno) y agua. La superficie en definitiva, está constituida por hielo sucio -hielo de agua mezclado con otras substancias, como hidrocarburos- que haría el papel de las “tierras emergidas”, (si usásemos el simpático simil terrestre)- y los lagos o mares de etano y metano. Algunos de estos “lagos” han sido fotografiados por la Huygens, en su garbeo por Titán.

El satélite sería un cuerpo constituido por material rocoso, por un lado, y hielo e hidrocarburos. O sea que, al igual que Europa y otros satélites exteriores tiene un núcleo rocoso, lo cual lo aproxima a los planetas interiores del sistema solar como Marte o la Tierra. En tanto que los planetas exteriores propiamente dichos, como Jupiter o Saturno, son esferas de gas y líquido aunque con -posiblemente- un núcleo metalo-rocoso (mínimo aunque tal vez del tamaño de la Tierra)

En definitiva. Titán es quizá en el momento actual el candidato número uno de los exobiólogos, quizá por delante de Europa (satélite de Júpiter, con su famoso océano de agua bajo su superficie) y del eterno candidato Marte. Por lo menos ahora, tras la información suministrada por la Cassini-Huygens, la mayor luna de Saturno estará de “moda” durante algún tiempo.

Quizá alguno de esos tres cuerpos (Titán, Europa, Marte) conviertan de una vez por todas a la Biología en una Ciencia Universal (ahora lo es pero de un modo más bien especulativo), como lo es la Física y no en el “localismo” científico que ha venido siendo hasta ahora.

Seguiremos informando. El material de la Cassini-Huygens -como el arte- es largo.

En torno a Civilizaciones Extraterrestres (1979, Isaac Asimov)

Mayo 31, 2007

(El que sigue es un artículo publicado en una de mis viejas Webs 1.0, en el lejanísimo 2001).

En torno a la obra divulgativa de Asimov Civilizaciones Extraterrestres (1979)

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El primer Asimov que leí, en los inconcebiblemente lejanos 80’s, no fue ninguna de sus celebradas obras de ciencia-ficción (obras que devoraría a lo largo de los años siguientes), no fue ningún tomo del ciclo de las fundaciones, ni de los robots, ni del detective futurista Elías Baley. Fue este interesantísimo, riguroso y ameno ensayo publicado por vez primera en 1979, en una época todavía marcada por las hazañas aeroespaciales.

Es este libro todo un baño de racionalismo científico a un tema sobre el que han abundado con frecuencia la mistificacion, la patraña y la superchería. Que han abundado y que abundarán, al parecer. Y es que el siglo que se nos viene encima será, en opinión de muchos, una especie de Edad Media con supertecnología. Un medievo con teléfonos móviles. En efecto, a lo largo del XXI, habrá una curiosa convivencia entre la superstición y el rigor científico-técnico; entre el culto a lo sobrenatural y el creciente dominio de las leyes de la física; brujos, adivinadores, tarotistas y demás fauna compartirán siglo y época con físicos, genetistas, bioquímicos e ingenieros del más alto nivel. La informática doméstica, Internet, la telefonía móvil, los multicanales de televisión y toda la espléndida cacharrería tecnológica tendrán como principal utilidad la de vehicular toda la murga neomedieval. El XXI será así un siglo peculiar, un siglo de extrañas cohabitaciones: una gran masa popular deslumbrada por brujos y magos catódicos compartiendo piso con una (comparativamente) pequeña élite profesional y culturalmente sofisticada. En lo que respecta al tema de la inteligencia extraterrestre, esta se asociará más a los OVNIS, a la ufología, o a gente como Antonio Ribera o Le Poer Trench que al programa SETI o a Carl Sagan. Por ello, el siglo que ahora empieza va a ser probablemente poco propicio para la clarificación popular del tema del Contacto. Y dejadme decir de paso que ese fascinante y rico género literario (mal) llamado ciencia-ficción continuará asociándose con batallitas galáctico-medievales y seguirá despreciado por la crítica literaria y por los enteradillos culteranos de café.

