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Literatura y TecnoCiencia, a cara de perro.

Julio 5, 2007

 

En 1959, C. P. Snow pronunció una conferencia que andando el tiempo habría de hacerse célebre: The Two Cultures (las dos Culturas). En ella, Snow (antiguo físico y nuevo novelista de cierto éxito) declaró prolijamente su desconcierto ante la existencia en Inglaterra y en todo Occidente de una divisoria cada dia más marcada entre dos mundos intelectuales: el de los científicos y el de los humanistas. A lo largo de la conferencia, el físico-novelista abundó en la realidad de esa separación y aún hostilidad entre los dos mundos, las dos culturas.

De un lado -argumentaba Snow- teníamos el universo tecnocientífico, el de científicos e ingenieros. Retraido, frio. Ignorante por completo (a juicio de sus contrarios, los humanistas) de los más insignificantes rudimentos literarios. Bastante prepotente. Seguro de representar el futuro, de llevar ese “futuro en los huesos”. Desdeñoso hacia la cultura humanista y clásica, o indiferente. Si acaso la saluda (según Snow) con una inclinación de cabeza, vagamente amable. Un mundo -el de los científicos-, una cultura, nada leída, o casi nada. Aunque alguno de sus representantes murmure -con algo de incomodidad- haberlo intentado en alguna ocasión con Dickens.

Del otro lado: los humanistas, que Snow identifica esencialmente con los intelectuales literarios. Adoran las grandes obras de la Literatura, en esas obras enormes está contenido el género humano, sus actos y motivaciones, toda su complejidad. El mundo y sus problemas, y todas las indagaciones imaginables en torno a ellos. En esas obras, en esos desarrollos ficcionales está todo. Todo ahí puede hallarse. El crítico debe escarbar en ese grano y entregarle al mundo sus hallazgos. Esas humanas razones que van más allá del frio cálculo, y de la reducción de la vida a engranajes y mecanismos. Las razones que la razón no entiende. Pero estos intelectuales exquisitos y literarios no tenían ni idea -según el conferenciante- acerca de en qué consistía la Segunda Ley de la Termodinámica, ley de “sombría belleza”, que acaba troceándonos a todos; e incluso respondían -esos intelectuales- agriamente cuando se les preguntaba acerca de la diferencia entre velocidad y aceleración. Esa ignorancia no les preocupaba, ni la consideraban ignorancia.

Snow abogaba por un entendimiento entre esos dos universos tan desdeñosos el uno para con el otro, tan distantes. La TecnoCiencia en verdad era el futuro -y eso lo decía Snow tras Hiroshima, desacomplejadamente. Era y es el futuro, sí. Una cosa no quita la otra. La Sociedad industrial y más tarde Postindustrial creaba un orden mejor -por muchos que hubiesen sido y fuesen todavía sus abusos- que el antiguo y calamitoso orden agrario preindustrial, ese que tanto exaltaban no pocos de los intelectuales literarios, tan adoradores de Dickens y sus criaturas, sacudidas por la irrupción industrial y tecnocientífica de la Inglaterra de las décadas iniciales del XIX.

Snow quiso catalizar un debate. Lo logró. Y no sólo un debate o debates. Sufrió -tras su conferencia- una durísima crítica ad hominem por parte de un destacado crítico literario: F. R. Leavis, profesor y erudito en Cambridge. Leavis descalificó a Snow como novelista (si bien no es un novelista, matizó, no llega a eso) y también como científico. La andanada de Leavis contra Snow llevó a los editores del primero a pedir permiso al segundo antes de publicar el escrito del viejo profesor, y persuadir a Snow de que no emprendiese acciones legales, caso de que este hubiese pensado en hacerlo.

Puedo comprender a Leavis, a pesar de todo. A pesar de lo desmedido, de lo exagerado de su crítica. En Inglaterra, la Literatura es sagrada, o lo fue durante muchos años. Se leía a Dickens o a Thackeray como los Evangelios, como un torrente sapiencial. En la Isla de Shakespeare, la Literatura, su crítica y exégesis, era como la Sociología en Francia, o la Historia en Alemania. Una disciplina abarcadora, totalizante de los asuntos de hombres y mujeres. Para Leavis, el verdadero conocimiento estaba en las indagaciones poéticas en torno a los grandes temas humanos, esas indagaciones de los novelistas excelsos.

