Ciencia-ficción: intento de definición

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Durante bastante tiempo he oído y leído acerca de lo problemático de la definición del género, de su acotación. ¿Qué es y qué no es Ciencia-Ficción?

Algunos consideran Ciencia Ficción, no ya a Cyrano de Bergerac o a Francis Godwin, si no que se remontan al mismísimo Luciano de Samosata (autor romano de los comienzos de nuestra era) con su célebre Historia Verdadera, en la que nos refiere un inverosímil trayecto a La Luna.

Otros, colocan el comienzo en Julio Verne y su novelística coquetona en la que se exalta la ciencia y sus desarrollos en un clima de alegría y de progreso, suerte de colocón positivista en clave literaria. (¡Ah Verne, Julio, incluso cuando Axel bordea la tragedia en el Viaje al Centro de la Tierra o cuando los océanos amenazan con sepultar definitivamente a los invitados forzosos del Nautilus en 20 000 leguas de viaje submarino, incluso en esos instantes límite, corretean por el texto el triunfo y la bienaventuranza!)

Hay quien situa el inicio de la SF con Mary W. Shelley, la adolescente increíblemente culta que entendía de Filosofía, Teología, Ciencia Natural, Derecho, Literatura, Historia, Mitología y no se cuantas cosas más (compárese con una teenager actual), volcándolas todas en su Frankenstein o el moderno Prometeo, volcando quizá también su amor por Shelley, ese amor que le llevó a compartir con él tantas lecturas y textos, ese amor intelectual y prohibido.

Algunos situan ahí el comienzo, sí. Ahí, con Mary, en 1818. Con el texto de la muchachita inglesa que resultó ser un mitóloga poderosísima. Y es que ella solita creó en un par de noches de insomnio y de recogimiento (¡Es que fuera llovía, ay, y no podíamos salir a pasear por el lago, chica!)  algunos de los mitos tecnocientíficos más potentes de la modernidad y contemporaneidad.

No falta quien ha visto Ciencia Ficción hasta en la Odisea, ya que en el texto homérico (aunque mi ya lejana lectura no lo recuerde) hay algún desarrollo supuestamente “técnico” que Ulises no comprende o que es indistinguible de la magia. O no se qué.

En fin. Es difícil de establecer un comienzo. Aunque yo me quedo con Mary y sus ensueños junto a las nieves y bajo las lluvias insistentes.

Qué es y qué no es

“Resuelto”, digamos, el tema del comienzo del género, viene el tema de la delimitación, del acotamiento. Más peliagudo, si cabe ¿Qué es y qué no es SF? Veamos: hay quien dice que La Metamorfosis de Kafka es Ciencia Ficción. ¿Lo es?

No, no lo es. Cómo va a ser. En La Metamorfosis no hay ningún elemento tecnocientífico, ni aún tan sólo como decorado, como sucede en tantas obras (supuestas obras) del género. Hay en la narración de Kafka un suceso fantástico (eso sí, de enormes dimensiones): la conversión de un hombre en insecto. Un único suceso fantástico (en absoluto tecnocientífico) que irrumpe en un universo extemada, grisáceamente realista. De un realismo pasado por los filtros sombríos de Kafka, eso sí. Pero eso es todo. Un elemento fantástico de respeto. Ningún elemento tecnocientífico. No es ciencia ficción en absoluto. Es ficción fantástica. Este ejemplo es extrapolable a muchas otras obras que también acostumbran a incluirse en el género.

¿1984? Este sí que suele ser insistentemente incluido. Yo creo que en parte se incluye a este tipo de obras por el pedigrí literario, el lustre que aportan al género ¿Cómo va a ser desdeñable un género que incluyera a Orwell en sus créditos? No obstante, vuelvo a la argumentación anterior ¿donde están los elementos tecnocientíficos de 1984? En esta distopía (y ucronía) existen si acaso ciertos elementos tecnológicos decorativos: monitores de televisión diseminados por todo el planeta, que se te meten hasta en el cuarto de baño, y con su correspondiente fundamento técnico. Supongo que en 1948, año de redacción de la novela, ese entramado de pantallas podía tal vez considerarse una tecnología futurista, pero en cualquier caso, es tan sólo el decorado de la obra.

También ayuda a la novela de Orwell el hecho de colocarse en un futuro (1984) en relación al momento de su redacción (1948), pero dudo que tanto este elemento como el anterior (el tímido decorado tecnológico) basten para considerar la obra como ficción científica.

Creo que la clave para establecer un “criterio de demarcación” podría dárnosla tan sólo el colocar la lupa o lente de aumento sobre el nombre de la cosa: Science Fiction, es decir, ficción científica. Burdamente traducida al castellano (por algún enemigo del castellano) como Ciencia-Ficción.

Science Fiction. La Science (Ciencia) está adjetivando a la Fiction (Ficción, que es aqui el substantivo).  Es decir, estamos ante una Ficción en la que la Ciencia está definiendo su naturaleza, eso es todo. Con lo cual hemos de concluir que el texto ante el que se nos confronte será en mayor o menor medida Science Fiction en función de la mayor o menor presencia de la Ciencia (Science) y por extensión, de la TecnoCiencia en su desarrollo.

Quizá se me acuse de identificar entonces Science Fiction con Hard Science Fiction. No es exactamento eso, aunque admito que la cosa va por ahí. Para servidor, la más genuina Sci-Fi es justamente la Hard. Lo cual no quiere decir que expulse al resto de la Ciencia-Ficción. Pero  insisto: la clave es la partícula Science. En el fondo, el asunto es más bien sencillo.

¿Algunos ejemplos de Sci-Fi, tal y como yo lo veo, entonces? Muchos: Los Propios Dioses (1972, Isaac Asimov, maravilloso ejemplo de Ciencia convertida en literatura y en sueño y hasta en poesía); Semillas Estelares (1958, James Blish, para mi uno de los ejemplos señeros de lo que es Sci-Fi, en el sentido Fuerte); las novelas de Julio Verne, al menos las más tecnocientíficas (las escritas entre 1865 y 1872, en las que la ciencia y la técnica y su despliegue erudito son protagonistas); El Mundo Anillo (1970, Larry Niven); Fiasco (1987, Stanislaw Lem: durísima); las novelas de los Hard actuales, como Stephen Baxter o Gregory Benford…

Pero no soy un fundamentalista en mi definición o acotación. No soy como aquella muchachada friki que en la Convención de Ciencia Ficción del año 1971 (y según leí en Wikipedia) gritaron al parecer enfadados, al paso de Larry Niven: ¡El mundo anillo es inestable, el mundo anillo es inestable! Niven escuchó aquellas y otras críticas y, contrito, publicó en 1979 Los Ingenieros del Mundo anillo, en las que intentaba despejar cualquier duda técnica referente a la estabilidad del mundo por él creado, en su novela de 1970. En fin. Estos muchachitos de la Convención sí que eran radicales. Veles a estos con la Odisea y con Polifemo, anda.

Yo no soy, ni mucho menos tan extremista en mis acotaciones, insisto.  Pero lo que tenía que decir, ahí queda.

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