Solaris (Lem, Tarkovsky)

Post de tono más bien “lírico” en torno a  Solaris, libro y película(s). La novela original de Stanislaw Lem es una de las cumbres del siglo XX en lo que se refiere a obras de gran altura artística e indagación de la “condición humana”, y al mismo tiempo con un potente trasfondo científico y técnico.

Muchas veces me pongo a pensar en esa obra conjunta Lem-Tarkovsky que es Solaris. La obra conjunta de ese autor conjunto. El pack libro-película (Lem, 1961 / Tarkovsky, 1971), sin olvidarme del comentario a pie de página de 2002 del estimable, aunque algo romo, Soderbergh.

Solaris, el Planeta, el Océano; el Enigma. Una Inteligencia, una Sensibilidad, ¿una Crueldad? incomprensibles. También la Tierra es un enigma. Ella también “crea”, o pare de su seno, criaturas misteriosas: nosotros, y los autómatas biológicos que nos acompañan. Lo hace sin copiar de original alguno. Solaris recrea a partir de los originales, de los atormentados científicos que hollan su suelo.

Solaris es indescifrable, como es la Tierra y como lo es cualquier Mundo. Como lo es el Cosmos, con sus secretos sólo parcial y recientemente desmadejados. Los secretos. Así lo hemos percibido siempre, y transmutado en clave artística, en épocas pretécnicas. Hace milenios: La Biblia ese maravilloso conjunto de alegorías, ejercicio literario inagotable en el que se metaforizan nuestras antiguas y nunca del todo resueltas perplejidades.

El libro de Job, la Zarza ardiendo. ¿Por qué, Dios, me haces esto? ¿Por qué tan ciego, irracional, injusto? Porque soy el que soy -responde el Dios-, porque mis caminos son inescrutables. Por mucho que llegues o creas llegar a escrutarlos, en el futuro inconcebible. Por mucho que muerdas el árbol de la Ciencia, mis razones se te escaparán siempre. Lucharás por tu vida y por tu inteligencia y por tu orden y tu equilibrio, y un buen dia un azar fortuito acabará contigo, te borrará a tí y a tus desconciertos.  ¿Cual es el sentido? Búscalo tú. Invéntatelo.

.

Nos hallamos en Solaris, como Kelvin. En un Planeta que escarba dentro de nosotros y nos desafía. Un Planeta-Zarza que arde. Al que se interroga y no responde o lo hace evasivamente. ¿Por qué nos confrontas con lo mas profundo de nuestra (sub)Conciencia, con nuestros dolores o nuestros sueños? ¿Por qué nos los colocas ante los ojos, cuando nos hemos pasado media vida tratando de desdibujarlos?

Eso que quereis desdibujar -hubiera podido murmurar el Planeta Consciente- sois vosotros mismos. Pues no sois otra cosa que vuestros sueños y vuestros deshechos. Aqui los tenéis. Plantadles cara.

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Asimov: Civilizaciones Extraterrestres (1979)

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Extraterrestres en el Living ©SG Leon

En torno a la obra divulgativa de Asimov Civilizaciones Extraterrestres: un enfoque racionalista del tema de la vida y la inteligencia extraterrestre.

El primer Asimov que leí no fue ninguna de sus celebradas obras de ciencia-ficción (que devoraría a lo largo de los años siguientes), no fue ningún tomo del ciclo de las Fundaciones, ni de los robots, ni del detective futurista Elías Baley: fue este interesantísimo y riguroso ensayo, publicado por vez primera en 1979, en una época todavía marcada por las hazañas aeroespaciales.

Este libro es todo un baño de racionalismo científico a un tema sobre el que han abundado con frecuencia la mistificacion, la patraña y la superchería. Que han abundado y que abundarán, al parecer. Y es que el siglo que se nos viene encima será, en opinión de muchos, una especie de Edad Media con supertecnología. Un medievo con teléfonos móviles. En efecto, a lo largo del XXI, habrá una curiosa convivencia entre la superstición y el rigor científico-técnico; entre el culto a lo sobrenatural y el creciente dominio de las leyes de la física; brujos, adivinadores, tarotistas y demás fauna compartirán siglo y época con físicos, genetistas, bioquímicos e ingenieros del más alto nivel. La informática doméstica, Internet, la telefonía móvil, los multicanales de televisión y toda la espléndida cacharrería tecnológica tendrán como principal utilidad la de vehicular toda la murga neomedieval.

