2001: Odisea del Espacio (1968), de Stanley Kubrick

(Reproduzco aqui un “viejo” texto escrito en el 2002, que publiqué en una de mis antiguas webs y que Alberto Estrada ha rescatado hace poco para Revista Plural )

Aprovechando una retrospectiva que sobre Stanley Kubrick llevó a cabo la Filmoteca de la Generalitat a principios del 2002, pude ver por primera vez en pantalla grande (tras varios visionados en pantalla pequeña) el inagotable clásico que me dispongo a comentar.

Decía Tsiolkovsky que la Tierra era la cuna de la humanidad, pero que no nos ibamos a pasar la vida en la cuna. Viendo ahora la película de Stanley Kubrick 2001 Una Odisea del Espacio y recordando las entusiásticas predicciones que existían en los años 60 respecto a la evolución de la conquista del espacio y la situación del hombre en el ámbito aeroespacial hacia el (entonces) futuro año 2001, lo primero que a uno se le ocurre es que el hombre se resiste a abandonar la cuna.

En 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de la ahora extinta URSS se inició la llamada Era Espacial; según este cómputo, por cierto, el año actual (2002) sería el 45 de dicha Era. Durante el resto de la década de los cincuenta y a lo largo de los sesenta y setenta, se harían enormes progresos en el ámbito aeroespacial: lanzamiento de satélites artificiales, astronautas en órbita en torno a la Tierra, envío de un buen número de sondas a otros planetas del sistema solar, tanto por parte de la URSS como de los EEUU….hasta llegar a ese clímax de 1969 que supuso la llegada a la Luna del Apolo XI de Neil Armstrong y compañía.

 

Durante la época del rodaje de 2001 (entre 1963 y 1968), muchos expertos estimaban que, teniendo en cuenta esos avances que se estaban logrando en aquel momento, para cuando llegase el 2001 no solamente se habría puesto pie en la Luna (esto al menos si que finalmente se consiguió) sino que ya existirían en ella colonias científicas permanentes o semi-permanentes, existiría la posibilidad y la tecnología para llevar astronautas más allá del cinturón de asteroides (es decir, al sistema solar exterior) y la cibernética habría avanzado hasta el extremo de desarrollar ordenadores parlantes y superinteligentes, capaces incluso de “cortocircuitarse” por un escrúpulo de “conciencia”. También serían posibles (según nos mostró finalmente la película de Kubrick) logros bastante más audaces y aun descabellados a priori como la posibilidad técnica de la hibernación de seres humanos durante un periodo más o menos largo. En resumen, Kubrick y Clarke, con el apoyo de especialistas científicos, pretendieron recrear en el film un retrato más o menos realista del que habría de ser el 2001 real, al margen claro está, del descubrimiento del monolito (con la consecuente evidencia de la existencia de una inteligencia extraterrestre) y la peripecia niestzcheana de Dave Bowman.

Pero a finales de los setenta, tras veinte años de intensa efervescencia aeroespacial, la cosa empezó a enfriarse gradualmente; y ahora, a principios del tercer milenio y con la guerra fria ya hace más de un decenio liquidada, sólo quedan los Estados Unidos como única gran potencia aeroespacial (con la excepción de Rusia y la UE, que hacen lo que pueden). Y al no tener ya casi competencia de ningún tipo en ese ámbito ni verse en la necesidad (contrariamente a los sesenta) de tener que demostrar que el sistema capitalista es mejor y capaz de mayores excelencias tecnológicas que la antigua bestia socialista, los americanos se toman el asunto con bastante más calma y tranquilidad. Quizá con demasiada.

Claro que esto último que estoy relatando (el nivel tecnológico del 2001) se refiere tan sólo al escenario, o a uno de los escenarios, en el cual se desarrollan la película de Stanley Kubrick o la (posterior) novela de Arthur C. Clark (que nos hablan, además, del alba del hombre y sobre todo de su remoto futuro). Pero el verdadero objetivo de 2001 una Odisea del Espacio no es el del retrato-predicción del mundo y su nivel de sofisticación técnica en el primer año del siglo XXI, sino el hablarnos de algo mucho más esencial e intemporal, algo pavorosamente más allá del optimista 2001 recreado o de nuestro (más bien decepcionante) 2001 real.

