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Literatura y TecnoCiencia, a cara de perro.

Julio 5, 2007

 

En 1959, C. P. Snow pronunció una conferencia que andando el tiempo habría de hacerse célebre: The Two Cultures (las dos Culturas). En ella, Snow (antiguo físico y nuevo novelista de cierto éxito) declaró prolijamente su desconcierto ante la existencia en Inglaterra y en todo Occidente de una divisoria cada dia más marcada entre dos mundos intelectuales: el de los científicos y el de los humanistas. A lo largo de la conferencia, el físico-novelista abundó en la realidad de esa separación y aún hostilidad entre los dos mundos, las dos culturas.

De un lado -argumentaba Snow- teníamos el universo tecnocientífico, el de científicos e ingenieros. Retraido, frio. Ignorante por completo (a juicio de sus contrarios, los humanistas) de los más insignificantes rudimentos literarios. Bastante prepotente. Seguro de representar el futuro, de llevar ese “futuro en los huesos”. Desdeñoso hacia la cultura humanista y clásica, o indiferente. Si acaso la saluda (según Snow) con una inclinación de cabeza, vagamente amable. Un mundo -el de los científicos-, una cultura, nada leída, o casi nada. Aunque alguno de sus representantes murmure -con algo de incomodidad- haberlo intentado en alguna ocasión con Dickens.

Del otro lado: los humanistas, que Snow identifica esencialmente con los intelectuales literarios. Adoran las grandes obras de la Literatura, en esas obras enormes está contenido el género humano, sus actos y motivaciones, toda su complejidad. El mundo y sus problemas, y todas las indagaciones imaginables en torno a ellos. En esas obras, en esos desarrollos ficcionales está todo. Todo ahí puede hallarse. El crítico debe escarbar en ese grano y entregarle al mundo sus hallazgos. Esas humanas razones que van más allá del frio cálculo, y de la reducción de la vida a engranajes y mecanismos. Las razones que la razón no entiende. Pero estos intelectuales exquisitos y literarios no tenían ni idea -según el conferenciante- acerca de en qué consistía la Segunda Ley de la Termodinámica, ley de “sombría belleza”, que acaba troceándonos a todos; e incluso respondían -esos intelectuales- agriamente cuando se les preguntaba acerca de la diferencia entre velocidad y aceleración. Esa ignorancia no les preocupaba, ni la consideraban ignorancia.

Snow abogaba por un entendimiento entre esos dos universos tan desdeñosos el uno para con el otro, tan distantes. La TecnoCiencia en verdad era el futuro -y eso lo decía Snow tras Hiroshima, desacomplejadamente. Era y es el futuro, sí. Una cosa no quita la otra. La Sociedad industrial y más tarde Postindustrial creaba un orden mejor -por muchos que hubiesen sido y fuesen todavía sus abusos- que el antiguo y calamitoso orden agrario preindustrial, ese que tanto exaltaban no pocos de los intelectuales literarios, tan adoradores de Dickens y sus criaturas, sacudidas por la irrupción industrial y tecnocientífica de la Inglaterra de las décadas iniciales del XIX.

Snow quiso catalizar un debate. Lo logró. Y no sólo un debate o debates. Sufrió -tras su conferencia- una durísima crítica ad hominem por parte de un destacado crítico literario: F. R. Leavis, profesor y erudito en Cambridge. Leavis descalificó a Snow como novelista (si bien no es un novelista, matizó, no llega a eso) y también como científico. La andanada de Leavis contra Snow llevó a los editores del primero a pedir permiso al segundo antes de publicar el escrito del viejo profesor, y persuadir a Snow de que no emprendiese acciones legales, caso de que este hubiese pensado en hacerlo.

Puedo comprender a Leavis, a pesar de todo. A pesar de lo desmedido, de lo exagerado de su crítica. En Inglaterra, la Literatura es sagrada, o lo fue durante muchos años. Se leía a Dickens o a Thackeray como los Evangelios, como un torrente sapiencial. En la Isla de Shakespeare, la Literatura, su crítica y exégesis, era como la Sociología en Francia, o la Historia en Alemania. Una disciplina abarcadora, totalizante de los asuntos de hombres y mujeres. Para Leavis, el verdadero conocimiento estaba en las indagaciones poéticas en torno a los grandes temas humanos, esas indagaciones de los novelistas excelsos.