El XXI será así un siglo peculiar, un siglo de extrañas cohabitaciones: una gran masa popular deslumbrada por brujos y magos catódicos compartiendo piso con una (comparativamente) pequeña élite profesional y culturalmente sofisticada. En lo que respecta al tema de la inteligencia extraterrestre, esta se asociará más a los OVNIS, a la ufología, o a gente como Antonio Ribera o Le Poer Trench que al programa SETI o a Carl Sagan. Por ello, el siglo que ahora empieza va a ser probablemente poco propicio para la clarificación popular del tema del Contacto. Y dejadme decir de paso que ese fascinante y rico género literario (mal) llamado ciencia-ficción continuará asociándose con batallitas galáctico-medievales y seguirá despreciado por la crítica literaria y por los enteradillos culteranos de café.

post-35030-12-Predictions-Isaac-Asimov-Ma-8HDZUn libro de  ciencia

Con este poco apetecible plato que nos van a poner sobre el mantel, la reedición y promoción de una obra tan lógica, racional y rigurosa como Civilizaciones Extraterrestres sería algo verdaderamente de aplaudir. Al igual que el resto de la obra divulgativa de Asimov. Y es que el bioquímico ruso-americano debería ser una bandera a agitar y enarbolar en el oscurantista siglo que acabamos de estrenar. Este claro y límpido enciclopedista dieciochesco extraviado en el turbulento e irracional (aunque muy científico) siglo XX, se nos va a hacer imprescindible en las tenebrosas e irrespirables décadas que se nos vienen encima. La reedición de la espléndida obra divulgativa de Asimov debería ser casi un deber moral para contribuir a ahuyentar a toda la horda de echadores de cartas, de simpáticos y gesticulantes brujos de madrugada, de enlutadas brujitas de escoba electrónica, de tele-tarotistas, de enviados de Dios en formato htm, de milagreros de banner. En esta Edad Media de cable y Banda Ancha que iniciamos, utilicemos pues, a Asimov como amuleto. Utilicemos sus límpidos y cristalinos libros como pata de conejo.

A estas alturas, inútil decir que Civilizaciones Extraterrestres no es un libro de Ufología. Es un libro de Ciencia. De Física, de Química. De Biología. Pero que nadie se espante. Porque Civilizaciones extraterrestres es, ante todo, un libro de reflexión, de lógica y de sentido común. De rigor científico. Un libro cuya línea de razonamiento, cualquier lector de mediana cultura (y de mediana curiosidad o de inquietud mediana) puede seguir perfectamente aunque no tenga ni papa de aquellas venerables disciplinas.

Bueno, venga. Vamos con el libro. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres?. Tremenda pregunta. Pudiera ser, desde luego, pero seguro que no envían una nave espacial (un ovni) para jugar al escondite con el género humano, para aterrizar en un campo de patatas y desaparecer y en general, todo ese extraño y desconcertante comportamiento que sugieren los entusiastas de la ufología. ¿Existen las civilizaciones extraterrestres? ¿Qué se necesita para que haya una civilización estraterrestre? Estas apasionantes y aterradoras preguntas (cuya respuesta cambiaría la percepción que la raza humana tiene de sí misma y de su situación en el mundo y en el cosmos) son el núcleo central de Civilizaciones extraterrestres.

Condiciones para la existencia de vida

Asimov empieza haciéndose varias preguntas ¿en qué consiste la vida? ¿Es posible una vida de silicio y no de carbono? ¿Qué exige la vida para su aparición, evolución y desarrollo? ¿Qué características ha de tener un planeta para ser incubador de vida, al igual que nuestra Tierra? ¿y la estrella en torno a la cual este planeta gira? A parte de la existencia de vida, ¿que condiciones son necesarias para que esa vida evolucione hacia la inteligencia y el dominio de la alta tecnología, tal y como ha sucedido en la Tierra? Asimov se va respondiendo a sí mismo utilizando como únicas herramientas la razón, la lógica y los actuales conocimientos científicos y astronómicos. Así, un planeta candidato a incubar vida debería ser de un tamaño similar a la Tierra, y estar formado de roca y metal (semejante por lo tanto a los planetas interiores o terrestres de nuestro sistema solar), debería poseer agua líquida y capacidad para retener una atmósfera. Para la aparición de la tecnología, quizá debería poseer continentes o tierras emergidas. A tal efecto, no serviría un planeta de tipo jupiterino, que es un bola gigante de gas y líquido. ¿Y cómo ha de ser la estrella en torno a la cual gira el planeta? Debería ser como nuestro Sol, nos dice Asimov, es decir una estrella de tamaño mediano. Y esto porque las estrellas de gran tamaño queman hidrógeno muy deprisa y abandonan en seguida su secuencia principal. La vida y su desarrollo es un proceso complejo y muy sofisticado que exige larguísimos periodos de tiempo, por ello es imprescindible que la estrella en torno a la cual gira el planeta candidato a albergar vida permanezca el tiempo suficiente en su secuencia principal.

203¿Y el tema de los viajes interestelares? Esto es, ¿qué hay sobre los requisitos para que ellos (la civilización extraterrestre) y nosotros entremos en contacto físico? Parece ser que unos y otros nos hallamos recluidos por las gigantescas distancias interestelares y el límite físico que impone la infranqueable barrera de la velocidad de la luz. ¿Y otras posibilidades de comunicación o de contacto?. Al elaborar sus respuestas, Asimov adopta un punto de vista conservador y cauteloso, pero aún así, resultaría que en buena lógica podría haber, sólo en nuestra Galaxia, centenares de millones de civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Pero entonces…¿dónde están?.¿Por qué no ha habido un contacto entre ellos y nosotros, al menos un contacto rigurosamente documentado, más allá de la manipulación y el sensacionalismo, tan cotidianos a lo largo del pasado siglo XX?. Esta es la gran pregunta.

