Archivos de la categoría ‘La Ciencia en la Historia’

El Museo del Transporte de Glasgow

Agosto 17, 2007

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Por segundo año consecutivo visité el afamado festival de verano de Edimburgo. La meteorología escocesa fue más bien benévola conmigo y sólo llovió durante tres de mis dias allí. Aprovechando la relativa proximidad (79 km) de Glasgow, dejé que un autobús me colocara en la co-capital de Escocia. Me acompañó una de mis hermanas trasplantadas a la tierra de los Scots. En Glasgow, pude visitar uno de los museos más populares del Reino Unido o al menos de su trozo más septentrional: el Museo del Transporte.

Justo enfrente de la Kelvingrove Art Gallery, se alza el Kelvin Hall, levantado en 1927 y albergando el Museo del Transporte desde hace veinte años (1987). Con su medio millón de visitantes anuales, el Museo es uno de los más concurridos de la sobrecargada Gran Bretaña y vuelve loca a la chiquillería de Glasgow. Se disfruta mucho en familia. Los niños corretean por los pasillos con una mirada alucinada y extraña. Criaturas del XXI, nietos a motor.

En esos pasadizos y salas del Kelvin Hall vamos encontrándonos con todo tipo de automóviles y vehículos. Es una pinacoteca de la locomoción y el transporte, un templo al gran tótem de la sociedad occidental. Coches, furgonetas, autobuses, caravanas, trenes: cualquier cosa arrastrada por el motor de gasolina, aunque también recoge el museo vehículos de otra propulsión. El Museum of Transport es una especie de insistente homenaje a la gasolina. Pude ver un automóvil de 1898 que a primera vista diríase una especie de carruaje, pero horseless o sin caballos. Llevaba un incongruente volante, que presuponía un motor y la necesidad de combustible. Los caballos que impulsaban al todavía decimonónico ingenio no eran ya pues biológicos. El volante del extraño carruaje a motor estaba a la derecha, como todos los vehículos que han circulado en el Reino Unido en el último siglo y pico, y todos los representados en el museo. El volante a la derecha: la principal seña de identidad del UK.

El Museum of Transport es también una exaltación del automóvil escocés. Y de paso también una apología del industrioso River Clayde y de los Queen Mary o los Queen Elisabeth.

A un lado del edificio, una calle-decorado recreaba un ambiente de los años 30. Tres o cuatro coches de esa década o de la siguiente se alineaban en la falsa calle. El automóvil más reciente que pude ver en el Museum of Transport fue un aparatoso taxi de 1987, aunque no se si también lo es (el más reciente) de la colección. Encontré modelos de los 20’s de los 30´s de los 40´s. Todas las décadas estaban representadas, y la diferente y cambiante estética de los vehículos. Creo que en el automóvil podemos encontrar una vez más el entrelazamiento Tecnología-Cultura. Se trata de una tecnología con un diseño específico para cada década o tiempo, como cada década o tiempo tiene su música o su cine o su sociología.

El motor de explosión y los vehículos que ha propulsado a lo largo de los años forma parte no sólo de la historia de la Tecnología sino de la memoria del epiléptico siglo XX.

El Kelvin Hall y su contenido justifica él solito un viaje exclusivo a Glasgow. El museo me encantó, y no creo que nadie interesado en la historia de la Tecnociencia deba perdérselo

El blog del caballerito Darwin

Junio 14, 2007

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Una curiosa idea: convertir el diario del Beagle en blog. Y traducirlo.   

El caballero inglés Charles Darwin decidió a los 22 años enrolarse en el Beagle, velero británico que pretendía una expedición científica (geológica y zoológica) por los mares del mundo.

El desastroso Darwin, que prefería las juergas con su hermano Erasmus a los estudios de medicina que supuestamente seguía en Edimburgo, fue enviado por su padre sir Robert a Cambridge, para allí formarse como pastor protestante. Ya que no le iba lo de médico. La de pastor protestante era la ocupación respetable a la que un padre de clase alta y preocupado enviaba a su hijo, cuando este le salía más bien gamberro.