Con este poco apetecible plato que nos van a poner sobre el mantel, la reedición y promoción de una obra tan lógica, racional y rigurosa como Civilizaciones extraterrestres sería algo verdaderamente de aplaudir. Al igual que el resto de la obra divulgativa de Asimov. Y es que el bioquímico ruso-americano debería ser una bandera a agitar y enarbolar en el oscurantista siglo que acabamos de estrenar. Este claro y límpido enciclopedista dieciochesco extraviado en el turbulento e irracional (aunque muy científico) siglo XX, se nos va a hacer imprescindible en las tenebrosas e irrespirables décadas que se nos vienen encima. La reedición de la espléndida obra divulgativa de Asimov debería ser casi un deber moral para contribuir a ahuyentar a toda la horda de echadores de cartas, de simpáticos y gesticulantes brujos de madrugada, de enlutadas brujitas de escoba electrónica, de tele-tarotistas, de enviados de Dios en formato htm, de milagreros de banner. En esta Edad Media de cable y Banda Ancha que iniciamos, utilicemos pues, a Asimov como amuleto. Utilicemos sus límpidos y cristalinos libros como pata de conejo. 

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A estas alturas, inútil decir que Civilizaciones extraterrestres no es un libro de Ufología. Es un libro de Ciencia. De Física, de Química. De Biología. Pero que nadie se espante. Porque Civilizaciones extraterrestres es, ante todo, un libro de reflexión, de lógica y de sentido común. De rigor científico. Un libro cuya línea de razonamiento, cualquier lector de mediana cultura (y de mediana curiosidad o de inquietud mediana) puede seguir perfectamente aunque no tenga ni papa de aquellas venerables disciplinas.

Bueno, venga. Vamos con el libro. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres?. Tremenda pregunta. Pudiera ser, desde luego, pero seguro que no envían una nave espacial (un ovni) para jugar al escondite con el género humano, para aterrizar en un campo de patatas y desaparecer y en general, todo ese extraño y desconcertante comportamiento que sugieren los entusiastas de la ufología. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres? ¿Qué se necesita para que haya una civilización estraterrestre? Estas apasionantes y aterradoras preguntas (cuya respuesta cambiaría la percepción que la raza humana tiene de sí misma y de su situación en el mundo y en el cosmos) son el núcleo central de Civilizaciones extraterrestres.

Asimov empieza haciéndose varias preguntas ¿en qué consiste la vida? ¿Es posible una vida de silicio y no de carbono? ¿Qué exige la vida para su aparición, evolución y desarrollo? ¿Qué características ha de tener un planeta para ser incubador de vida, al igual que nuestra Tierra? ¿y la estrella en torno a la cual este planeta gira? A parte de la existencia de vida, ¿que condiciones son necesarias para que esa vida evolucione hacia la inteligencia y el dominio de la alta tecnología, tal y como ha sucedido en la Tierra? Asimov se va respondiendo a sí mismo utilizando como únicas herramientas la razón, la lógica y los actuales conocimientos científicos y astronómicos. Así, un planeta candidato a incubar vida debería ser de un tamaño similar a la Tierra, y estar formado de roca y metal (semejante por lo tanto a los planetas interiores o terrestres de nuestro sistema solar), debería poseer agua líquida y capacidad para retener una atmósfera. Para la aparición de la tecnología, quizá debería poseer continentes o tierras emergidas. A tal efecto, no serviría un planeta de tipo jupiterino, que es un bola gigante de gas y líquido. ¿Y cómo ha de ser la estrella en torno a la cual gira el planeta? Debería ser como nuestro Sol, nos dice Asimov, es decir una estrella de tamaño mediano. Y esto porque las estrellas de gran tamaño queman hidrógeno muy deprisa y abandonan en seguida su secuencia principal. La vida y su desarrollo es un proceso complejo y muy sofisticado que exige larguísimos periodos de tiempo, por ello es imprescindible que la estrella en torno a la cual gira el planeta candidato a albergar vida permanezca el tiempo suficiente en su secuencia principal.