Abordaje racional

El gran atractivo de este libro es que, aparte de abordar una cuestión siempre fascinante, lo hace desde la verdad y el rigor científico y eso hace que su valor sea doble. Porque algo que es fascinante y que es verdad nos turba más que algo que es solamente fascinante. El tema de la inteligencia extraterrestre brilla aún más al recibir la límpida luz de la razón y la ciencia y no la de la ufología, dudosa y trucada, como las fotografías en que se basa. Al fin y al cabo, ¿por que va a ser tan descabellada la idea de que existan planetas como la Tierra, y que en ellos se haya desarrollado la vida y la inteligencia y la cultura y la tecnología, del mismo modo que lo han hecho en el tercer planeta de la estrella a la que llamamos Sol?. ¿Y porque no soñar con un futuro Contacto como el de la novela de Carl Sagan?. Yo creo que en el futuro, si sigue adelante el programa SETI, este acabará dando sus frutos y se producirá ese anhelado Contacto.

En El futuro es un pais tranquilo, el último libro de Jose Manuel Sanchez-Ron, uno de los mejores historiadores de la Ciencia que tenemos en España, el autor imagina un Contacto hacia el año 7000. Quien sabe. Mientras tanto, y en espera de que llegue ese momento, el lector que quiera combinar la pasión por lo desconocido con el rigor del orden y la inteligencia, que lea Civilizaciones extraterrestres, en definitiva: que lea a Asimov. Que penetre en el mundo de este enciclopedista de la era espacial. De este bioquímico volteriano. De este Diderot de la Ciencia moderna.

En el mundo de quien, por decirlo con palabras de Sánchez-Ron, acercó como nadie la Ciencia a la Vida. 

(2001)

¿Podría haber una civilizacion en el sistema Gliese, en la constelacion de Libra?


Roger Bacon (1214 – 1292)

Examinando textos primarios y secundarios en torno a Roger Bacon (Ilchester,1214 – Oxford, 1292) , uno no puede menos de concluir que estamos ante otro de esos monstruos de Frankenstein (como Rousseau, Nietzsche, Junger, outsiders) que han recorrido puntualmente los siglos

Fue Bacon uno de los avanzados -quizá el primero y más importante- de la futura Ciencia Experimental y aquel método científico que no se abriría camino definitivamente hasta los siglos XVI y XVII.

Si bien Bacon no es un hombre ni mucho menos por completo desgajado de su época -la medieval- es evidente que no acaba de encajar ahí. Es uno de esos seres que no acaban de fluir con el resto de su Tiempo, ni ganas. Se encuentran en diálogo incansable con su siglo, y diálogo a menudo ceñudo, cuando no iracundo. A Roger Bacon se le atribuyen caricias verbales como por ejemplo yo con las obras de Aristóteles las quemaría, eso haría o bien Tomás de Aquino tiene el problema de que no ha ido suficientemente a la Escuela.

Lo primero, lo de Aristóteles, quizá fuese referido más bien a las versiones latinas adaptadas a su vez del árabe -que a su vez eran versiones, obviously, del griego. Muy diferente sería la valoración de Bacon de los textos originales, los del Estagirita o de cualquier otro, y no las desmañadas traducciones latinas. Y es que una de las cosas que cabreaban a base de bien a Roger Bacon era la insuficiencia en el conocimiento y dominio de lenguas clave para el estudio libresco y de la Biblia -fuente de conocimiento también para el protocientífico inglés-, lenguas como el griego, el árabe o el hebreo. Y para más inri, el manejo del latín, los skills de los eruditos del XIII en la primera lengua culta de aquel siglo, tampoco eran para tirar cohetes y el doctor mirabilis lo sabía y le molestaba.

Como salido de una época futura

En sus escritos, en los que abundan incursiones audaces en el terreno de la futura Ciencia Física -en especial en el campo de la óptica-, encontramos a un visionario tecnológico que anticipa a un Leonardo que no estaba destinado a nacer hasta dos siglos después. Pueden encontrarse especulaciones acerca de aparatos móviles por tierra y aire (aeroplanos) en sus textos.

Lo que está claro es que sobre todo en Inglaterra y gravitando en torno a París y Oxford -centros neurálgicos del saber de aquel XIII-, tenemos una serie de mentes (Bacon sería una, Guillermo de Ockam, otra, y alguna más hubo) que constituyeron una avanzadilla del método científico experimental, especie de brote científico en la todavía Alta (Altísima) Edad Media. No obstante, ese brote acabó en nada, en especial tras la muerte de Ockam, y la visión moderna de la ciencia natural iba a tardar todavía un par de centurias en abrirse paso.

Roger Bacon. Con Bacon tenemos aqui a otro friki del conocimiento, a otro seductor. Pero por genial que fuese y recorredor incansable de textos y de libracos en varias lenguas a parte del Latín (él conocía esas lenguas según él imprescindibles, pues predicaba con el ejemplo) y precursor intelectual y fustigador de luminarias, no podía -en realidad nadie puede- desincrustarse por completo de su época. Hay en él demasiado murga medieval, demasiada distorsión conceptual teológica.