En Cambridge, y como en su época de fallido estudiante de medicina, Charles Darwin seguía más de cerca el mundo natural que su formación estrictamente académica.  Era su verdadero interés y era muy bueno en ello. El naturalista amateur captó la atención del académico JS Henslow, que lo propuso para ocupar una plaza científica en el Beagle.

Cinco años (1831-36) duró el pequeño viaje del caballerito dilettante. No era sólo un caballerito dilettante. No fue un pequeño viaje. Recorrió mares y océanos, puede decirse que dio la vuelta al mundo -vuelta parecida a la submarina del imaginario Aronnax, el médico aquel de Verne-, y fue en las Galápagos donde recopiló quizá la más valiosa de sus informaciones. Adentrándose en las islas, pues el caballerito se lo trabajaba y bien. Dedicándole seriedad y tiempo. El Beagle recorrió muchos parajes y en varios de ellos, Darwin se adentró tierra adentro. Recopiló, el dilettante. Recopiló mucho. Inicialmente como geólogo, más tarde como biólogo. Dilettante. Pero tenaz y genial.

El caballerito Darwin regresó a Inglaterra en 1836, tras los cinco años de trayectos con el Beagle. Publicó su diario, el de sus experiencias y observaciones a bordo, en 1837. El Diario del viaje del Beagle contribuyó a hacer de él una celebridad científica. En ese XIX, que habría de ser paradójicamente el siglo en el que la Ciencia se institucionalizaría y profesionalizaría definitivamente, hasta ese paroxismo de 1945 y la llegada de la Big Science. El final de la época de los caballeritos tipo Cavendish, o Darwin. Ociosos y acaudalados. Aunque quien sabe si por eso llegaron tan lejos.

Más de dos décadas pasaron entre 1836 y la fecha final (1859) de la publicación de El origen de las especies, obra magna de Darwin y acaso obra magna del conjunto de la Ciencia del XIX. Durante esas décadas, Darwin procesó sus observaciones sobre el terreno de los cinco años del Beagle y desarrolló no sólo una teoría de la evolución de las especies sino que supo dar -y describirlo con precisión- con el mecanismo de dicha evolución.

Darwin era un hombre religioso, escrupulosamente. Aunque no tanto como Emma, su esposa, escrupulosamente religiosa. Emma, que contemplaba con horror como a lo largo de esos veinte años Charles iba desmadejando una teoría que colisionaba fuertemente con los argumentos teológicos de la época. El Hombre, resultado de un proceso y un mecanismo evolutivo. El hombre, ápice de la Evolución -reflexionaba aterrado el que un dia se formara para pastor de la Iglesia de Inglaterra- Ápice, pero de una Evolución.

Fue como confesar un crimen - dijo Charles Darwin, devoto, ante las conclusiones a las que él y su libro llegaban. Pero la verdad hay que confesarla, amigo Charles. Y la Ciencia se construye con verdades, con hechos, por mucho que se sometan a constante verificación ellos o las hipótesis que apuntalan.

La controversia entorno a Darwin recorrió la segunda mitad del XIX y ha llegado -increíblemente- a nuestros dias. No hay ni un sólo biólogo serio que dude de la evolución y de las doctrinas de Darwin, al margen de que los mecanismos darwinianos haya habido que afinarlos a la luz de los nuevos datos y evidencias del último siglo y medio. Nada sabía de genes y de mutaciones a nivel molecular el autor de El Origen de las Especies, como se comprenderá. Pero el camino señalado por Darwin ahí sigue y nadie duda de lo acertado de su dirección.

En passant: Los antiguos creacionistas -hoy transmutados en vindicadores del diseño inteligente, esa nueva chorrada de nuestro siglo irracional- continúan, un siglo largo después, dando guerra.

En fin. Paciencia.