¿Y el tema de los viajes interestelares? Esto es, ¿qué hay sobre los requisitos para que ellos (la civilización extraterrestre) y nosotros entremos en contacto físico? Parece ser que unos y otros nos hallamos recluidos por las gigantescas distancias interestelares y el límite físico que impone la infranqueable barrera de la velocidad de la luz. ¿Y otras posibilidades de comunicación o de contacto?. Al elaborar sus respuestas, Asimov adopta un punto de vista conservador y cauteloso, pero aún así, resultaría que en buena lógica podría haber, sólo en nuestra Galaxia, centenares de millones de civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Pero entonces…¿dónde están?.¿Por qué no ha habido un contacto entre ellos y nosotros, al menos un contacto rigurosamente documentado, más allá de la manipulación y el sensacionalismo, tan cotidianos a lo largo del pasado siglo XX?. Esta es la gran pregunta.

El gran atractivo de este libro es que, aparte de abordar una cuestión siempre fascinante, lo hace desde la verdad y el rigor científico y eso hace que su valor sea doble. Porque algo que es fascinante y que es verdad nos turba más que algo que es solamente fascinante. El tema de la inteligencia extraterrestre brilla aún más al recibir la límpida luz de la razón y la ciencia y no la de la ufología, dudosa y trucada, como las fotografías en que se basa. Al fin y al cabo, ¿por que va a ser tan descabellada la idea de que existan planetas como la Tierra, y que en ellos se haya desarrollado la vida y la inteligencia y la cultura y la tecnología, del mismo modo que lo han hecho en el tercer planeta de la estrella a la que llamamos Sol?. ¿Y porque no soñar con un futuro Contacto como el de la novela de Carl Sagan?. Yo creo que en el futuro, si sigue adelante el programa SETI, este acabará dando sus frutos y se producirá ese anhelado Contacto.

En El futuro es un pais tranquilo, el último libro de Jose Manuel Sanchez-Ron, uno de los mejores historiadores de la Ciencia que tenemos en España, el autor imagina un Contacto hacia el año 7000. Quien sabe. Mientras tanto, y en espera de que llegue ese momento, el lector que quiera combinar la pasión por lo desconocido con el rigor del orden y la inteligencia, que lea Civilizaciones extraterrestres, en definitiva: que lea a Asimov. Que penetre en el mundo de este enciclopedista de la era espacial. De este bioquímico volteriano. De este Diderot de la Ciencia moderna.

En el mundo de quien, por decirlo con palabras de Sánchez-Ron, acercó como nadie la Ciencia a la Vida. 

SGL, 2001

Los próximos diez mil años (Adrian Berry, 1973)

Mayo 30, 2007

(una antiquísima reseña que redacté en el año 2001, y publicada en una de mis enmohecidas webs 1.0)

En torno al libro de Adrian Berry Los próximos 10.000 años (1973)

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El título de este libro resulta algo visionario y sin duda va más allá que el propio contenido del texto, aparte de ser de una osadía insólita. El mundo actual es tan imprevisible y complejo, su evolución futura tan indescifrable, que no es fácil que nadie se atreva a hacer profecias no ya a diez mil años vista, sino tan siquiera a diez mil horas. Puede visualizarse, dentro de unos interesantes límites de probabilidad, la evolución del mundo de aquí al año 2050 o 2060, pero remontarse mucho más allá es un ejercicio que roza la frivolidad intelectual. No obstante, cuando se publicó Los próximos diez mil años corría el año 1973, y eran otros tiempos, tiempos arrogantes en el ámbito tecnológico y aeroespacial y de gran euforia respecto al porvenir inmediato y lejano. Era una época marcada por el entusiasmo de 1969, y que se sentía totalmente embalada hacia el futuro. Sólo en una época así podía aparecer un libro tan (racionalmente) visionario como este.