Pero me quedo con Snow. Con todas las matizaciones necesarias. Ambos mundos (el literario y el tecnocientífico) son complementarios. Modos de indagación no excluyentes. Como el pensamiento lateral y el lineal. No todo en la vida ha de ser tecnociencia, ni el hombre ha de cosificarse; ni la civilización humana reducirse a un simple cálculo egoista -tal era quizá el temor de Leavis y la razón de fondo de su acerada crítica-; la literatura y las artes tienen un papel que cumplir. Han de llegar a donde no lo haga el frio cálculo.

No obstante, es el frio cálculo el que ha de marcar la pauta básica. El pensamiento positivo. La verdad de la naturaleza y del mundo. Porque hay una verdad, la verdad de los hechos verificables. La hay, aunque corran malos tiempos en este comienzo del XXI para la verdad y los hechos. Más allá está la interpretación de esos hechos, la ideología. Pero es la verdad -esa verdad positiva- la que ha de señalar el camino, la dirección.

No la literatura, ni la ideología, que han de ser solo revestimientos -importantes revestimientos, esenciales- de aquel esqueleto. El esqueleto de la verdad, de los hechos verificables.

Roma venció a Cartago, y no al revés. La verdad, los hechos. A partir de aquí, toda la literatura -y lo digo en el buen sentido- y toda la ideología que se quiera.

Me quedo con Snow. Y con las agrias correcciones -o con algunas- del refunfuñón, del Scrooge Leavis.

Sobre El Retorno de los Brujos (1960, L. Pauwels y J. Bergier)

Junio 2, 2007

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He pasado unos cuantos dias con la lectura (absorvente) de El Retorno de los Brujos (Le Matin des magiciens, Louis Pauwels- Jacques Bergier, 1960), clásico de lo que los autores en su momento llamaron Realismo fantástico, y pretendido texto fundacional. De ahí, de esa fuente o texto, ha derivado buena parte de la actual literatura centrada en la especulación pseudocientífica: antiquísimas civilizaciones que no dejaron ni rastro y que tal vez nos igualaron, visitantes de la Tierra, fenómenos parapsicológicos, etc.

Como texto “fundacional” que es, la lectura de El Retorno de los Brujos es apasionante. Como texto inaugurador de lo que más tarde iban a ser tópicos. Yo iba detrás del libro de Pauwels-Bergier desde hacía bastante tiempo, en concreto desde el momento en el que desde otro texto se me remitió a este Retorno de los Brujos, al hablárseme del visionario y charlatán Horbiger, personaje que tantos estragos causara en la cosmovisión de la Alemania de 1933-45. Pero ya me referiré a Horbiger en otro post porque el tipo se las trae.

La lectura de El Retorno de los Brujos es de esas que te arrebatan, lo cual no quiere decir que no haya que estar ojito avizor hacia sus exageraciones, sus especulaciones sin fundamento y la no poca charlatanería que hay en esas hojas. En el comienzo del libro, el duo Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-197 8) declara que su principal objetivo es que el lector pueda acabar el texto con un par o tres de ideas que le hagan “ver” más allá. Más allá del actual (1960, momento de la publicación) horizonte científico, sobre todo teniendo en cuenta que ese horizonte científico de la segunda mitad del XX ha sido producto de la crisis previa del horizonte del XIX, de un ver más allá, justamente. En cierto modo, El retorno de los Brujos es una sugerente invitación al ejercicio de lo que los psicólogos cognitivos llaman pensamiento lateral, creatividad, intuición. Apartarse en algún momento del pensamiento lineal habitual -imprescindible éste para apuntalar y acrecentar el edificio científico, eso sí- puede permitirnos “vislumbrar” un nuevo paradigma, por si el viejo ya no sirviese.