Pero los fogonazos de genio, las anticipaciones científicas y técnicas, sus dibujitos y diagramas que parecen salidos de una época futura, hacen temblar al lector y al amigo de los enigmas.

Adrian Berry: Los próximos diez mil años

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(Una antigua reseña de 2001, ya publicada)

En torno al libro de Adrian Berry Los próximos 10.000 años (1973)

El título de este libro resulta algo visionario y sin duda va más allá que el propio contenido del texto, aparte de ser de una osadía insólita. El mundo actual es tan imprevisible y complejo, su evolución futura tan indescifrable, que no es fácil que nadie se atreva a hacer profecias no ya a diez mil años vista, sino tan siquiera a diez mil horas. Puede visualizarse, dentro de unos interesantes límites de probabilidad, la evolución del mundo de aquí al año 2050 o 2060, pero remontarse mucho más allá es un ejercicio que roza la frivolidad intelectual. No obstante, cuando se publicó Los próximos diez mil años corría el año 1973, y eran otros tiempos, tiempos arrogantes en el ámbito tecnológico y aeroespacial y de gran euforia respecto al porvenir inmediato y lejano. Era una época marcada por el entusiasmo de 1969, y que se sentía totalmente embalada hacia el futuro. Sólo en una época así podía aparecer un libro tan (racionalmente) visionario como este.

Siempre me he sentido atraido por el tema de la conquista del espacio y del futuro científico y tecnológico del Hombre. Desde que era adolescente, me sedujo el género de la ciencia ficción, la astronomía, la cosmología, las hazañas científico-tecnológicas y el remoto porvenir. Carl Sagan era uno de mis dioses. Devoré la serie Cosmos a cada pase televisivo y nunca dejó de fascinarme. Leí avidamente su Conexión cósmica, al igual que las obras divulgativas de Asimov. La pasión por estos temas, junto con la ciencia-ficción, fue lo que me llevó a la insólita decisión de matricularme en la Facultad de Química (carrera que muy poco después canjearía por el inacabable estudio de la Farmacia). No es sorprendente, con estos antecedentes, que un libro con un título como Los proximos diez mil años, un título que se remontaba de una manera tan vertiginosa desde nuestro triste y prehistórico tiempo, captase enseguida mi atención. Cuando lo vi un domingo en un tenderete del Mercado de San Antonio, aunque su estado no era demasiado bueno, mi apática mano voló hacia él.

Primeros setenta: éxtasis tecnológico

Los próximos diez mil años es uno de esos libros de divulgación científica que menudearon tanto en la década de los setenta, época como hemos dicho, de gran euforia tecnológica en el terreno aeroespacial. Y es que cuando apareció, hacia tan solo unos pocos meses que el último hombre en pisar la Luna había vuelto a casa. En efecto, en Diciembre de 1972, tuvo lugar la número XVII de las legendarias misiones Apolo, la última cuya tripulación puso pie en el satélite. Han pasado casi treinta años desde entonces y ningún otro ser humano ha vuelto a pisar aquella desolada y remota superficie, lo cual por si sólo indica que fue una proeza tecnológica cercana a lo increible. En sólo 15 años desde el inicio de la era espacial (en 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS), la humanidad había hecho realidad la alucinante fantasía de enviar varias misiones tripuladas a la Luna: el Apolo XI, el XII, el XIV, el XV, el XVI y el XVII (el Apolo XIII, como es sabido, tuvo un problema y no alunizó). Aquella fantasiosa literatura de Luciano, Cyrano, Godwin, Verne, Wells y tantos otros invadió al fin la aburrida realidad. El mono desnudo había logrado tocar la Luna tan sólo dos millones de años después de bajarse de los árboles y levantar hacia ella el rostro peludo y simiesco. La humanidad levitaba de éxtasis místico-tecnológico. Ante una hombrada de tal magnitud, cualquier empresa parecía posible en el futuro más inmediato, esto es, a lo largo de las siguiente décadas: viajes tripulados a Marte en la década de 1990, colonias permanentes o semipermanentes en la Luna para pasado mañana y otros logros futuristas. Continue reading “Adrian Berry: Los próximos diez mil años”

Heisenberg y la bomba atómica alemana

Whisky y Ciencia ©SGL

Fragmentos de mi ensayo Heisenberg y la bomba atómica alemana (2006)

(…)

Heisenberg se dejó arrastrar por la marea nacionalsocialista, tal vez se dejó como tantos otros seducir por ese falso regeneracionismo que en la Alemania de Weimar, esa Alemania de la hiperinflación, de la humillación de Versalles y la incertidumbre política, representaban los nazis y el indudable magnetismo de Hitler. Tan sólo un nacionalismo a prueba de bomba pudo llevar a Heisenberg a hacer oídos sordos y ojos ciegos a la cascada de expulsiones de tantos colegas suyos del mundo de la Física (y obviamente no sólo del mundo de la Física), el forzado exilio de todos ellos, incluso las acusaciones de judaizante caídas sobre él. La identificación de su Física o su modo de hacer Física como judía, su mecánica cuántica señalada y marcada, tal vez como una materia o disciplina o temática degenerada más, otra degeneración en la lista nazi. Heisenberg llegó incluso a sufrir la mordedura o un amago de mordedura por parte de la Bestia, pero al final, logró quedar a buenas con el Régimen y durante los años de la guerra de 1939-45 fue nombrado máximo responsable del Proyecto alemán de energía atómica.