Siempre me he sentido atraido por el tema de la conquista del espacio y del futuro científico y tecnológico del Hombre. Desde que era adolescente, me sedujo el género de la ciencia ficción, la astronomía, la cosmología, las hazañas científico-tecnológicas y el remoto porvenir. Carl Sagan era uno de mis dioses. Devoré la serie Cosmos a cada pase televisivo y nunca dejó de fascinarme. Leí avidamente su Conexión cósmica, al igual que las obras divulgativas de Asimov. La pasión por estos temas, junto con la ciencia-ficción, fue lo que me llevó a la insólita decisión de matricularme en la Facultad de Química (carrera que muy poco después canjearía por el inacabable e infernal estudio de la Farmacia). No es sorprendente, con estos antecedentes, que un libro con un título como Los proximos diez mil años, un título que se remontaba de una manera tan vertiginosa desde nuestro triste y prehistórico tiempo, captase enseguida mi atención. Cuando lo vi un domingo en un tenderete del Mercado de San Antonio, aunque su estado no era demasiado bueno, mi apática mano voló hacia él. 

 Los próximos diez mil años es uno de esos libros de divulgación científica que menudearon tanto en la década de los setenta, época como hemos dicho, de gran euforia tecnológica en el terreno aeroespacial. Y es que cuando apareció, hacia tan solo unos pocos meses que el último hombre en pisar la Luna había vuelto a casa. En efecto, en Diciembre de 1972, tuvo lugar la número XVII de las legendarias misiones Apolo, la última cuya tripulación puso pie en el satélite. Han pasado casi treinta años desde entonces y ningún otro ser humano ha vuelto a pisar aquella desolada y remota superficie, lo cual por si sólo indica que fue una proeza tecnológica cercana a lo increible. En sólo 15 años desde el inicio de la era espacial (en 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS), la humanidad había hecho realidad la alucinante fantasía de enviar varias misiones tripuladas a la Luna: el Apolo XI, el XII, el XIV, el XV, el XVI y el XVII (el Apolo XIII, como es sabido, tuvo un problema y no alunizó). Aquella fantasiosa literatura de Luciano, Cyrano, Godwin, Verne, Wells y tantos otros invadió al fin la aburrida realidad. El mono desnudo había logrado tocar la Luna tan sólo dos millones de años después de bajarse de los árboles y levantar hacia ella el rostro peludo y simiesco. La humanidad levitaba de éxtasis místico-tecnológico. Ante una hombrada de tal magnitud, cualquier empresa parecía posible en el futuro más inmediato, esto es, a lo largo de las siguiente décadas: viajes tripulados a Marte en la década de 1990, colonias permanentes o semipermanentes en la Luna para pasado mañana y otros logros futuristas.

En 2001, una odisea del espacio, película rodada entre 1964 y 1968, Kubrick y Clarke habían pretendido presentar una visión realista del futuro a 33 años vista: insinuaban que el 2001 real se parecería bastante al de su película y habían contado con bastantes asesores para llegar a esa conclusión. Se equivocaron de medio a medio, ya que hemos llegado a ese mítico 2001 (año tremendamente decepcionante) y nadie viaja a Jupiter ni a Saturno, no hay colonias lunares y ni siquiera HAL existe. Y lo peor de todo: no se ha encontrado ningún monolito en la Luna. Esta vez la ficción superó a la realidad, que por otra parte es lo que sucede casi siempre, para que engañarse. A lo largo de los 70 y los 80 fue llegando paulatinamente el final del sueño de la conquista del Espacio, las misiones fueron evaporándose al igual que el entusiasmo y en el momento actual, con el tema aeroespacial bastante dormido (y con los recientes fracasos de la NASA en sus modestas aventuras marcianas), se habla tan sólo del año 2020 como posible fecha para una expedición tripulada a Marte, único planeta que la humanidad pisará en el siglo XXI. La desaparición de la URSS y la falta de competencia en el ámbito interplanetario (contrariamente a lo que sucedía en los 60) ha sido catastrófico. Y es que, en el fondo, nadie hizo tanto como la antigua potencia soviética para que el hombre acabara pisando la Luna. Nada irritó tanto a McCarthy como el Sputnik. La perrita Laika y Gagarin llevaron a Kennedy a golpear la mesa con el puño y a conjurarse para contrarrestar aquel desafío comunista. Pero hoy dia ya no hay rusos ni guerra fría, y ya no es necesario impresionar a nadie ni hacerse ninguna foto. Ya no hay Comunismo. Sí Capitalismo, aunque eso, por lo visto por sí solo no basta. 

