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Newton, a hombros de Hooke

Junio 5, 2007

Una de las frases más legendarias de la Historia de la Ciencia fue la pronunciada (escrita) por Isaac Newton (1642-1727) en una carta a Robert Hooke (1635-1703), hacia el año 1675. Newton se encontraba enzarzado con Hooke en polémicas epistolares acerca de la gravitación universal. Me hallo subido a hombros de Gigantes, había escrito aquel, en su carta. Hooke había alcanzado importantes conclusiones sobre la cuestión y se encontraba en pleno intercambio o competencia con Newton. No obstante, el futuro autor de los Principia superaba ampliamente a Hooke en genio matemático y si bien este último llegaría hacia 1678 a proponer la ley inversa del cuadrado, la verdad es que al final no le quedó más remedio que resignarse al futuro despliegue matemático de Newton y la acaparación por parte de éste de la gloria a ojos de los historiadores de la Ciencia. El drama del gran científico que fue Hooke fue compartir país y siglo (espacio-tiempo) con Isaac Newton.

Drama no sólo porque Newton fuese un científico de (aún) mayor envergadura que él, sino que en un plano humano el considerado fundador de la mecánica clásica no puede presentarse como ejemplo de impecabilidad ética. Newton no toleraba ver a nadie que destacase por encima suyo, y ya se encargaría él, Newton, de borrar sus huellas, si tal cosa sucedía. A fe que lo hizo. En especial con el pobre Hooke, luego de aceder a la presidencia de la Royal Society: no quedó allí ni el retrato de su antiguo corresponsal. Esto llevó a que los siglos siguientes infravalorasen y hasta ignorasen a Hooke.

Newton, dicho sea de paso era un buscapleitos y hasta un pelín chulopiscinas. Como director de la Casa de la Moneda no vaciló en enviar a la horca a un bonito número de falsificadores. No le temblaba el pulso, no, al amigo. Se enfadó también con el alemán Leibniz acerca de la paternidad del cálculo diferencial; esto llevo a una especie de guerra fria científica entre Inglaterra y Alemania. A lo largo de su vida, Newton sufrió graves desequilibrios nerviosos, se dice que a causa de sus experimentos (al)químicos o de una sobrecarga de trabajo o tal vez de la ruptura de ciertas relaciones. Yo creo que Newton era el típico personaje que va generando heridas y resentimiento en los otros, y al que puede aplicársele aquello tan nostrat del ja t´ho trobaras.

Una perla que lo demuestra, y que es el motivo de la presente nota o post: el comentario epistolar de Newton a Robert Hooke, lo de que marchaba a hombros de Gigantes. Se suponía que el comentario era un indicio -increíble tratándose de Newton- de modestía hacia sí mismo, de elegante autodisminución frente a Hooke, y que por Gigantes se refería tal vez a Keppler o a Descartes, cuyos libros había devorado ya en su juventud. Pauwels-Bergier en su reivindicación del misticismo El Retorno de los Brujos (1960) llegan a insinuar que con aquello de Gigantes, Newton se refería al enorme y perdido caudal de sabiduría al que él todavía tenía acceso en su XVII y nosotros, ya no.

Y Stephen Hawking ha titulado uno de sus libros justamente con la frase de Newton A hombros de Gigantes, libro en el que recoge las figuras de unos cuantos Giants de la Ciencia, entre ellos el propio Newton.

Bueno, pues nada de esto. El treintaañero Newton había escrito en su carta a Hooke Gigantes con letra mayúscula. Él iba, según escribía a hombros de Gigantes, y que por eso había llegado tan lejos. Pero no, no se refería a Descartes ni a su Geometría. Sino que era más bien -tal y como indica John Gribbin en su Historia de la Ciencia 1543-2001 (2002)- una chanza hacia la no demasiado elevada talla física (y, de acuerdo con el vacilón Newton, tampoco elevada talla intelectual) de Robert Hooke.

O sea que lo que le estaba diciendo al autor de la Micrografía era algo así como: si he llegado tan lejos, tal vez sea en parte debido a mis antecedentes intelectuales, entre los cuales ciertamente no te encuentras tú. Chavalín.

Vaya, vaya.

Newton: menudo pájaro

Heisenberg y la bomba atómica alemana

Mayo 29, 2007

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Fragmentos de mi micro-ensayo Heisenberg y la bomba atómica alemana (2006) 

 (…) 

Heisenberg se dejó arrastrar por la marea nacionalsocialista, tal vez se dejó como tantos otros seducir por ese falso regeneracionismo que en la Alemania de Weimar, esa Alemania de la hiperinflación, de la humillación de Versalles y la incertidumbre política representaban los nazis y el indudable magnetismo de Hitler. Tan sólo un nacionalismo a prueba de bomba pudo llevar a Heisenberg a hacer oídos sordos y ojos ciegos a la cascada de expulsiones de tantos colegas suyos del mundo de la Física (y obviamente no sólo del mundo de la Física), el forzado exilio de todos ellos, incluso las acusaciones de judaizante caídas sobre él, la identificación de su Física o su modo de hacer Física como judía, su mecánica cuántica señalada y marcada, tal vez como una materia o disciplina o temática degenerada más, otra degeneración en la lista nazi. Heisenberg llegó incluso a sufrir la mordedura o un amago de mordedura por parte de la Bestia, pero al final, logró quedar a buenas con el Régimen y durante los años de la guerra de 1939-45 fue nombrado máximo responsable del Proyecto alemán de energía atómica.