Recuerdo una película de Costa-Gavras, Amén (2002), centrada en los turbios y deshonestos movimientos de autoconservación de la Iglesia Católica en relación al régimen hitleriano. Un sacerdote católico trasladado a Polonia a un campo de concentración espeta a un oficial científico nazi Estoy aqui por error! A lo que el nazi replica con agresividad burlona ¡yo también estoy aqui por error!

El nacionalismo, cierta ambivalencia moral, una atolondrada voluntad de regeneracionismo, en algunos o bastantes casos un mucho de cinismo y falta de escrúpulos, un no querer ver la realidad o hacía donde evolucionaba aquella locura, arrastró a muchos hombres cultos (en el país más culto de Europa) a una situación que sólo podía llevarles en último término a despeñarse humana y moralmente. Heisenberg fue, como digo más arriba, simplemente uno de esos innumerables arrastrados. Él también hubiera podido gritar o espetar, como el oficial de la película del director greco-francés, que sólo un error lo había colocado allí, justo allí, en la cúspide del esfuerzo nuclear alemán. Un esfuerzo nuclear que podía colocar un inmenso poder de destrucción y de dominio en manos de un Poder que en lo más profundo de su yo, Heisenberg despreciaba. ¿Cómo podemos saberlo? Creo que no podía ser de otra manera. Vuelvo a mentar a Borges y su pequeño texto (incluido, sino recuerdo mal en Otras Inquisiciones, 1949) intitulado Anotación del 23 de mayo de 1944, y en la que el argentino declara su absoluta certidumbre (aunque quizá algo a toro pasado) de la inevitabilidad de la derrota del nazismo: “Los hombres pueden matar y ensangrentar por él, pero el nazismo es a la larga una imposibilidad mental y moral. Arriesgo una conjetura: Hitler desea ser derrotado” ¿Cómo iba a ignorar tal cosa alguien inteligente y complejo como Heisenberg, una mente sutilísima capaz de poner al descubierto probables y fundamentales rasgos del Universo, nociones que apuntalaban el nuevo edificio de la Física y también la imagen filosófica de la Naturaleza y del Hombre?

Heisenberg, por mucho que se moviese en la ambivalencia, creo que en esencia no quiso construir esa bomba. Más incierto es decidir si realmente hubiese podido construirla de haberse puesto a ello con decisión y energía, y sin desdoblamientos ni escrúpulos morales de ningún tipo, embebido simplemente en nacionalismo y romanticismo sangriento. Más incierto es decidir por lo tanto si sus presuntas insuficiencias técnicas propias de un físico eminentemente teórico (unas insuficiencias técnicas que Goutsmit hizo extensibles a toda la comunidad científica alemana, a la par que insinuaciones de incompetencia) fueron las que dificultaron la elaboración del arma atómica.

(…)

98B-pic-heisenbergHeisenberg y Weizsäcker estaban al frente de uno de esos grupos. Kurt Diebner, físico del ejército estaba al frente de un grupo “rival”, que contaba con el decidido y firmísimo apoyo del físico nuclear experimental Walther Gerlach, este último muy seducido con la idea de construir un arma atómica (Rainer Karlsch, Hitler’s Bomb. Deutsche VerlagsAnstalt, 2005 y Karlsch-Walker, New Light on Hitler’s Bomb, 2004). Parece claro, según Karlsch, que aunque Heisenberg y su grupo experimentasen una cierta ambivalencia moral en relación a la construcción de la bomba e incluso más bien tendiesen a ralentizar los trabajos o incluso a frenarlos (en relación a la bomba, no a otros ámbitos de la investigación nuclear, como el desarrollo de un reactor), no era el caso de los otros grupos que cohabitaban en la Alemania de aquel periodo. Como es el caso -insisto- del de Diebner-Gerlach, que tenían claro su entusiasmo por llevar a buen puerto ese tema,y que no parecían sacudidos por los escrúpulos morales de Heisenberg o Weizsäcker. En efecto, todo apunta a que el grupo de Diebner (según el trabajo de Karlsch), que si bien tuvo al tanto a Heisenberg en cuanto a la experimentación sobre reactores o separación de isótopos, mantuvo a este al margen de toda información en lo referente al desarrollo del arma atómica. Incluso podría haber llegado realmente desarrollar una y hacerla explosionar en Turinga, afirmación audaz. En cualquier caso, todo lo anterior sólo se entiende -repito- si tenemos en mente la atomización de los equipos de trabajo científico-técnicos en la Alemania nazi.