Newton, a hombros de Hooke

Junio 5, 2007

Una de las frases más legendarias de la Historia de la Ciencia fue la pronunciada (escrita) por Isaac Newton (1642-1727) en una carta a Robert Hooke (1635-1703), hacia el año 1675. Newton se encontraba enzarzado con Hooke en polémicas epistolares acerca de la gravitación universal. Me hallo subido a hombros de Gigantes, había escrito aquel, en su carta. Hooke había alcanzado importantes conclusiones sobre la cuestión y se encontraba en pleno intercambio o competencia con Newton. No obstante, el futuro autor de los Principia superaba ampliamente a Hooke en genio matemático y si bien este último llegaría hacia 1678 a proponer la ley inversa del cuadrado, la verdad es que al final no le quedó más remedio que resignarse al futuro despliegue matemático de Newton y la acaparación por parte de éste de la gloria a ojos de los historiadores de la Ciencia. El drama del gran científico que fue Hooke fue compartir país y siglo (espacio-tiempo) con Isaac Newton.

Drama no sólo porque Newton fuese un científico de (aún) mayor envergadura que él, sino que en un plano humano el considerado fundador de la mecánica clásica no puede presentarse como ejemplo de impecabilidad ética. Newton no toleraba ver a nadie que destacase por encima suyo, y ya se encargaría él, Newton, de borrar sus huellas, si tal cosa sucedía. A fe que lo hizo. En especial con el pobre Hooke, luego de aceder a la presidencia de la Royal Society: no quedó allí ni el retrato de su antiguo corresponsal. Esto llevó a que los siglos siguientes infravalorasen y hasta ignorasen a Hooke.

Newton, dicho sea de paso era un buscapleitos y hasta un pelín chulopiscinas. Como director de la Casa de la Moneda no vaciló en enviar a la horca a un bonito número de falsificadores. No le temblaba el pulso, no, al amigo. Se enfadó también con el alemán Leibniz acerca de la paternidad del cálculo diferencial; esto llevo a una especie de guerra fria científica entre Inglaterra y Alemania. A lo largo de su vida, Newton sufrió graves desequilibrios nerviosos, se dice que a causa de sus experimentos (al)químicos o de una sobrecarga de trabajo o tal vez de la ruptura de ciertas relaciones. Yo creo que Newton era el típico personaje que va generando heridas y resentimiento en los otros, y al que puede aplicársele aquello tan nostrat del ja t´ho trobaras.

Una perla que lo demuestra, y que es el motivo de la presente nota o post: el comentario epistolar de Newton a Robert Hooke, lo de que marchaba a hombros de Gigantes. Se suponía que el comentario era un indicio -increíble tratándose de Newton- de modestía hacia sí mismo, de elegante autodisminución frente a Hooke, y que por Gigantes se refería tal vez a Keppler o a Descartes, cuyos libros había devorado ya en su juventud. Pauwels-Bergier en su reivindicación del misticismo El Retorno de los Brujos (1960) llegan a insinuar que con aquello de Gigantes, Newton se refería al enorme y perdido caudal de sabiduría al que él todavía tenía acceso en su XVII y nosotros, ya no.

Y Stephen Hawking ha titulado uno de sus libros justamente con la frase de Newton A hombros de Gigantes, libro en el que recoge las figuras de unos cuantos Giants de la Ciencia, entre ellos el propio Newton.

Bueno, pues nada de esto. El treintaañero Newton había escrito en su carta a Hooke Gigantes con letra mayúscula. Él iba, según escribía a hombros de Gigantes, y que por eso había llegado tan lejos. Pero no, no se refería a Descartes ni a su Geometría. Sino que era más bien -tal y como indica John Gribbin en su Historia de la Ciencia 1543-2001 (2002)- una chanza hacia la no demasiado elevada talla física (y, de acuerdo con el vacilón Newton, tampoco elevada talla intelectual) de Robert Hooke.