Pero me quedo con Snow. Con todas las matizaciones necesarias. Ambos mundos (el literario y el tecnocientífico) son complementarios. Modos de indagación no excluyentes. Como el pensamiento lateral y el lineal. No todo en la vida ha de ser tecnociencia, ni el hombre ha de cosificarse; ni la civilización humana reducirse a un simple cálculo egoista -tal era quizá el temor de Leavis y la razón de fondo de su acerada crítica-; la literatura y las artes tienen un papel que cumplir. Han de llegar a donde no lo haga el frio cálculo.

No obstante, es el frio cálculo el que ha de marcar la pauta básica. El pensamiento positivo. La verdad de la naturaleza y del mundo. Porque hay una verdad, la verdad de los hechos verificables. La hay, aunque corran malos tiempos en este comienzo del XXI para la verdad y los hechos. Más allá está la interpretación de esos hechos, la ideología. Pero es la verdad -esa verdad positiva- la que ha de señalar el camino, la dirección.

No la literatura, ni la ideología, que han de ser solo revestimientos -importantes revestimientos, esenciales- de aquel esqueleto. El esqueleto de la verdad, de los hechos verificables.

Roma venció a Cartago, y no al revés. La verdad, los hechos. A partir de aquí, toda la literatura -y lo digo en el buen sentido- y toda la ideología que se quiera.

Me quedo con Snow. Y con las agrias correcciones -o con algunas- del refunfuñón, del Scrooge Leavis.

La TecnoCiencia: monstruo jurásico.

Junio 24, 2007

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En la tercera Encuesta Nacional sobre percepción social de la Ciencia y la Tecnología (año 2006), hay algunos datos interesantes. No es el menos interesante el siguiente: el porcentaje medio en España de quienes piensan que los beneficios de la TecnoCiencia superan a los perjuicios es de (sólo) el 45 %. Y en Cataluña, la cifra es aún menor: el 40 %.

O sea: que en Cataluña, no más allá de un raquítico 40% de los ciudadanos piensa que la TecnoCiencia ha sido positiva para el conjunto de la Sociedad.

¿Un 40%? Caray. Una de las conclusiones del informe es que la imagen social de la TecnoCiencia por parte de la Ciudadanía española es más bien favorable. Confrontado con el dato de ese insuficiente 40% catalán (45 % en el global de España) de percepción favorable del coste-beneficio de la Ciencia y la Tecnología, yo tengo mis dudas.

¿Porqué ese 40 % -centrándonos en el caso de Cataluña, territorio tecnológicamente algo más avanzado que la media española- no es al menos un 60-65 % ? ¿Porqué esa irreductible desconfianza hacia la Ciencia, hacia sus desarrollos y, si se me apura, hacia el mismo fundamento lógico-racional del conocimiento y del método científico?

Es un tema que da para mucho. De entrada diré que -en mi opinión- a las administraciones no les hace mucha gracia la generalización del método lógico-racional en los diferentes aspectos de la vida cotidiana. A publicistas, empresarios y gestores se les iban a complicar extraordinariamente las cosas, si tal método se generalizara en el dia a dia de la gente. Es más, creo que una de las razones de la formidable expansión -en las últimas décadas- de la nebulosa postmoderna, de la magufería, del pensamiento flácido, las mitologías de nuevo cuño y los revivals mágicoreligiosos que empiezan a sepultarnos, es justamente mantenernos en una cierta confusión que haga más fácil nuestra administración y control.

Volviendo al tema de la más bien negativa percepción social de los supuestos beneficios mayoritarios de la TecnoCiencia ¿Porqué -insistamos- ese tan bajo 40%?

La Tecnociencia en el sentido amplio -incluyendo claro está todo el cosmos de las Ciencias Biomédicas y sus desarrollos técnicos: farmacología, galénica y demás- te permite interesantes posibilidades. Ejemplos: quitarte en unos minutos un dolor de muelas devastador que en cualquier época anterior al siglo XX te hubiera llevado a abominar del conjunto del universo conocido; te elimina en un santiamén microorganismos  que en otro tiempo interrumpían definitivamente interesantes carreras poéticas o literarias; te ofrece comunicaciones instantáneas (textuales y audiovisuales) con los lugares más alejados; te ofrece también aproximaciones incluso físicas a esos lugares alejados. ¿Insisto, porqué ese raquítico 40%.?  