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Pero en 1973 se estaba aún en plena fase REM del alucinante sueño espacial. Aún estaba en las retinas la imagen de Alan Shepard, comandante de una de las misiones Apolo (no recuerdo cual), golpeando una pelota de golf en la desértica superficie de la Luna. En esa época de triunfos, vítores y épica interplanetaria, en aquel tiempo de competencia entre bloques económicos, de Ciencia publicitaria, de ebullición aeroespacial, de cosmonautas y banderas, fue entonces cuando apareció este libro de Adrian Berry.

Los próximos diez mil años está totalmente contagiado del espíritu de la época. Es decir, es un texto optimista. Mejor dicho, hiperoptimista. Lo de la Luna ha sido sólo el comienzo, ha sido, como diría el pionero Tsiolkovsky, tan sólo abandonar la cuna. El Homo Sapiens está llamado a tocar las estrellas, pero en un sentido físico, no poético. Y esto sucederá más pronto que tarde. El entusiasta libro de Berry nos invita a pasearnos por un espléndido futuro tecnológico y de crecimiento económico imparable. Diez mil brillantes años a lo largo de los cuales el Hombre irá modelando el Universo a su gusto, sirviéndose de las leyes de la Física y de unos posibilidades tecnológicas cada vez más gigantescas. Pero en realidad, el autor no va tan lejos como el título de su libro, ya que apenas habla de lo que sucederá más allá del año 3000: las inconcebibles proezas tecnológicas que entrevé irán sucediéndose a lo largo del milenio que acabamos de comenzar. Es decir, el envío de expediciones tripuladas interplanetarias, la incorporación de los recursos de lejanos mundos a la economía de la Tierra, la terraformación de planetas, el desmantelamiento de Júpiter para la construcción de la esfera de Dyson, la posibilidad técnica del viaje interestelar, el desarrollo de pavorosas disciplinas como la astroingeniería, etcétera, todo ello ocurrirá dentro del aburrido milenio en el que ya estamos aposentados. Decididamente, Berry no es que vea la botella medio llena, a veces da la sensación de que pasa por alto el vidrio.  

 El libro, como ha quedado ya dicho, fue escrito y publicado en 1972-73 y es posible decir ya, en el momento en que escribo esto (año 2001), que algunas de las amenas profecias de Berry no se han cumplido. El autor se mostraba convencido (al igual que Carl Sagan en la Conexión Cósmica y muchos otros) de que el hombre se pasearía por las rojas arenas de Marte antes de 1990 o como mucho, antes de fin de siglo. Pero lo único que se ha paseado por la superficie marciana ha sido ese simpático cacharrito, el Sojourner de la Mars Pathfinder, que arribó al Barsoon de Burroughs en el año 1997. No está mal, pero es bastante menos de lo que habían imaginado Berry o Sagan en los primeros setenta. 

De todos modos, yo también creo que muchas de las cosas que este libro profetiza se cumplirán, no me cabe duda, aunque no de una manera tan lineal, ineludible e impetuosa. Probablemente no las veremos dentro del tercer milenio, como el libro parece sugerir, pero quizá sí dentro de esos 10.000 años a los que, después de todo, se refiere el título. Y es que debemos tener presente que no hemos hecho más que comenzar. Hacia el siglo XVII, el Hombre se aburrió definitivamente de la teología y la metafísica y se volvió científico, Roger Bacon se transformó en Francis Bacon. La Teología (esa rama de la literatura fantástica) fue canjeada por la Ciencia Experimental, tal cosa ocurrió, insisto, en el XVII, es decir hace cuatro dias ( o cuatro siglos, tanto da). En aquel momento, el Homo Sapiens llevaba entre uno y tres millones de años en la Tierra, exactamente los mismos que lleva ahora. De ese dilatadísimo periodo, tan sólo nos hemos pasado metidos en el laboratorio los últimos cuatrocientos años, una parte infinitesimal de nuestra existencia como especie. El resto se nos ha ido elaborando amenos juegos teológicos y organizando Concilios. Apenas hemos desembalado el utillaje. No hemos hecho más que desempaquetar los Erlenmeyers y las pipetas.