O sea que lo que le estaba diciendo al autor de la Micrografía era algo así como: si he llegado tan lejos, tal vez sea en parte debido a mis antecedentes intelectuales, entre los cuales ciertamente no te encuentras tú. Chavalín.

Vaya, vaya.

Newton: menudo pájaro

Sobre El Retorno de los Brujos (1960, L. Pauwels y J. Bergier)

Junio 2, 2007

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He pasado unos cuantos dias con la lectura (absorvente) de El Retorno de los Brujos (Le Matin des magiciens, Louis Pauwels- Jacques Bergier, 1960), clásico de lo que los autores en su momento llamaron Realismo fantástico, y pretendido texto fundacional. De ahí, de esa fuente o texto, ha derivado buena parte de la actual literatura centrada en la especulación pseudocientífica: antiquísimas civilizaciones que no dejaron ni rastro y que tal vez nos igualaron, visitantes de la Tierra, fenómenos parapsicológicos, etc.

Como texto “fundacional” que es, la lectura de El Retorno de los Brujos es apasionante. Como texto inaugurador de lo que más tarde iban a ser tópicos. Yo iba detrás del libro de Pauwels-Bergier desde hacía bastante tiempo, en concreto desde el momento en el que desde otro texto se me remitió a este Retorno de los Brujos, al hablárseme del visionario y charlatán Horbiger, personaje que tantos estragos causara en la cosmovisión de la Alemania de 1933-45. Pero ya me referiré a Horbiger en otro post porque el tipo se las trae.

La lectura de El Retorno de los Brujos es de esas que te arrebatan, lo cual no quiere decir que no haya que estar ojito avizor hacia sus exageraciones, sus especulaciones sin fundamento y la no poca charlatanería que hay en esas hojas. En el comienzo del libro, el duo Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-197 8) declara que su principal objetivo es que el lector pueda acabar el texto con un par o tres de ideas que le hagan “ver” más allá. Más allá del actual (1960, momento de la publicación) horizonte científico, sobre todo teniendo en cuenta que ese horizonte científico de la segunda mitad del XX ha sido producto de la crisis previa del horizonte del XIX, de un ver más allá, justamente. En cierto modo, El retorno de los Brujos es una sugerente invitación al ejercicio de lo que los psicólogos cognitivos llaman pensamiento lateral, creatividad, intuición. Apartarse en algún momento del pensamiento lineal habitual -imprescindible éste para apuntalar y acrecentar el edificio científico, eso sí- puede permitirnos “vislumbrar” un nuevo paradigma, por si el viejo ya no sirviese.

En mi opinión, el “objetivo” declarado de Pauwels-Bergier al comienzo de su texto -la de generarte unas cuantas ideas interesantes e invitarte a ejercer esa lateralidad- está perfectamente conseguido.

En esencia, el libro critica el “materialismo” conceptual clásico de la Ciencia contemporánea y, sobre todo, la exclusividad de la via lógico-racional para el abordaje de los problemas. El texto de Pauwels y Bergier reivindica otras “vias” de conocimiento: cierto auxilio del misticismo, y la propuesta de caminos “transversales” al habitual (lógico-racional).

Argumenta -y algo de razon no le falta- que una defensa demasiado marcada del paradigma cientifico del momento impide ese ver más alla y acartona la Ciencia. Es lo que le sucedió a la Ciencia del XIX, convirtiéndose en una especie de Escolástica, un acartonamiento que excluía toda posibilidad de salirse del territorio marcado, sufriendo “excomunión” quienes lo hiciesen. Un dato peculiar apuntado por los autores: al siglo XIX le hubiese sido perfectamente posible en un sentido técnico construir el ingenio submarino de Piccard, pero “decidió” -y fue una decisión no tecnocientífica sino socialmente construida- que aquello era “imposible”. Decidió, igualmente, que volar -entre otras cosas- también era imposible. “Decidió” esto y lo otro, y muchas de esas “decisiones” fueron una construcción social, un acuerdo: una especie de temor a perjudicar un paradigma que de todos modos iba a saltar en pedazos en las primeras décadas del XX.