 ¿Por lo de Hiroshima? Quizá, aunque no lo creo. En los años 50 esa era sin duda la razón fundamental de la crecientemente sombría percepción popular de la TecnoCiencia. (Seguramente influyó también la serie B cinematográfica: Them! o las pelis japonesas de Godzilla). Pero 60 años más tarde, la opinión pública no sabe -en conjunto- ni donde queda Hiroshima. Y mucho menos lo que significó aquello en términos de impacto social de la Ciencia y sus desarrollos.

Si la gente tiene esa percepcion más bien negativa -o al menos no suficientemente positiva- de la TecnoCiencia no es desde luego por la consulta de fuentes (llamémosle) “primarias” (la lectura directa del Nature, verbigracia y la reflexión autónoma en torno a esa lectura directa), sino más bien por un excesivo crédito a las dudosísimas fuentes secundarias que son los desarrollos ficcionales (principalmente del cine y la TV) y los interesados filtrados informativos de los media -en especial los informativos de las televisiones abiertas generalistas -con esa predilección suya por los aspectos sombríos o potencialmente sombríos de la Tecnociencia.

El cine es causante principal. Un ejemplo de entre los muchos que podrían ponerse: en 1992 salta a los medios la conservación en ámbar de un insecto de una anterior era geológica. Ese insecto podría contener en su tubo digestivo pequeñas cantidades del líquido interno de algún gran reptil extinguido. Esto podría dar acceso al DNA del gran reptil, a la posibilidad de describir el genoma del animal desaparecido, de secuenciarlo.

Inmediatamente, (el a veces injustamente despreciado) Michael Crichton escribe Parque Jurásico; inmediatamente Steven Spielberg rueda Parque Jurásico. Inmediatamente (en el imaginario del gran público y gracias al tándem Crichton-Spielberg) la noticia de la conservación en ámbar del insecto antiquísimo pasa a convertirse en una aterradora posibilidad, una nueva amenaza sobre la humanidad, al estilo Them!. ¡Ojo que se nos echa encima el dinosaurio!.

Aqui están creo yo, las claves de la percepción -sino negativa, al menos no todo lo positiva que sería de desear: un exceso de editoriales negativas por parte del cine y los media, esos grandes educadores y lo digo sin ironía. Tantos que han llegado a oscurecer la innumerable calidad de vida que constantemente nos suministran la Ciencia y sus desarrollos tecnológicos.

En una ocasión me puse a escuchar una música excelsa por encima de las nubes: iba en avión. La ingeniería aeronáutica ha logrado hacerse lo suficientemente poética para colocarnos -en un sentido físico- por encima de las nubes. Y la tecnología de los minirreproductores de música te facilitan además la banda sonora. Ejemplos similares del entrelazamiento tecno-cultural podrían multiplicarse. No entiendo la insistencia en crear una divisoria que no existe. Y no entiendo tampoco la insistencia en atribuir maldades a uno de los términos de ese maravilloso binomio.

Sobre El Retorno de los Brujos (1960, L. Pauwels y J. Bergier)

Junio 2, 2007

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He pasado unos cuantos dias con la lectura (absorvente) de El Retorno de los Brujos (Le Matin des magiciens, Louis Pauwels- Jacques Bergier, 1960), clásico de lo que los autores en su momento llamaron Realismo fantástico, y pretendido texto fundacional. De ahí, de esa fuente o texto, ha derivado buena parte de la actual literatura centrada en la especulación pseudocientífica: antiquísimas civilizaciones que no dejaron ni rastro y que tal vez nos igualaron, visitantes de la Tierra, fenómenos parapsicológicos, etc.

Como texto “fundacional” que es, la lectura de El Retorno de los Brujos es apasionante. Como texto inaugurador de lo que más tarde iban a ser tópicos. Yo iba detrás del libro de Pauwels-Bergier desde hacía bastante tiempo, en concreto desde el momento en el que desde otro texto se me remitió a este Retorno de los Brujos, al hablárseme del visionario y charlatán Horbiger, personaje que tantos estragos causara en la cosmovisión de la Alemania de 1933-45. Pero ya me referiré a Horbiger en otro post porque el tipo se las trae.