Pero volvamos a Heisenberg y su gente. Weizsäcker tenía muy claro, al parecer, que el isótopo 235 e incluso el llamado elemento 94 (bautizado por los norteamericanos como Plutonio) eran fisionables y podían utilizarse en tecnología nuclear (para reactores e incluso armas). Weizsäcker llegó a proponer en fecha tan temprana como 1941 una solicitud de patente para una bomba atómica. Tal cosa ha sido revelada por documentación obtenida de archivos rusos que en parte procedía del Instituto Kaiser Wilhem de Berlín y que los soviéticos se llevaron a la URSS tras la guerra. En esos archivos se halló también el texto de una conferencia dada por Werner Heisenberg para el público general en 1942 en el que exponía el estado de las investigaciones nucleares y deslizaba alguna alusión al potencial de esas investigaciones en lo que al desarrollo de un arma se refiere, aunque es evidente que el interés de Heisenberg estaba ya muy mermado en relación al posible desarrollo del arma, tal vez por hallarse ya asediado por una indudable problemática moral, de la que tanto se ha hablado ya desde los años 50, desde Brighter than a Thousand Suns. Pero es indudable, que por tópicas que sean e insuficientes para dar cuenta de la peripecia psicológica y emocional de Heisenberg durante la guerra, esa problemática existía en él y otros miembros de su grupo y determinaron el desarrollo -o la, entiendo yo- innegable ralentización del desarrollo- de la famosa bomba alemana.

El artículo de Meyenn nos recuerda que en 1992 se publicaron las transcripciones de las célebres conversaciones de los físicos alemanes (entre ellos Heisenber, Weizsäcker, Hahn, Gerlach, Diebner, Bagge,Harteck) recluidos en 1944 en Farm Hall, en Inglaterra, tras la rendición alemana. En ellas, en esas conversaciones que los científicos alemanes tuvieron entre ellos, parecía claro que estaban lejos de desarrollar la bomba y su sorpresa al enterarse del lanzamiento de la Bomba de Hiroshima y la evidencia de lo adelantado de las investigaciones angloamericanas parecía genuina. No obstante creo (a la luz de nuevo de la aportación de Karlsch, reveladora de la posible culminación del trabajo de Liebner) que algunos de esos físicos recluidos (el propio Diebner y también Gerlach, por ejemplo) tal vez hicieron un poco de comedia y quizá “seguían un poco la corriente” a Heisenberg y Weizsacker, por mucho que ninguno de ellos estuviese al tanto de que sus conversaciones de cautiverio eran grabadas por los británicos.

Esta historia del desarrollo de la bomba y el papel de los científicos alemanes en relación a ella ha coleado durante más de medio siglo. Mi tesis y conclusión se refieren por lo tanto tan sólo al estado actual del asunto (en especial tras la revelación del contenido de los archivos rusos y la aportación del historiador Rainer Karsch, repetidamente aludido en las líneas anteriores, y el artículo anterior de Meyenn). No es imposible que haya que reformular las conclusiones en el futuro, si nuevos archivos son abiertos y nueva documentación sale a la luz.

1970 Brighter than a Thousand Suns - Robert JungkRepasemos parte de la trayectoria historicista del asunto, recorrida generosamente por Meyenn. Ahí leemos que, en 1947, el físico estadounidense de origen neerlandés Samuel Goutsmit publicó un informe basado en Alsos, investigación norteamericana que se ocupaba de rastrear el estado de los progresos nucleares nazis durante la guerra recientemente concluida y la posibilidad de que hubieran llegado a la puesta a punto de algo así como una bomba. Las conclusiones fueron negativas. No obstante, hay que tener en cuenta la profunda aversión de Goulsmit (físico exiliado a EEUU y cuyos padres murieron a manos del nazismo en un campo de concentración) hacia la cultura alemana (sin excluir a los judios alemanes) y su desconfianza hacia la excelencia o capacidad en líneas generales de la Ciencia alemana. Goutsmit se mostró convencido de que los alemanes ni se habían acercado a la posibilidad de tener un arma atómica en su poder, y también endosó a los físicos alemanes una clara acusación de incompetencia y de compromiso con un régimen criminal con el Hitleriano. Es decir, para Goutsmit los físicos alemanes además de incompetencia técnica, fueron moralmente indignos: perseguían la obtención del arma para colocarla en manos de Hitler, pero sencillamente fueron incapaces. Heisenberg, uno de los acusados, recriminó a Goutsmit una falta de visión objetiva en el tratamiento del asunto por una cuestión emocional y puramente humana.

No obstante, en 1956, Robert Jungk en Brighter than a Thousand Suns ofreció al público una versión antitética a la inicial de Goutsmit: Heisenberg era un hombre inequívocamente comprometido con la paz y sus esfuerzos estuvieron orientados a frenar el desarrollo de la Bomba, algo que podía conducir a la Humanidad al apocalipsis. (…)

En torno a los IRSS (inhibidores recaptación de serotonina)

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Los inhibidores de la recaptación de serotonina (IRSS) constituyeron la tercera ola de fármacos antidepresivos tras los IMAO (inhibidores de la MAO) y los tricíclicos. En su puesta a punto intervino ya el proceso de diseño racional de fármacos, en el que, entre otras cosas, se analiza la estructura de la molécula activa o fármaco asi como la del receptor celular sobre el cual ha de unirse aquel, estableciendo relaciones entre ambas estructuras y en torno a la estructura-actividad de dicho fármaco o molécula activa.