En mi opinión, el “objetivo” declarado de Pauwels-Bergier al comienzo de su texto -la de generarte unas cuantas ideas interesantes e invitarte a ejercer esa lateralidad- está perfectamente conseguido.

En esencia, el libro critica el “materialismo” conceptual clásico de la Ciencia contemporánea y, sobre todo, la exclusividad de la via lógico-racional para el abordaje de los problemas. El texto de Pauwels y Bergier reivindica otras “vias” de conocimiento: cierto auxilio del misticismo, y la propuesta de caminos “transversales” al habitual (lógico-racional).

Argumenta -y algo de razon no le falta- que una defensa demasiado marcada del paradigma cientifico del momento impide ese ver más alla y acartona la Ciencia. Es lo que le sucedió a la Ciencia del XIX, convirtiéndose en una especie de Escolástica, un acartonamiento que excluía toda posibilidad de salirse del territorio marcado, sufriendo “excomunión” quienes lo hiciesen. Un dato peculiar apuntado por los autores: al siglo XIX le hubiese sido perfectamente posible en un sentido técnico construir el ingenio submarino de Piccard, pero “decidió” -y fue una decisión no tecnocientífica sino socialmente construida- que aquello era “imposible”. Decidió, igualmente, que volar -entre otras cosas- también era imposible. “Decidió” esto y lo otro, y muchas de esas “decisiones” fueron una construcción social, un acuerdo: una especie de temor a perjudicar un paradigma que de todos modos iba a saltar en pedazos en las primeras décadas del XX.

El libro nos habla también de Poincaré, quien tuvo en sus manos la posibilidad de ser Einstein, pero prefirió no serlo o no se atrevió. Optó por ceñirse a la “disciplina” tecnocientífica y social de su XIX.

Me parece claro, tras la lectura de El retorno de los Brujos, que hay que optar por una complementariedad entre los dos tipos de pensamiento: el lineal y el lateral. El lateral contribuye a hacer entrar en crisis los paradigmas, es el que posibilita la visión de más allá (más allá de lo “marcado” en ese momento, se entiende), el que permite salirse del camino lineal habitual que, llegado un punto, tal vez no conduzca ya a ningún sitio. El pensamiento lateral te lleva a un salto en el vacio, salto en ocasiones necesario, pero para hacerte ganar una nueva superficie. No puedes permanecer permanentemente en el vacio. Una vez recuperas pie, has de volver al pensamiento lineal, al lógico-racional habitual, sin el cual no puede haber Ciencia.

Enlazando con Kuhn, podríamos decir que el pensamiento lateral ayuda al cambio de paradigma o incluso es vital para tal cambio, pero que para la importantísima y cotidiana Ciencia normal, el pensamiento líneal y el método científico clásico continuan siendo las herramientas de elección.

Más ideas sugerentes del libro de Pauwels y Bergier: la historia de la humanidad está llena de pérdidas bibiliográficas tremebundas. Incendios, destrucciones, saqueos de bibliotecas. O simplemente infinidad de textos que no han llegado a nuestros dias. Sólo una pequeña parte -según los autores- del saber que la humanidad ha acumulado a lo largo de siglos y milenios desaparecidos ha llegado a nuestros dias. Así, tal vez la Alquimia sea el resto de un saber técnico refinadísimo -que quizá alcanzase cotas comparables al nuestra actual, léase incluso hitos como la fisión del átomo. La Alquimia: un resto de un saber técnico igual o superior al nuestro, insinúan los autores de El retorno de los Brujos, y no un simple misticismo pretécnico de la Ciencia Química moderna.

Capítulo aparte merece el amigo Horbiger, al que ya he aludido al comienzo de esta reseña. Horbiger fue un “intelectual” influyente durante el periodo nazi en Alemania. Según Pauwels y Bergier, uno de los acontecimientos culturalmente más alucinantes de nuestro siglo fue el abandono por parte de Alemania -territorio hasta entonces integradísimo en la modernidad decimonónica- de la Cosmovisión Occidental y su abrazo de un paradigma semimágico y de cosmogonías extrañisimas, divergentes del paradigma del resto de Europa. Y todo ello desarrollado a lo largo de poco más de una década, en los años centrales de un siglo tan incrédulo como el XX, y en un pais tan minuciosamente cartesiano como la Alemania prehitleriana.