La lectura de El Retorno de los Brujos es de esas que te arrebatan, lo cual no quiere decir que no haya que estar ojito avizor hacia sus exageraciones, sus especulaciones sin fundamento y la no poca charlatanería que hay en esas hojas. En el comienzo del libro, el duo Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-197 8) declara que su principal objetivo es que el lector pueda acabar el texto con un par o tres de ideas que le hagan “ver” más allá. Más allá del actual (1960, momento de la publicación) horizonte científico, sobre todo teniendo en cuenta que ese horizonte científico de la segunda mitad del XX ha sido producto de la crisis previa del horizonte del XIX, de un ver más allá, justamente. En cierto modo, El retorno de los Brujos es una sugerente invitación al ejercicio de lo que los psicólogos cognitivos llaman pensamiento lateral, creatividad, intuición. Apartarse en algún momento del pensamiento lineal habitual -imprescindible éste para apuntalar y acrecentar el edificio científico, eso sí- puede permitirnos “vislumbrar” un nuevo paradigma, por si el viejo ya no sirviese.

En mi opinión, el “objetivo” declarado de Pauwels-Bergier al comienzo de su texto -la de generarte unas cuantas ideas interesantes e invitarte a ejercer esa lateralidad- está perfectamente conseguido.

En esencia, el libro critica el “materialismo” conceptual clásico de la Ciencia contemporánea y, sobre todo, la exclusividad de la via lógico-racional para el abordaje de los problemas. El texto de Pauwels y Bergier reivindica otras “vias” de conocimiento: cierto auxilio del misticismo, y la propuesta de caminos “transversales” al habitual (lógico-racional).

Argumenta -y algo de razon no le falta- que una defensa demasiado marcada del paradigma cientifico del momento impide ese ver más alla y acartona la Ciencia. Es lo que le sucedió a la Ciencia del XIX, convirtiéndose en una especie de Escolástica, un acartonamiento que excluía toda posibilidad de salirse del territorio marcado, sufriendo “excomunión” quienes lo hiciesen. Un dato peculiar apuntado por los autores: al siglo XIX le hubiese sido perfectamente posible en un sentido técnico construir el ingenio submarino de Piccard, pero “decidió” -y fue una decisión no tecnocientífica sino socialmente construida- que aquello era “imposible”. Decidió, igualmente, que volar -entre otras cosas- también era imposible. “Decidió” esto y lo otro, y muchas de esas “decisiones” fueron una construcción social, un acuerdo: una especie de temor a perjudicar un paradigma que de todos modos iba a saltar en pedazos en las primeras décadas del XX.

El libro nos habla también de Poincaré, quien tuvo en sus manos la posibilidad de ser Einstein, pero prefirió no serlo o no se atrevió. Optó por ceñirse a la “disciplina” tecnocientífica y social de su XIX.

Me parece claro, tras la lectura de El retorno de los Brujos, que hay que optar por una complementariedad entre los dos tipos de pensamiento: el lineal y el lateral. El lateral contribuye a hacer entrar en crisis los paradigmas, es el que posibilita la visión de más allá (más allá de lo “marcado” en ese momento, se entiende), el que permite salirse del camino lineal habitual que, llegado un punto, tal vez no conduzca ya a ningún sitio. El pensamiento lateral te lleva a un salto en el vacio, salto en ocasiones necesario, pero para hacerte ganar una nueva superficie. No puedes permanecer permanentemente en el vacio. Una vez recuperas pie, has de volver al pensamiento lineal, al lógico-racional habitual, sin el cual no puede haber Ciencia.

Enlazando con Kuhn, podríamos decir que el pensamiento lateral ayuda al cambio de paradigma o incluso es vital para tal cambio, pero que para la importantísima y cotidiana Ciencia normal, el pensamiento líneal y el método científico clásico continuan siendo las herramientas de elección.

Más ideas sugerentes del libro de Pauwels y Bergier: la historia de la humanidad está llena de pérdidas bibiliográficas tremebundas. Incendios, destrucciones, saqueos de bibliotecas. O simplemente infinidad de textos que no han llegado a nuestros dias. Sólo una pequeña parte -según los autores- del saber que la humanidad ha acumulado a lo largo de siglos y milenios desaparecidos ha llegado a nuestros dias. Así, tal vez la Alquimia sea el resto de un saber técnico refinadísimo -que quizá alcanzase cotas comparables al nuestra actual, léase incluso hitos como la fisión del átomo. La Alquimia: un resto de un saber técnico igual o superior al nuestro, insinúan los autores de El retorno de los Brujos, y no un simple misticismo pretécnico de la Ciencia Química moderna.