Recuerdo una película de Costa-Gavras, Amén (2002), centrada en los turbios y deshonestos movimientos de autoconservación de la Iglesia Católica en relación al régimen hitleriano. Un sacerdote católico trasladado a Polonia a un campo de concentración espeta a un oficial científico nazi Estoy aqui por error!, a lo que el nazi replica con agresividad burlona ¡yo también estoy aqui por error!

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El nacionalismo, cierta ambivalencia moral, una atolondrada voluntad de regeneracionismo, en algunos o bastantes casos un mucho de cinismo y falta de escrúpulos, un no querer ver la realidad o hacía donde evolucionaba aquella locura arrastró a muchos hombres cultos (en el país más culto de Europa) a una situación que sólo podía llevarles en último término a despeñarse humana y moralmente. Heisenberg fue, como digo más arriba, simplemente uno de esos innumerables arrastrados. Él también hubiera podido gritar o espetar como el oficial de la película del director greco-francés que sólo un error lo había colocado allí, justo allí, en la cúspide del esfuerzo nuclear alemán. Un esfuerzo nuclear que podía colocar un inmenso poder de destrucción y de dominio en manos de un Poder que en lo más profundo de su yo, Heisenberg despreciaba. ¿Cómo puedo saberlo? Creo que no podía ser de otra manera. Vuelvo a mentar a Borges y su pequeño texto (incluido, sino recuerdo mal en Otras Inquisiciones, 1949) intitulado Anotación del 23 de mayo de 1944, y en la que el argentino declara su absoluta certidumbre -aunque quizá algo a toro pasado- de la inevitabilidad de la derrota del nazismo Los hombres pueden matar y ensangrentar por él, pero el nazismo es a la larga una imposibilidad mental y moral. Arriesgo una conjetura: Hitler desea ser derrotado. ¿Como iba a ignorar tal cosa alguien inteligente y complejo como Heisenberg, una mente sutilísima capaz de poner al descubierto probables y fundamentales rasgos del Universo, nociones que apuntalaban el nuevo edificio de la Física y también la imagen filosófica de la Naturaleza y del Hombre?

Heisenberg, por mucho que se moviese en la ambivalencia, creo que en esencia no quiso construir esa bomba. Más incierto es decidir si realmente hubiese podido construirla de haberse puesto a ello con decisión y energía y sin desdoblamientos ni escrúpulos morales de ningún tipo, embebido simplemente en nacionalismo y romanticismo sangriento. Más incierto es decidir por lo tanto si sus presuntas insuficiencias técnicas propias de un físico eminentemente teórico (unas insuficiencias técnicas que Goutsmit hizo extensibles a toda la comunidad científica alemana, a la par que insinuaciones de incompetencia) fueron las que dificultaron la elaboración del arma atómica.

(…) Heisenberg y Weizsäcker estaban al frente de uno de esos grupos. Kurt Diebner, físico del ejército estaba al frente de un grupo “rival”, que contaba con el decidido y firmísimo apoyo del físico nuclear experimental Walther Gerlach, este último muy seducido con la idea de construir un arma atómica (Rainer Karlsch, Hitler’s Bomb. Deutsche VerlagsAnstalt y New Light on Hitler’s Bomb, 2004, Karlsch-Walker). Parece claro, según Karlsch que aunque Heisenberg y su grupo experimentasen una cierta ambivalencia moral en relación a la construcción de la bomba e incluso más bien tendiesen a ralentizar los trabajos o incluso a frenarlos (en relación a la bomaba, no a otros ámbitos de la investigación nuclear, como el desarrollo de un reactor), no era el caso de los otros grupos que cohabitaban en la Alemania de aquel periodo, como es el caso -insisto- del de Diebner-Gerlach, que tenían claro su entusiasmo por llevar a buen puerto ese tema,y que no parecían sacudidos por los escrúpulos morales de Heisenberg o Weizsäcker. En efecto, todo apunta a que el grupo de Diebner (según el trabajo de Karlsch), que si bien tuvo al tanto a Heisenberg en cuanto a la experimentación sobre reactores o separación de isótopos, mantuvo a este al margen de toda información en lo referente al desarrollo del arma atómica. Incluso podría haber llegado realmente desarrollar una y hacerla explosionar en Turinga, afirmación audaz. En cualquier caso, todo lo anterior sólo se entiende -repito- si tenemos en mente la atomización de los equipos de trabajo científico-técnicos en la Alemania nazi.