El libro nos habla también de Poincaré, quien tuvo en sus manos la posibilidad de ser Einstein, pero prefirió no serlo o no se atrevió. Optó por ceñirse a la “disciplina” tecnocientífica y social de su XIX.

Me parece claro, tras la lectura de El retorno de los Brujos, que hay que optar por una complementariedad entre los dos tipos de pensamiento: el lineal y el lateral. El lateral contribuye a hacer entrar en crisis los paradigmas, es el que posibilita la visión de más allá (más allá de lo “marcado” en ese momento, se entiende), el que permite salirse del camino lineal habitual que, llegado un punto, tal vez no conduzca ya a ningún sitio. El pensamiento lateral te lleva a un salto en el vacio, salto en ocasiones necesario, pero para hacerte ganar una nueva superficie. No puedes permanecer permanentemente en el vacio. Una vez recuperas pie, has de volver al pensamiento lineal, al lógico-racional habitual, sin el cual no puede haber Ciencia.

Enlazando con Kuhn, podríamos decir que el pensamiento lateral ayuda al cambio de paradigma o incluso es vital para tal cambio, pero que para la importantísima y cotidiana Ciencia normal, el pensamiento líneal y el método científico clásico continuan siendo las herramientas de elección.

Más ideas sugerentes del libro de Pauwels y Bergier: la historia de la humanidad está llena de pérdidas bibiliográficas tremebundas. Incendios, destrucciones, saqueos de bibliotecas. O simplemente infinidad de textos que no han llegado a nuestros dias. Sólo una pequeña parte -según los autores- del saber que la humanidad ha acumulado a lo largo de siglos y milenios desaparecidos ha llegado a nuestros dias. Así, tal vez la Alquimia sea el resto de un saber técnico refinadísimo -que quizá alcanzase cotas comparables al nuestra actual, léase incluso hitos como la fisión del átomo. La Alquimia: un resto de un saber técnico igual o superior al nuestro, insinúan los autores de El retorno de los Brujos, y no un simple misticismo pretécnico de la Ciencia Química moderna.

Capítulo aparte merece el amigo Horbiger, al que ya he aludido al comienzo de esta reseña. Horbiger fue un “intelectual” influyente durante el periodo nazi en Alemania. Según Pauwels y Bergier, uno de los acontecimientos culturalmente más alucinantes de nuestro siglo fue el abandono por parte de Alemania -territorio hasta entonces integradísimo en la modernidad decimonónica- de la Cosmovisión Occidental y su abrazo de un paradigma semimágico y de cosmogonías extrañisimas, divergentes del paradigma del resto de Europa. Y todo ello desarrollado a lo largo de poco más de una década, en los años centrales de un siglo tan incrédulo como el XX, y en un pais tan minuciosamente cartesiano como la Alemania prehitleriana.

 

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Pues bien, el tal Horbiger impulsó una serie de creencias referidas al pasado de la Tierra y del Hombre. Nos cuenta Horbiger: hubo una Humanidad Secundaria cuyos ecos recogió la Biblia al hablar de “gigantes” (había gigantes en la Tierra aquellos dias -dice el texto bíblico en algún lugar). Una especie precursora nuestra de tamaño gigantesco. Algún dia se encontraran fósiles del hombre secundario, según los seguidores de Horbiger.

No se han encontrado nunca esos fósiles. Por lo tanto, no se ha hallado nunca evidencia empírica alguna de la estrambótica teoria de Horbiger y de aquellos excéntricos intelectuales de la Alemania hitleriana, tan aficionados a lo oculto.

Cosa curiosa, no obstante: acabo de terminar El Retorno de los Brujos, y voy y me encuentro en la red con una serie de fotos, de las que recojo un par. Esqueletos fósiles de gigantes. Vaya por Dios. Los restos han sido presuntamente hallados en la India.