Capítulo aparte merece el amigo Horbiger, al que ya he aludido al comienzo de esta reseña. Horbiger fue un “intelectual” influyente durante el periodo nazi en Alemania. Según Pauwels y Bergier, uno de los acontecimientos culturalmente más alucinantes de nuestro siglo fue el abandono por parte de Alemania -territorio hasta entonces integradísimo en la modernidad decimonónica- de la Cosmovisión Occidental y su abrazo de un paradigma semimágico y de cosmogonías extrañisimas, divergentes del paradigma del resto de Europa. Y todo ello desarrollado a lo largo de poco más de una década, en los años centrales de un siglo tan incrédulo como el XX, y en un pais tan minuciosamente cartesiano como la Alemania prehitleriana.

 

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Pues bien, el tal Horbiger impulsó una serie de creencias referidas al pasado de la Tierra y del Hombre. Nos cuenta Horbiger: hubo una Humanidad Secundaria cuyos ecos recogió la Biblia al hablar de “gigantes” (había gigantes en la Tierra aquellos dias -dice el texto bíblico en algún lugar). Una especie precursora nuestra de tamaño gigantesco. Algún dia se encontraran fósiles del hombre secundario, según los seguidores de Horbiger.

No se han encontrado nunca esos fósiles. Por lo tanto, no se ha hallado nunca evidencia empírica alguna de la estrambótica teoria de Horbiger y de aquellos excéntricos intelectuales de la Alemania hitleriana, tan aficionados a lo oculto.

Cosa curiosa, no obstante: acabo de terminar El Retorno de los Brujos, y voy y me encuentro en la red con una serie de fotos, de las que recojo un par. Esqueletos fósiles de gigantes. Vaya por Dios. Los restos han sido presuntamente hallados en la India.

Las imágenes son un clarísimo trucaje, y no demasiado bueno. Manufactura Photoshop, y cutre. Pero me alegra asistir en vivo a un eficaz ejemplo del posible desarrollo -o revival- de una moderna mitología.

Sí, los brujos vuelven. Es que no se han ido nunca.

Heisenberg y la bomba atómica alemana

Mayo 29, 2007

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Fragmentos de mi micro-ensayo Heisenberg y la bomba atómica alemana (2006) 

 (…) 

Heisenberg se dejó arrastrar por la marea nacionalsocialista, tal vez se dejó como tantos otros seducir por ese falso regeneracionismo que en la Alemania de Weimar, esa Alemania de la hiperinflación, de la humillación de Versalles y la incertidumbre política representaban los nazis y el indudable magnetismo de Hitler. Tan sólo un nacionalismo a prueba de bomba pudo llevar a Heisenberg a hacer oídos sordos y ojos ciegos a la cascada de expulsiones de tantos colegas suyos del mundo de la Física (y obviamente no sólo del mundo de la Física), el forzado exilio de todos ellos, incluso las acusaciones de judaizante caídas sobre él, la identificación de su Física o su modo de hacer Física como judía, su mecánica cuántica señalada y marcada, tal vez como una materia o disciplina o temática degenerada más, otra degeneración en la lista nazi. Heisenberg llegó incluso a sufrir la mordedura o un amago de mordedura por parte de la Bestia, pero al final, logró quedar a buenas con el Régimen y durante los años de la guerra de 1939-45 fue nombrado máximo responsable del Proyecto alemán de energía atómica.

Recuerdo una película de Costa-Gavras, Amén (2002), centrada en los turbios y deshonestos movimientos de autoconservación de la Iglesia Católica en relación al régimen hitleriano. Un sacerdote católico trasladado a Polonia a un campo de concentración espeta a un oficial científico nazi Estoy aqui por error!, a lo que el nazi replica con agresividad burlona ¡yo también estoy aqui por error!