Seamos pacientes, concedámonos un milloncito de años. Otorguémonos tiempo para salir de la Prehistoria en la que áun nos encontramos. Salgamos de la caverna y levantemos la vista hacia el diamantino cielo. Saludemos con la mano, que diría Bob Dylan.

Las estrellas, de cuyas entrañas salimos, esperan melancólicamente nuestro regreso.   

SGL, 2001

Carl vive

Mayo 27, 2007

Sueño con ello, y a veces…hay malos sueños

Cosmología e Hinduismo

(articulo publicado originalmente -en otra de mis bitácoras- el 14 de Septiembre de 2006)

Otro aniversario silencioso: el décimo de la desaparición de Carl Sagan (1935-1996).

¿Quien fue Carl Sagan? Astrónomo, exobiólogo, divulgador, humanista, escritor, pero ante todo fue quien me empujó -quien me arrastró- a hacer el bachillerato de Ciencias. Hace algo más de veinte años que visioné por vez primera su Cosmos (no he dejado de hacerlo ever since), y ya entonces me impactó aquella manera tan elegante, tan hondamente humanista, de presentar la Astronomía, la Ciencia, su desarrollo en la Historia, los senderos que los hombres -y alguna mujer, como Hipatia- han recorrido para llevarnos hasta aqui, hasta este siglo, que es el nuestro, pero tan atolondradamente tecnocientífico.¿Quienes fueron Eratóstenes, Keppler, Galileo, Halley, Newton, Einstein y los demás? Diamantes arrastrados por el rio luminoso, restallante de la Historia (la imagen no es mia, es de Orwell). Fueron pensadores, científicos, pero también (y sobre todo) seres incrustados en sus respectivos Siglos. Los desarrollos que promovieron fueron los de la Ciencia -hoy delicadamente definida- pero también los de la Cultura y la Civilización humanística. Sí, humanística.

Cosmos: la serie científica más humanista jamás filmada. En boca de Sagan, la Ciencia se hace casi poesía. El enorme respeto del astrónomo estadounidense por las culturas humanas, las civilizaciones más diversas y divergentes, las escuelas filosóficas, las diferentes tradiciones del pensamiento era una constante en Cosmos, pero también puntea sus otras obras, las textuales (La Conexión cósmica, El Cerebro de Broca); no falta tampoco en su única y emocionante incursión en la literatura fantacientífica:Contact (1985). Pero Carl Sagan, con todo su bagaje humanista, su visión integradora de la cultura humana (en la que clava, eso si, a la Ciencia como puntal de esa Cultura), nunca perdió de vista los criterios de demarcación, la distinción -tan borrosa hoy dia- entre Ciencia y PseudoCiencia, entre Conocimiento Positivo y Especulación, por necesaria y excitante que esta última fuera en ocasiones. En el prólogo de su Cosmos, deja clara, clarita esta última distinción.

Sagan desapareció hace una década, pero continúa sacando de quicio a mucho neomístico de medio pelo. Era y es un martillo de todo esa murga pseudocientífica, de ese confusionismo vago y vaporoso que disfrazado de humanismo mal entendido nos está haciendo perder el oremus de los criterios de demarcación. Lo se bien: como farmacéutico, me veo en la obligación de ocuparme -entre otras cosas aun más escandalosas- de la homeopatía, por ejemplo, esa bruma mística encerrada en cofres tecnocientíficos y galénicos.