La fluoxetina fue puesta en el mercado en 1987 y ganó rápidamente popularidad. El Prozac fue su presentación más conocida y pasó a formar parte del folklore de la sociedad occidental, ávida de divinidades, que lo consideró desde entonces algo así como una droga mágica, la “droga de la felicidad”. Su nombre, Prozac, aparece en las conversaciones, chascarrillos varios y títulos de novelas y ensayos.

Pero todo lo que sube, baja, y ahora nos enfrentamos a un vigoroso movimiento crítico no sólo en contra de la fluoxetina, sino contra todos los IRSS. Por parte de ciertos sectores al menos, hemos pasado de una admiración incondicional hacia esa nueva “bala mágica” a ataques no pocas veces frívolos e infundados. Frente a los IRSS, se sugiere no sólo el Hypericum o Hierba de San Juan, que al fin y al cabo, al ser fitoterapia, sigue basándose en acciones farmacológicas de sus moléculas activas, que es de suponer que tiene, al margen de que dichos mecanismos esten más o menos descritos, como sí lo están (al menos hasta cierto punto) los mecanismos de acción de los IRSS; se sugiere, decimos, no sólo el Hypericum (fitoterapia) sino que al mismo tiempo se aprovecha también para endosarnos fraudes tipo flores de Bach, por ejemplo.

Es evidente que esos carísimos productos (flores de Bach) enmarcados en el paradigma homeopático no producen efectos colaterales como sí los producen desde luego los IRSS, los tricíclicos o los IMAO, pero (tornem-hi), el problema es que tampoco dan efectos primarios significativos, una vez nos saltamos el efecto placebo y la poderosíma autosugestión. Por cierto, al tema de la autosugestión pienso dedicarle también una entradilla, ya que su peso es enorme en el estudio clínico de los fármacos. La mente domina al cuerpo para bien o para mal (yo creo que para bien) y esto es necesario tenerlo nítidamente presente.

Fluoxetina

Sigamos con la fluoxetina. A esta droga de la felicidad, a este primer IRSS ampliamente divulgado, le siguieron otros del mismo grupo farmacológico. Estos fármacos inhiben la recaptación de Serotonina en los espacios sinápticos (especie de huecos entre las neuronas o unidades celulares del sistema nervioso) de suerte que aumentan la concentración de dicha substancia en esos espacios. Esto se traduce “macroscópicamente” con un aumento de la felicidad y el bienestar y, en consecuencia, con una remisión de la emoción depresiva. Todo aquello que aumenta la concentración de Serotonina aumenta nuestra felicidad. Tomar el sol, por ejemplo. O comer chocolate, según dicen algunos estudios. Cuando llega el sol, el buen tiempo y la primavera, todos hemos notado un incremento del estado de ánimo. (A mí ahora mismo, mientras escribo esto, me está entrando un solecito a través de la ventana que me está poniendo estupendo). De hecho, es la serotonina  la verdadera “droga” de la felicidad, y es una molécula generada internamente: la substancia exógena, la fluoxetina, sería un “mediador” de sus incrementos de nivel.

¿Cual es el “problema” con la fluoxetina o con cualquier otro fármaco antidepresivo y por extensión de cualquier otro fármaco? Sus efectos adversos, la posibilidad de farmacodependencia, y también, por qué no decirlo, su coste, que en algunas ocasiones es muy elevado, aunque se financien por la Seguridad Social. Dato este último que  -por muy antisistemas que juguemos a ser- debería invitarnos a “creer” al menos un poquito en su eficacia, seas o no farmacólogo. La administración -la española o la de cualquier otro país occidental- está obsesionada con ahorrarse dinero en costes sanitarios y no financiaría un medicamento o serie de medicamentos cuya eficacia no estuviese contrastada con el suficiente volumen de información clínica más o menos fidedigna. Digo yo.

Entonces, teniendo en cuenta los innegables efectos adversos (incluido el side effect económico, que no es moco de pavo): es necesario evaluar el coste-beneficio de la molécula. ¿la molécula me produce más efectos positivos que negativos, o al revés? ¿Eh?

En el primer caso, hay que tomarla. En el segundo no hay que tomarla. Voilà tout. Y para establecer ese balance con eficacia es necesario un mínimo de información clínica y no clínica en torno al fármaco y ahí deben dialogar regularmente médico y paciente.