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El nacionalismo, cierta ambivalencia moral, una atolondrada voluntad de regeneracionismo, en algunos o bastantes casos un mucho de cinismo y falta de escrúpulos, un no querer ver la realidad o hacía donde evolucionaba aquella locura arrastró a muchos hombres cultos (en el país más culto de Europa) a una situación que sólo podía llevarles en último término a despeñarse humana y moralmente. Heisenberg fue, como digo más arriba, simplemente uno de esos innumerables arrastrados. Él también hubiera podido gritar o espetar como el oficial de la película del director greco-francés que sólo un error lo había colocado allí, justo allí, en la cúspide del esfuerzo nuclear alemán. Un esfuerzo nuclear que podía colocar un inmenso poder de destrucción y de dominio en manos de un Poder que en lo más profundo de su yo, Heisenberg despreciaba. ¿Cómo puedo saberlo? Creo que no podía ser de otra manera. Vuelvo a mentar a Borges y su pequeño texto (incluido, sino recuerdo mal en Otras Inquisiciones, 1949) intitulado Anotación del 23 de mayo de 1944, y en la que el argentino declara su absoluta certidumbre -aunque quizá algo a toro pasado- de la inevitabilidad de la derrota del nazismo Los hombres pueden matar y ensangrentar por él, pero el nazismo es a la larga una imposibilidad mental y moral. Arriesgo una conjetura: Hitler desea ser derrotado. ¿Como iba a ignorar tal cosa alguien inteligente y complejo como Heisenberg, una mente sutilísima capaz de poner al descubierto probables y fundamentales rasgos del Universo, nociones que apuntalaban el nuevo edificio de la Física y también la imagen filosófica de la Naturaleza y del Hombre?

Heisenberg, por mucho que se moviese en la ambivalencia, creo que en esencia no quiso construir esa bomba. Más incierto es decidir si realmente hubiese podido construirla de haberse puesto a ello con decisión y energía y sin desdoblamientos ni escrúpulos morales de ningún tipo, embebido simplemente en nacionalismo y romanticismo sangriento. Más incierto es decidir por lo tanto si sus presuntas insuficiencias técnicas propias de un físico eminentemente teórico (unas insuficiencias técnicas que Goutsmit hizo extensibles a toda la comunidad científica alemana, a la par que insinuaciones de incompetencia) fueron las que dificultaron la elaboración del arma atómica.

(…) Heisenberg y Weizsäcker estaban al frente de uno de esos grupos. Kurt Diebner, físico del ejército estaba al frente de un grupo “rival”, que contaba con el decidido y firmísimo apoyo del físico nuclear experimental Walther Gerlach, este último muy seducido con la idea de construir un arma atómica (Rainer Karlsch, Hitler’s Bomb. Deutsche VerlagsAnstalt y New Light on Hitler’s Bomb, 2004, Karlsch-Walker). Parece claro, según Karlsch que aunque Heisenberg y su grupo experimentasen una cierta ambivalencia moral en relación a la construcción de la bomba e incluso más bien tendiesen a ralentizar los trabajos o incluso a frenarlos (en relación a la bomaba, no a otros ámbitos de la investigación nuclear, como el desarrollo de un reactor), no era el caso de los otros grupos que cohabitaban en la Alemania de aquel periodo, como es el caso -insisto- del de Diebner-Gerlach, que tenían claro su entusiasmo por llevar a buen puerto ese tema,y que no parecían sacudidos por los escrúpulos morales de Heisenberg o Weizsäcker. En efecto, todo apunta a que el grupo de Diebner (según el trabajo de Karlsch), que si bien tuvo al tanto a Heisenberg en cuanto a la experimentación sobre reactores o separación de isótopos, mantuvo a este al margen de toda información en lo referente al desarrollo del arma atómica. Incluso podría haber llegado realmente desarrollar una y hacerla explosionar en Turinga, afirmación audaz. En cualquier caso, todo lo anterior sólo se entiende -repito- si tenemos en mente la atomización de los equipos de trabajo científico-técnicos en la Alemania nazi.