¿Disponemos de algún Sagan hoy dia? Hummm. Es curioso, esos grandes humanistas de la Ciencia y su divulgación fueron desapareciendo a medida que nos precipitábamos al final del XX o en los primeros años del neomedieval siglo siguiente: Sagan en 1996, Asimov en 1992, Stephen Jay Gould -esperó un pelín más-en 2002.

Voy a incrustar un par de videos del gran Carl Sagan. Ambos de Cosmos. El primero -en inglés- se encuentra en el capítulo I de la serie y es una especie de “editorial” saganiana, una declaración de principios y de intenciones y de algún modo, una reivindicación indirecta de la Ciencia y el conocimiento positivo como fuente de emoción y de poesía. El segundo entrelaza con mano maestra la actual Cosmología, el estado actual de nuestros conocimientos, nuestras creencias actuales sobre el origen, evolución y futuro del Cosmos con antiguas tradiciones de otras civilizaciones, contribuyendo una vez más -tan sólo con este pequeño speech de pocos minutos- a derribar o ignorar el control aduanero -nefasto control aduanero- entre las dos Culturas.

SGL, 2006

Gliese 581 c. La SuperTierra.

Mayo 27, 2007

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1995 fue el año en el que se descubrió el primer planeta extrasolar. Es decir, el primer cuerpo planetario que orbitaba en torno de una estrella diferente de El Sol (y estando la dicha estrella en la secuencia principal: pues en 1992 se había puesto de manifiesto la existencia de masas planetarias extrasolares pero orbitando en torno a un púlsar).

Por lo tanto, la historia de los planetas extrasolares (los alien planets) comienza en aquel año de 1995. Hasta entonces, simplemente se suponía (por extrapolación) que los sistemas solares (Estrella + cortejo de planetas) eran lo común, y que nuestro Sol no era el único en contar con esos cortesanos planetarios . Más o menos, todas las estrellas -se preveía- o un buen número de ellas contaban con planetas orbitando en torno. Pero no se tenía todavía la evidencia experimental de ello. Pero en aquel 1995, por fin se demostró la existencia de la primera masa planetaria girando alrededor de una estrella que no era el Sol. A esa estrella podía localizársela en la constelación Pegaso: 51 Pegasi se llamaba, y distaba 47, 9 años luz del Sol.

El planeta que giraba alrededor de 51 Pegasi, pasó a llamarse 51 b Pegasi y era un planeta de tipo jupiterino, es decir un gigante gaseoso. Si examinamos los planetas solares, los que orbitan en torno a nuestra Estrella, comprobamos que pueden establecerse grosso modo, dos modalidades: los planetas terrestres o interiores (Mercurio, Venus, Tierra, Marte), que son pequeños y compuestos de metal y roca, y los exteriores o jupiterinos (Jupiter, Saturno, Urano, Neptuno), de tamaño comparativamente gigantesco, de tipo gaseoso o semilíquido, principalmente hidrógeno, helio y agua. 51 b Pegasi pertenecía según esa distinción al tipo jupiterino, que por otra parte, resulta más fácil de detectar que los de tipo terrestre, como se comprenderá.  El descubrimiento fue declarado en las prestigiosas páginas de Nature, artículo mediante, en Octubre de 1995.

51 Pegasi (la estrella en torno a la que gira 51 b Pegasi) , es algo más vieja que nuestro Sol (en torno a los 7000 millones de años) y también de tamaño algo mayor.

En relación a la exobiología o astrobiología, disciplina puesta ya a punto para saltar al mínimo indicio de la existencia de una presa: hay que decir que, en principio, en un planeta como Pegasi b 51 no puede haber vida de un gran nivel de complejidad y organización, si es que hay vida de algún tipo. De haberla, pertenecería más bien a niveles bióticos modestos. En principio, aunque esto puede ser problemático, los niveles bióticos elevados basados en estructuras complejas de carbono (proteinas y ácidos nucleicos) y no digamos ya la Cultura y la Civilización parecen más probables en planetas sólidos de roca y metal que en los de tipo jupiterino, como este Pegasus b 51. Por no hablar de la existencia en él de una Civilización de tipo tecnológico, como la nuestra, lo cual es, dicho suavísimamente, improbabilísimo. Y porque en este Universo, las cosas cien por cien imposibles son más bien pocas.  