 

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Pues bien, el tal Horbiger impulsó una serie de creencias referidas al pasado de la Tierra y del Hombre. Nos cuenta Horbiger: hubo una Humanidad Secundaria cuyos ecos recogió la Biblia al hablar de “gigantes” (había gigantes en la Tierra aquellos dias -dice el texto bíblico en algún lugar). Una especie precursora nuestra de tamaño gigantesco. Algún dia se encontraran fósiles del hombre secundario, según los seguidores de Horbiger.

No se han encontrado nunca esos fósiles. Por lo tanto, no se ha hallado nunca evidencia empírica alguna de la estrambótica teoria de Horbiger y de aquellos excéntricos intelectuales de la Alemania hitleriana, tan aficionados a lo oculto.

Cosa curiosa, no obstante: acabo de terminar El Retorno de los Brujos, y voy y me encuentro en la red con una serie de fotos, de las que recojo un par. Esqueletos fósiles de gigantes. Vaya por Dios. Los restos han sido presuntamente hallados en la India.

Las imágenes son un clarísimo trucaje, y no demasiado bueno. Manufactura Photoshop, y cutre. Pero me alegra asistir en vivo a un eficaz ejemplo del posible desarrollo -o revival- de una moderna mitología.

Sí, los brujos vuelven. Es que no se han ido nunca.

Solaris (Lem, 1961) / (Tarkovsky, 1971 - Soderbergh, 2002)

Mayo 31, 2007

(Post ya publicado y más bien “lírico”, pero dirigido a un tema si no científico, al menos fantacientífico)   

En torno a  Solaris. Libro (S. Lem, 1961) y película (Tarkovsky, 1971 y Soderbergh, 2002)

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A veces -muchas veces- me pongo a pensar en esa obra conjunta Lem-Tarkovsky que es Solaris. La obra conjunta de ese autor conjunto. El pack libro-película (Lem, 1961 / Tarkovsky, 1971), sin olvidarme del comentario a pie de página de 2002 del estimable, aunque algo romo, Soderbergh.

Solaris, el Planeta, el Océano; el Enigma. Una Inteligencia, una Sensibilidad, ¿una Crueldad? incomprensibles. También la Tierra es un enigma. Ella también “crea”, o pare de su seno, criaturas misteriosas: nosotros, y los autómatas biológicos que nos acompañan. Lo hace sin copiar de original alguno. Solaris recrea a partir de los originales, de los atormentados científicos que hollan su suelo.

Solaris es indescifrable, como es la Tierra y como lo es cualquier Mundo. Como lo es el Cosmos, con sus secretos sólo parcial y recientemente desmadejados. Los secretos. Así lo hemos percibido siempre, y transmutado en clave artística, en épocas pretécnicas. Hace milenios: La Biblia ese maravilloso conjunto de alegorías, ejercicio literario inagotable en el que se metaforizan nuestras antiguas y nunca del todo resueltas perplejidades. El libro de Job, la Zarza ardiendo. ¿Porqué, Dios, me haces esto? ¿Porque tan ciego, irracional, injusto? Porque soy el que soy -responde el Dios-, porque mis caminos son inescrutables. Por mucho que llegues o creas llegar a escrutarlos, en el futuro inconcebible. Por mucho que muerdas el árbol de la Ciencia, mis razones se te escaparán siempre. Lucharás por tu vida y por tu inteligencia y por tu orden y tu equilibrio, y un buen dia un azar fortuito acabará contigo, te borrará a tí y a tus desconciertos.

¿Cual es el sentido? Búscalo tú. Invéntatelo.