Las imágenes son un clarísimo trucaje, y no demasiado bueno. Manufactura Photoshop, y cutre. Pero me alegra asistir en vivo a un eficaz ejemplo del posible desarrollo -o revival- de una moderna mitología.

Sí, los brujos vuelven. Es que no se han ido nunca.

Roger Bacon (1214 - 1292), otro “monstruito”.

Mayo 31, 2007

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Examinando textos primarios y secundarios en torno a Roger Bacon (Ilchester,1214 - Oxford, 1292) , uno no puede menos de concluir que estamos ante otro de esos monstruos de Frankenstein (como Rousseau, Nietzsche, Junger, outsiders) que han recorrido puntualmente los siglos

Fue Bacon uno de los avanzados -quizá el primero y más importante- de la futura Ciencia Experimental y aquel método científico que no se abriría camino definitivamente hasta los siglos XVI y XVII.

Si bien Bacon no es un hombre ni mucho menos por completo desgajado de su época -la medieval- es evidente que no acaba de encajar ahí. Es uno de esos seres que no acaban de fluir con el resto de su Tiempo, ni ganas. Se encuentran en diálogo incansable con su siglo, y diálogo a menudo ceñudo, cuando no iracundo. A Francis Bacon se le atribuyen caricias verbales como por ejemplo yo con las obras de Aristóteles las quemaría, eso haría o bien Tomás de Aquino tiene el problema de que no ha ido suficientemente a la Escuela.

Lo primero, lo de Aristóteles, quizá fuese referido más bien a las versiones latinas adaptadas a su vez del árabe -que a su vez eran versiones, obviously, del griego. Muy diferente sería la valoración de Bacon de los textos originales, los del Estagirita o de cualquier otro, y no las desmañadas traducciones latinas. Y es que una de las cosas que cabreaban a base de bien a Francis Bacon era la insuficiencia en el conocimiento y dominio de lenguas clave para el estudio libresco y de la Biblia -fuente de conocimiento también para el protocientífico inglés-, lenguas como el griego, el árabe o el hebreo. Y para más inri, el manejo del latín, los skills de los eruditos del XIII en la primera lengua culta de aquel siglo, tampoco eran para tirar cohetes y el doctor mirabilis lo sabía y le molestaba.

En sus escritos, en los que abundan incursiones audaces en el terreno de la futura Ciencia Física -en especial en el campo de la óptica-, encontramos a un visionario tecnológico que anticipa a un Leonardo que no estaba destinado a nacer hasta dos siglos después. Pueden encontrarse especulaciones acerca de aparatos móviles por tierra y aire (aeroplanos) en sus textos.

Lo que está claro es que sobre todo en Inglaterra y gravitando en torno a París y Oxford -centros neurálgicos del saber de aquel XIII-, tenemos una serie de mentes (Bacon sería una, Guillermo de Ockam, otra, y alguna más hubo) que constituyeron una avanzadilla del método científico experimental, especie de brote científico en la todavía Alta (Altísima) Edad Media. No obstante, ese brote acabó en nada, en especial tras la muerte de Ockam, y la visión moderna de la ciencia natural iba a tardar todavía un par de centurias en abrirse paso.

Roger Bacon. Con Bacon tenemos aqui a otro friki del conocimiento, a otro seductor. Pero por genial que fuese y recorredor incansable de textos y de libracos en varias lenguas a parte del Latín (él conocía esas lenguas según él imprescindibles, pues predicaba con el ejemplo) y precursor intelectual y fustigador de luminarias, no podía -en realidad nadie puede- desincrustarse por completo de su época. Hay en él demasiado murga medieval, demasiada distorsión conceptual teológica.

Pero los fogonazos de genio, las anticipaciones científicas y técnicas, sus dibujitos y diagramas que parecen salidos de una época futura, hacen temblar al lector y al amigo de los enigmas.