Vamos a ver. Para que un planeta alumbre vida se necesitan -de acuerdo con lo que hoy sabemos- una serie de parámetros y requisitos. Para que alumbre no sólamente vida, sino vida inteligente, más requisitos todavía y parámetros de valor aún más delimitado y acotado. Finalmente para que alumbre Vida Inteligente con Civilización y Cultura al estilo Tierra, son necesarios aún más requisitos. Y para una explosión de la Ciencia y la Tecnología, como ocurrió en la Tierra a partir del siglo XVI y XVII DC, es necesario que la raza inteligente y civilizada abandone sus paradigmas mágico-religiosos y se adentre en nuevos paradigmas racionalistas que enmarquen un uso estructurado de la experiencia y la inducción, la elaboración de teorías o hipótesis flexibles a partir de las cuales puedan realizarse predicciones de éxito que además ayuden a apuntalar la propia teoría. Tal cosa, la posibilidad de una explosión tecnocientífica como la nuestra en un determinado planeta, en mi opinión, quizá no dependa tanto de parámetros astronómicos -estos sí serían necesarios para la aparición de vida y de inteligencia- como del propio desarrollo de la Civilización. Ya que sería perfectamente concebible una Civilización culturalmente muy sofisticada, pero persistentemente alejada del dominio tecnocientífico, como le sucedía a la Europea Occidental del siglo XII, por ejemplo. Excelencia artística y cultural, pero inepta por completo en lo científico y en la comprensión y dominio de la esfera natural. Por no hablar del tremendo bajón que dio el uso y manejo del Logos desde Grecia.  

 Volviendo a los planetas extrasolares, a los ya descubiertos. A dia de hoy, se conocen ya más de 200, poco más de 10 años después de la puesta en evidencia del primero, 51 b Pegasi. La mayoría de esos planetas son de tipo jupiterino, gigantes gaseosos, candidatos improbables a albergar vida, como no sea a nivel bacteriano y procariótico, o a un nivel eucariótico muy simple, con escasa especialización celular (y escaso agrupamiento en tejidos) y dando lugar a organismos de no demasiadas células.

Pero ¿qué hay de los planetas extrasolares de tipo terrestre o incluso planetas similares a la Tierra, no sólo de tipo sólido, de roca y metal, sino con agua líquida en la superficie y además tierras emergidas a la manera de nuestros continentes? ¿Qué pasa con estos?

gliese-earth

Pues bien: en el año 2007, se ha descubierto uno de estos planetas extrasolares similares a la Tierra. Su nombre: Gliese 581 c. Orbita en torno a Gliese 581, enana roja a unos 20, 5 años luz de nuestro Sistema.

Tiene una masa de cinco veces la Tierra. Según los astrónomos sus posibilidades de albergar vida no son muy altas, por efecto de la rotación síncrona del Planeta. No obstante, el planeta puede tener una temperatura que permita la presencia de agua líquida -lo cual se supone básico para la vida- en su superficie. Podría haber también tierras emergidas.

Aunque ya en el año 2005, se había detectado en torno a la estrella Gliese 876, otra enana marrón, un planeta que podía ser de tipo terrestre, es Gliese 581 c el planeta recien hallado en este 2007, el que excita más mi imaginación. Y más aún a algún e-noticiero que proclamó “descubierta, desde Chile, la SuperTierra”

La SuperTierra. Qué gracioso o qué ocurrente. Seguramente no hay la más mínima vida ahí, en esa SuperTierra, al menos no vida compleja y por supuesto ninguna Cultura ni Civilización, pero anda que no hemos avanzado desde 1995, año en el que la presunción de planetas rotando alrededor de estrellas diferentes del Sol era poco más que una extrapolación, lógica eso sí.

Junto al post, os incluyo un dibujo artístico que recrea la superficie de Gliese 581 c, la SuperTierra. No direis que no excita la imaginación. La mia, al menos, sí.