Nos hallamos en Solaris, como Kelvin. En un Planeta que escarba dentro de nosotros y nos desafía. Un Planeta-Zarza que arde. Al que se interroga y no responde o lo hace evasivamente. ¿Porqué nos haces esto, porque nos confrontas con lo mas profundo de nuestra (sub)Conciencia?. ¿Con nuestros dolores o nuestros sueños? ¿Porqué nos los colocas ante los ojos, cuando nos hemos pasado media vida tratando de desdibujarlos?

Eso que quereis desdibujar -hubiera podido murmurar el Planeta Consciente- sois vosotros mismos. Pues no sois otra cosa que vuestros sueños y vuestros deshechos. Aqui los teneis.

Plantadles cara.

SGL, 2007

En torno a la Science Fiction

Mayo 27, 2007

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Durante bastante tiempo he oído y leído acerca de lo problemático de la definición del género, de su acotación. ¿Qué es y qué no es Ciencia-Ficción?

Algunos consideran Ciencia Ficción, no ya a Cyrano de Bergerac o a Francis Godwin, si no que se remontan al mismísimo Luciano de Samosata (autor romano de los comienzos de nuestra era) con su célebre Historia Verdadera, en la que nos refiere un inverosímil trayecto a La Luna.

Otros, colocan el comienzo en Julio Verne y su novelística coquetona en la que se exalta la ciencia y sus desarrollos en un clima de alegría y de progreso, suerte de colocón positivista en clave literaria. (¡Ah Verne, Julio, incluso cuando Axel bordea la tragedia en el Viaje al Centro de la Tierra o cuando los océanos amenazan con sepultar definitivamente a los invitados forzosos del Nautilus en 20 000 leguas de viaje submarino, incluso en esos instantes límite, corretean por el texto el triunfo y la bienaventuranza!)

Hay quien situa el inicio de la SF con Mary W. Shelley, la adolescente increíblemente culta que entendía de Filosofía, Teología, Ciencia Natural, Derecho, Literatura, Historia, Mitología y no se cuantas cosas más (compárese con una teenager actual), volcándolas todas en su Frankenstein o el moderno Prometeo, volcando quizá también su amor por Shelley, ese amor que le llevó a compartir con él tantas lecturas y textos, ese amor intelectual y prohibido.

Algunos situan ahí el comienzo, sí. Ahí, con Mary, en 1818. Con el texto de la muchachita inglesa que resultó ser un mitóloga poderosísima, sólo superada por Freud entre los modernos, quizá algún otro, y por Hesíodo y los mitólogos antiguos. Y es que ella solita creó en un par de noches de insomnio y de recogimiento (¡es que fuera llovía, ay, y no podíamos salir a pasear por el lago, chica!)  algunos de los mitos tecnocientíficos más potentes de la modernidad y contemporaneidad.

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No falta quien ha visto Ciencia Ficción hasta en la Odisea, ya que en el texto homérico (aunque mi ya lejana lectura no lo recuerde) hay algún desarrollo supuestamente “técnico” que Ulises no comprende o que es indistinguible de la magia. O no se qué.

En fin. Es difícil de establecer un comienzo. Aunque yo me quedo con Mary y sus ensueños junto a las nieves y bajo las lluvias insistentes.

Resuelto -es un decir- el tema del comienzo del género- viene el tema de la delimitación, del acotamiento. Más peliagudo, si cabe ¿Qué es y qué no es SF? A ver. Hay quien dice que La Metamorfosis de Kafka es Ciencia Ficción. ¿Lo es?

No, no lo es. Como va a ser. En La Metamorfosis no hay ningún elemento tecnocientífico, ni aún tan sólo como decorado, como sucede en tantas obras (supuestas obras) del género. Hay en la narración de Kafka un suceso fantástico (eso sí, de enormes dimensiones): la conversión de un hombre en insecto. Un único suceso fantástico (en absoluto tecnocientífico) que irrumpe en un universo extemada, grisáceamente realista. De un realismo pasado por los filtros sombríos de Kafka, eso sí. Pero eso es todo. Un elemento fantástico de respeto. Ningún elemento tecnocientífico. No es ciencia ficción en absoluto. Es ficción fantástica. Este ejemplo es extrapolable a muchas otras obras que también acostumbran a incluirse en el género.