Pero volvamos a Heisenberg y su gente. Weizsäcker tenía muy claro, al parecer, que el isótopo 235 e incluso el llamado elemento 94 (bautizado por los norteamericanos como Plutonio) eran fisionables y podían utilizarse en tecnología nuclear (para reactores e incluso armas). Weizsäcker llegó a proponer en fecha tan temprana como 1941 una solicitud de patente para una bomba atómica. Tal cosa ha sido revelada por documentación obtenida de archivos rusos que en parte procedía del Instituto Kaiser Wilhem de Berlín y que los soviéticos se llevaron a la URSS tras la guerra. En esos archivos se halló también el texto de una conferencia dada por Werner Heisenberg para el público general en 1942 en el que exponía el estado de las investigaciones nucleares y deslizaba alguna alusión al potencial de esas investigaciones en lo que al desarrollo de un arma se refiere, aunque es evidente que el interés de Heisenberg estaba ya muy mermado en relación al posible desarrollo del arma, tal vez por hallarse ya asediado por una indudable problemática moral, de la que tanto se ha hablado ya desde los años 50, desde Brighter than thousand suns. Pero es indudable, que por tópicas que sean e insuficientes para dar cuenta de la peripecia psicológica y emocional de Heisenberg durante la guerra, esa problemática existía en él y otros miembros de su grupo y determinaron el desarrollo -o la, entiendo yo- innegable ralentización del desarrollo- de la famosa bomba alemana.

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 El artículo de Meyenn nos recuerda que en 1992 se publicaron las transcripciones de las célebres conversaciones de los físicos alemanes (entre ellos Heisenber, Weizsäcker, Hahn, Gerlach, Diebner, Bagge,Harteck) recluidos en 1944 en Farm Hall, en Inglaterra, tras la rendición alemana. En ellas, en esas conversaciones que los científicos alemanes tuvieron entre ellos, parecía claro que estaban lejos de desarrollar la bomba y su sorpresa al enterarse del lanzamiento de la Bomba de Hiroshima y la evidencia de lo adelantado de las investigaciones angloamericanas parecía genuina. No obstante creo (a la luz de nuevo de la aportación de Karlsch, reveladora de la posible culminación del trabajo de Liebner) que algunos de esos físicos recluidos (el propio Diebner y también Gerlach, por ejemplo) tal vez hicieron un poco de comedia y quizá “seguían un poco la corriente” a Heisenberg y Weizsacker, por mucho que ninguno de ellos estuviese al tanto de que sus conversaciones de cautiverio eran grabadas por los británicos.

Esta historia del desarrollo de la bomba y el papel de los científicos alemanes en relación a ella ha coleado durante más de medio siglo. Mi tesis y conclusión se refieren por lo tanto tan sólo al estado actual del asunto (en especial tras la revelación del contenido de los archivos rusos y la aportación del historiador Rainer Karsch, repetidamente aludido en las líneas anteriores, y el artículo anterior de Meyenn). No es imposible que haya que reformular las conclusiones en el futuro, si nuevos archivos son abiertos y nueva documentación sale a la luz.

Repasemos parte de la trayectoria historicista del asunto, recorrida generosamente por Meyenn. Ahí leemos que, en 1947, el físico estadounidense de origen neerlandés Samuel Goutsmit publicó un informe basado en Alsos, investigación norteamericana que se ocupaba de rastrear el estado de los progresos nucleares nazis durante la guerra recientemente concluida y la posibilidad de que hubieran llegado a la puesta a punto de algo así como una bomba. Las conclusiones fueron negativas. No obstante, hay que tener en cuenta la profunda aversión de Goulsmit (físico exiliado a EEUU y cuyos padres murieron a manos del nazismo en un campo de concentración) hacia la cultura alemana (sin excluir a los judios alemanes) y su desconfianza hacia la excelencia o capacidad en líneas generales de la Ciencia alemana. Goutsmit se mostró convencido de que los alemanes ni se habían acercado a la posibilidad de tener un arma atómica en su poder, y también endosó a los físicos alemanes una clara acusación de incompetencia y de compromiso con un régimen criminal con el Hitleriano. Es decir, para Goutsmit los físicos alemanes además de incompetencia técnica, fueron moralmente indignos: perseguían la obtención del arma para colocarla en manos de Hitler, pero sencillamente fueron incapaces. Heisenberg, uno de los acusados, recriminó a Goutsmit una falta de visión objetiva en el tratamiento del asunto por una cuestión emocional y puramente humana.

No obstante, en 1956, Robert Jungk en Brighter than a Thousand suns ofreció al público una versión antitética a la inicial de Goutsmit: Heisenberg era un hombre inequívocamente comprometido con la paz y sus esfuerzos estuvieron orientados a frenar el desarrollo de la Bomba, algo que podía conducir a la Humanidad al apocalipsis. (…)