Pero volvamos a Heisenberg y su gente. Weizsäcker tenía muy claro, al parecer, que el isótopo 235 e incluso el llamado elemento 94 (bautizado por los norteamericanos como Plutonio) eran fisionables y podían utilizarse en tecnología nuclear (para reactores e incluso armas). Weizsäcker llegó a proponer en fecha tan temprana como 1941 una solicitud de patente para una bomba atómica. Tal cosa ha sido revelada por documentación obtenida de archivos rusos que en parte procedía del Instituto Kaiser Wilhem de Berlín y que los soviéticos se llevaron a la URSS tras la guerra. En esos archivos se halló también el texto de una conferencia dada por Werner Heisenberg para el público general en 1942 en el que exponía el estado de las investigaciones nucleares y deslizaba alguna alusión al potencial de esas investigaciones en lo que al desarrollo de un arma se refiere, aunque es evidente que el interés de Heisenberg estaba ya muy mermado en relación al posible desarrollo del arma, tal vez por hallarse ya asediado por una indudable problemática moral, de la que tanto se ha hablado ya desde los años 50, desde Brighter than thousand suns. Pero es indudable, que por tópicas que sean e insuficientes para dar cuenta de la peripecia psicológica y emocional de Heisenberg durante la guerra, esa problemática existía en él y otros miembros de su grupo y determinaron el desarrollo -o la, entiendo yo- innegable ralentización del desarrollo- de la famosa bomba alemana.

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 El artículo de Meyenn nos recuerda que en 1992 se publicaron las transcripciones de las célebres conversaciones de los físicos alemanes (entre ellos Heisenber, Weizsäcker, Hahn, Gerlach, Diebner, Bagge,Harteck) recluidos en 1944 en Farm Hall, en Inglaterra, tras la rendición alemana. En ellas, en esas conversaciones que los científicos alemanes tuvieron entre ellos, parecía claro que estaban lejos de desarrollar la bomba y su sorpresa al enterarse del lanzamiento de la Bomba de Hiroshima y la evidencia de lo adelantado de las investigaciones angloamericanas parecía genuina. No obstante creo (a la luz de nuevo de la aportación de Karlsch, reveladora de la posible culminación del trabajo de Liebner) que algunos de esos físicos recluidos (el propio Diebner y también Gerlach, por ejemplo) tal vez hicieron un poco de comedia y quizá “seguían un poco la corriente” a Heisenberg y Weizsacker, por mucho que ninguno de ellos estuviese al tanto de que sus conversaciones de cautiverio eran grabadas por los británicos.

Esta historia del desarrollo de la bomba y el papel de los científicos alemanes en relación a ella ha coleado durante más de medio siglo. Mi tesis y conclusión se refieren por lo tanto tan sólo al estado actual del asunto (en especial tras la revelación del contenido de los archivos rusos y la aportación del historiador Rainer Karsch, repetidamente aludido en las líneas anteriores, y el artículo anterior de Meyenn). No es imposible que haya que reformular las conclusiones en el futuro, si nuevos archivos son abiertos y nueva documentación sale a la luz.

Repasemos parte de la trayectoria historicista del asunto, recorrida generosamente por Meyenn. Ahí leemos que, en 1947, el físico estadounidense de origen neerlandés Samuel Goutsmit publicó un informe basado en Alsos, investigación norteamericana que se ocupaba de rastrear el estado de los progresos nucleares nazis durante la guerra recientemente concluida y la posibilidad de que hubieran llegado a la puesta a punto de algo así como una bomba. Las conclusiones fueron negativas. No obstante, hay que tener en cuenta la profunda aversión de Goulsmit (físico exiliado a EEUU y cuyos padres murieron a manos del nazismo en un campo de concentración) hacia la cultura alemana (sin excluir a los judios alemanes) y su desconfianza hacia la excelencia o capacidad en líneas generales de la Ciencia alemana. Goutsmit se mostró convencido de que los alemanes ni se habían acercado a la posibilidad de tener un arma atómica en su poder, y también endosó a los físicos alemanes una clara acusación de incompetencia y de compromiso con un régimen criminal con el Hitleriano. Es decir, para Goutsmit los físicos alemanes además de incompetencia técnica, fueron moralmente indignos: perseguían la obtención del arma para colocarla en manos de Hitler, pero sencillamente fueron incapaces. Heisenberg, uno de los acusados, recriminó a Goutsmit una falta de visión objetiva en el tratamiento del asunto por una cuestión emocional y puramente humana.

No obstante, en 1956, Robert Jungk en Brighter than a Thousand suns ofreció al público una versión antitética a la inicial de Goutsmit: Heisenberg era un hombre inequívocamente comprometido con la paz y sus esfuerzos estuvieron orientados a frenar el desarrollo de la Bomba, algo que podía conducir a la Humanidad al apocalipsis. (…)