¿1984? Este sí que suele ser incluido, insistentemente. Vamos a ver. yo creo que en parte se incluye a este tipo de obras por el pedigrí literario, el lustre que aportan al género.¿Como va a ser desdeñable un género que incluyera a Orwell en sus créditos? No obstante, vuelvo a la argumentación anterior ¿donde están los elementos tecnocientíficos de 1984? En esta distopía (y ucronía) existen si acaso ciertos elementos tecnológicos decorativos: monitores de televisión diseminados por todo el planeta, que se te meten hasta en el cuarto de baño, y con su correspondiente fundamento técnico. Supongo que en 1948, año de redacción de la novela, ese entramado de pantallas podía tal vez considerarse una tecnología futurista, pero en cualquier caso, es tan sólo el decorado de la obra.

También ayuda a la novela de Orwell el hecho de colocarse en un futuro (1984) en relación al momento de su redacción (1948), pero dudo que tanto este elementeo como el anterior (el tímido decorado tecnológico) basten para considerar la obra como ficción científica.  

Creo que la clave para establecer un “criterio de demarcación” podría dárnosla tan sólo el colocar la lupa o lente de aumento sobre el nombre de la cosa: Science Fiction, es decir, ficción científica. Burdamente traducida al castellano (por algún enemigo del castellano) como Ciencia-Ficción.

Science Fiction. La Science (Ciencia) está adjetivando a la Fiction (Ficción, que es aqui el substantivo).  Es decir, estamos ante una Ficción en la que la Ciencia está definiendo su naturaleza, eso es todo. Con lo cual hemos de concluir que el texto ante el que se nos confronte será en mayor o menor medida Science Fiction en función de la mayor o menor presencia de la Ciencia (Science) y por extensión, de la TecnoCiencia en su desarrollo.

Quizá se me acuse de identificar entonces Science Fiction con Hard Science Fiction. No es exactamento eso, aunque admito que la cosa va por ahi. Para servidor, la más genuina Sci-Fi es justamente la Hard. Lo cual no quiere decir que expulse al resto de la Ciencia-Ficción. Pero  insisto: la clave es la partícula Science. En el fondo, el asunto es más bien sencillo.

¿Algunos ejemplos de Sci-Fi, tal y como yo lo veo, entonces? Muchos: Los Propios Dioses (1972, Isaac Asimov, maravilloso ejemplo de Ciencia convertida en literatura y en sueño y hasta en poesía); Semillas Estelares (1958, James Blish, para mi uno de los ejemplos señeros de lo que es Sci-Fi, en el sentido Fuerte); las novelas de Julio Verne, al menos las más tecnocientíficas (las escritas entre 1865 y 1872, en las que la ciencia y la técnica y su despliegue erudito son protagonistas); El Mundo Anillo (1970, Larry Niven); Fiasco (1987, Stanislaw Lem: durísima); las novelas de los Hard actuales, como Stephen Baxter o Gregory Benford…

Pero no soy un fundamentalista en mi definición o acotación. No soy como aquella muchachada friki que en la Convención de Ciencia Ficción del año 1971 -y según leí en la Wikipedia- gritaron al parecer enfadados, al paso de Larry Niven: ¡El mundo anillo es inestable, el mundo anillo es inestable! Niven escuchó aquellas y otras críticas y, contrito, publicó en 1979 Los Ingenieros del Mundo anillo, en las que intentaba despejar cualquier duda técnica referente a la estabilidad del mundo por él creado, en su novela de 1970. En fin. Estos muchachitos de la Convención sí que eran radicales. Veles a estos con la Odisea y con Polifemo, anda.

Yo no soy, ni mucho menos tan extremista en mis acotaciones, insisto.  Pero lo que tenía que decir, ahí queda.

¿La Literatura le habla -le ha hablado- a la Ciencia?