Veamos. Consideremos el caso célebre de la fluoxetina. O de la Paroxetina (Seroxat, Motiván), otro IRSS de desarrollo más reciente. Las primeras semanas desde el comienzo de la toma el coste -beneficio es claramente desfavorable. Se manifiestan o pueden manifestarse los efectos adversos (algunos o todos) siguientes: nauseas, vómitos, hipotensión postural, variaciones de peso, ansiedad, insomnio, confusión, disfunción sexual (alteraciones del deseo sexual, alteraciones “mecánicas”, anorgasmia) y alguna otra. Estos efectos aparecen prácticamente desde el inicio de la toma, mientras que los efectos positivos (remisión de la depresión o de la ansiedad social -en el caso de la paroxetina- o del problema que se esté tratando) no se manifiestan hasta la tercera o cuarta semana. A partir de entonces, los efectos positivos -mejora del estado de ánimo- superan a los negativos, ya que el insomnio o la hipotensión etc, van a la baja o incluso prácticamente desaparecen. Hay que tener en cuenta sin embargo un punto importante: la disfunción sexual, si bien va a menos, puede mantenerse durante todo el tratamiento. Lo cual pone acento en el coste a la hora de evaluar el binomio propuesto, el del coste-beneficio.

Es decir, que si hacemos la evaluación coste-beneficio la semana 1 o la semana 2, probablemente encontraremos que el coste supera el beneficio. Esto podría llevarnos racionalmente a abandonar el tratamiento. Pero no corramos. A partir de la semana 4, se invierten los términos, y el beneficio supera al coste. A partir de esa semana 4, por lo tanto, la opción racional sería, en principio, la de continuar con el fármaco.

Disfunción sexual en el uso de IRSS

El tema de la disfución sexual: es complicado porque aunque parezca increíble en nuestros dias, el sexo sigue conservando no pocos aspectos propios del tabú que fue hasta los años 50 y 60. A muchos pacientes increíblemente les averguenza la disfunción sexual producida por el fármaco administrado (como si ellos fueran culpables del efecto farmacológico que les produce una substancia exógena) y no reportan dicho efecto adverso. Esto lleva a que los prospectos de los IRSS no subrayen de mananera significativa la disfunción sexual. No obstante, soto vocce, es uno de los efectos adversos más preocupantes del fármaco, para pacientes y prescriptores (por cierto no pocos de los segundos lo toman también, bastantes diría yo).

Considerando que puede haber maneras de corregir esa disfunción sexual que se da en muchos pacientes durante la toma (p.e. introducción de Sildenafilo (Viagra), cambio del IRSS al Ibupropión, introducción de ciertas fitoterapias que podrían ser de ayuda, etc), corresponde al binomio médico-paciente evaluar en todo momento (insisto) el balance coste-beneficio de la toma. Si el paciente tiene una depresión más bien aparatosa, quizá el coste de la disfunción sexual le sea asumible, si a cambio obtenemos beneficios claros en la mejora del estado de ánimo. Sobre todo si hemos de considerar que el tratamiento ha de tener una duración X en el tiempo, no indefinida, y que está prevista (o debería estarlo) su interrupción en el futuro. Si se trata en cambio de un trastorno leve del estado de ánimo, entonces podríamos llegar a la conclusión (evaluación coste-beneficio) de que nos podríamos pasar si el fármaco. Pero esto lo han de evaluar los interesados.

Uno de los peligros de la administración de IRSS, es la facilidad y rapidez con la que son prescritos. Creo que es un error basarlo todo en la fuerza bruta del fármaco. Considero que es importante que el psiquiatra trabaje en equipo con un psicólogo, y ambos aborden sinérgicamente el problema. Considero importantísimo aprovechar el efecto mejorador del estado de ánimo del paciente tras tomar el IRSS para que el psicólogo comience a intentar en él cambios cognitivos en su manera de pensar, autoobservarse y relacionarse con el mundo. Restructuración cognitiva. Cambios en la estructura del pensamiento. El problema con la terapia de reestructuración cognitiva es que, incluso si contamos con el IRSS como”catalizador” de cambios cognitivos, se trata de un proceso, de una evolución sostenida de duración indefinida, que exige “fe” y paciencia por parte del enfermo. Los cambios cognitivos han de verse apoyados por cambios conductuales. Si actuo y compruebo que mis ideas estaban equivocadas, entonces, es más problable que mi cambio cognitivo, mi cambio en la manera de pensar se afiance. Paralelamente, el esfuerzo cognitivo (especie de ducha racionalista y lógica) que hago puede facilitarme la acción. Ambos elementos (el cognitivo y conductual) se refuerzan y pueden llevar a una espiral de cambios espectaculares en el estado anímico y el comportamiento del individuo.

Aqui es donde tiene toda su razón de ser el IRSS. Como mínimo se convierte en un excelente catalizador de esos cambios cognitivo-conductuales. La dificultad viene de que, como decía antes, la prescripción del fármaco se haga burdamente, sin acompañarlo de estos cambios en la esfera psicológica. ¿Qué pasa entonces? Pues pasa que un dia dejamos de tomar el medicamento y el mundo se nos vuelve a caer encima.¿Porque no aprovechamos el fármaco para desarrollar una musculatura cognitiva y conductual propia que nos permita sostener el mundo por nosotros mismos?

El problema -uno de los muchos problemas de esta Sociedad- es su creciente exigencia de soluciones no sólo mágicas sino rápidas. Creo que si hacemos un enfoque serio de nuestros problemas y de los recursos que la Civilizacion TecnoCientífica pone en nuestras manos (sin milagrerías, ni expectativas desaforadas) tal vez nos irían mucho mejor las cosas.

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