Mayo 27, 2007

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(publicado originalmente -en otra de mis bitácoras- el 15 de febrero de 2007)

En el marco de la asignatura de doctorado Los Públicos de la Ciencia, de Agustí Nieto-Galán, y ahondando en las relaciones entre Ciencia y Literatura/Cine (estos últimos como ventanas de representación de la Ciencia y su imagen, vehículos de comunicación científica al público, en suma) tomé por primera vez conciencia de la posible (por mínima que sea) influencia de la Literatura en la construcción de Ciencia, en el tráfico de ideas científicas y su desarrollo. La siguiente es la trascripción de un fragmento de mi ensayo para la asignatura, el que se ocupa de ese tema:

Bidireccionalidad. A veces, La Literatura habla y la Ciencia escucha

En el marco de la relación Ciencia/Públicos y de los entrelazamientos Ciencia/literatura o Ciencia/Cine, hemos de insistir en la circularidad de esa relación, en su bidireccionalidad, en el hecho de que se trata de un diálogo en que los interlocutores se alternan en el uso de la palabra y se influyen mutuamente, y en ocasiones, incluso se intercambian los asientos. A este respecto, recordemos que, no solamente la Ciencia se ha constituido en material literario y ha nutrido a la literatura y a la ficción. Es posible también defender que la propia Ciencia ha bebido en ocasiones de la literatura.

Algunos ejemplos, que seguramente alguien encontrará discutibles, pero que ahi están como ejemplo del diálogo de disciplinas. Según se asegura en varias páginas internáuticas -no se hasta que punto está contrastado académicamente este dato, paro da igual: las páginas son de Alberto Rojo y Basilio Kotsias (ver bibliografía). Francesco Redi llevó a cabo los experimentos en los que cuestionaba la generación espontánea (aunque esta experimentaría un revival tras el descubrimiento de los microorganismos, antes de ser definitivamente tumbada por Pasteur) tras la lectura de un pasaje de la Iliada, en la que se cubre un cadáver, para que no esté expuesto a gusanos y otros organismos, responsables de su podredumbre.

Parece ser también que a la paradoja de Olbers (esto es, ¿porqué el cielo nocturno no es brillante, siendo el espacio y el número de estrellas es infinito?) le fue propuesta una posible solución por Edgar Allan Poe, en Eureka. Y las ramificaciones de los universos fueron apuntadas en primer lugar por Jorge Luis Borges en el Jardín de los Senderos que se bifurcan (Ficciones, 1942) antes que Everett, que lo propuso desde el púlpito científico en los años 50. Parece ser, también, que el primero que apuntó el término y el concepto de Warmhole (agujero de gusano) para los trayectos interestelares fue el científico y divulgador Carl Sagan en su incusión a la CienciaFicción de 1985, Contact. (De nuevo, ver bibliografia: web de A. Rojo.)

(…)

¿En efecto tomó Redi su idea de la Iliada? Los otros casos mencionados ¿son verídicos, influyeron efectivamente en el circuito de las ideas científicas? Creo que aqui hay un campo fascinante y poco estudiado (al contrario del otro sentido de las relaciones Ciencia/Literatura-Cine: ya sabemos que la Ciencia influye en los dos últimos): esto es, influye la Literatura o el Cine en la construcción de la Ciencia o de la medicina, aunque sea aportando tenues ideas o nociones? ¿Los experimentos de Redi partieron efectivamente de esa fuente primaria, la Iliada?

Aqui hay material no sólo para la tesina y para conversar entre amigos sino hasta para una tesis doctoral. Pero, tal como comenté a mi colega Miquel Terreu (que me escuchó con escepticismo) ¿que ocurre si en el curso de mi investigación, se desmorona mi endeble conjetura, la de la influencia de esas formas artísticas tan populares en la construcción del edificio científico?

Bueno, no deja de ser una idea. Un hilo de donde tirar. A ver si hay algo al otro lado. Y si no, pues a otra cosa. Por lo pronto la semana que viene iré (balbuceante, tembloroso) al despacho de Agustí o de Álvar (Martínez Vidal), a exponerles la -tal vez banal y absurda- ocurrencia.

SGL, Febrero, 2007