Y cual es ese tema? El tema se le ocurrió a Stanley Kubrick tras leer el texto de Clarke El Centinela. El reputado autor de ciencia-ficción inglés colaboró con Kubrick en la redacción del guión, y más tarde a partir de dicho guión, escribiría la novela homónima que corre por ahí. La película finalmente realizada nos habla del mayor y más grave asunto que el intelecto humano puede abordar: la (incompleta) evolución biológica y cultural de nuestra joven especie en el marco de un Universo aterrador y gigantesco, repleto con millones y millones de soles, de los cuales el nuestro es uno más y también de la posibilidad (muy cara a Clarke) de que tal evolución esté de alguna manera, tutelada desde fuera. La película fue considerada por un crítico como el primer film niestzcheano de la historia del cine, puesto que nos narra, de una manera simbólica y encapsulada, la conversión de nuestra especie desde su pasada condición homínida y simiesca hasta el superhombre futuro, pasando por nuestro actual estadio que, según ese esquema, podríamos considerar como mediano. Una de las claves de ese visionario relato de nuestra evolución como especie es el descubrimiento de un monolito en la Luna de origen inequívocamente extraterrestre; como resultado de su accidental hallazgo, se producirá una perturbación que recorrerá el Sistema solar hasta alcanzar Júpiter y Saturno. Tal perturbación es una especie de señal de alarma o de piloto rojo encendido cuyo objeto es indicar (a nuestros tutores) que el mono desnudo (como lo llamó Desmond Morris) no sólo se ha bajado ya de los árboles y ha aprendido a caminar erguido, sino que ha conseguido saltar a la misma Luna, es decir, ha accedido al conocimiento científico-técnico y por lo tanto, ha entrado de lleno en un nueva dimensión cultural: ha quemado una etapa.

Kubrick nos cuenta todo esto mediante una enigmática sinfonía visual repleta de simbolismos y metáforas visuales que nos han de sugerir todo tipo de ideas y de conceptos en relación al tema de nuestro verdadero lugar en un universo casi infinito y al problemático asunto de nuestro futuro, y por lo tanto evita la narración cinematográfica standard, con diálogos rotundamente explicativos o voces en off que habrían podido dar lugar a una cinta mucho más clara y trasparente, pero mucho menos ambigua y sugerente, con una carga conceptual infinitamente menor.

2001 está llena de momentos felicísimos. El primero que se me viene a la memoria es la famosa escena del hueso que se metamorfosea en una nave espacial. Es, como se ha dicho repetidamente, la elipsis más grande de la historia del cine ya que abarca el vertiginoso periodo de un millón de años. Cualquier otra elipsis de la historia del celuloide es una pequeñez a su lado. Recuerdo un ensayo de Jorge Luis Borges, incluido en Otras Inquisiciones, cuyo título era El pudor de la historia; ahí el argentino nos argumentaba que buena parte de los más grandes sucesos que han marcado la historia de la civilización humana (contrariamente a los sonoros hechos militares, de los que la historia está llena) apenas se nos han relatado o referido, o lo han sido de manera pudorosa o casi secreta: el nacimiento de la tecnologia sería uno de esos silenciosos instantes. Stanley Kubrick ( y esto nunca dejaremos de agradecérselo) nos muestra en primerísimo plano y en pantalla grande ese misterioso momento, que la historia no ha registrado.

El homínido pre-humano, precursor nuestro, descubre el tremendo poder que puede tener un hueso en su mano al golpearlo contra una osamenta; siente como si la fuerza de su brazo se hubiera quintuplicado. Hasta entonces, se malalimentaba con bayas y demás frutos; llevaba una existencia forzosamente vegetariana y había llegado a sentir las punzadas del hambre. Todo esto se ha acabado; a partir de ahora podrá cazar y saciarse con toda esa carne ambulante que le rodeaba y a la que se había creido incapaz de acceder. También podrá expulsar a grupos rivales y delimitar su territorio. En cierto modo, acaba de nacer la tecnología, esa de la que nos sentimos tan orgullosos y que nos ha convertido en los reyes de la creación, esa misma capacidad tecnológica que nos ha llevado ya fuera de la Tierra y que algún dia nos permitirá quizá tocar las estrellas.

El peludo y simiesco prehumano lanza el hueso al aire lleno de júbilo; la pavorosa elipsis que viene a continuación nos colocará de golpe en el mundo de la alta tecnología y de la conquista del espacio En efecto, el hueso se transformará, en el fotograma siguiente, en una nave espacial. El aterrador itinerario cultural y cientifico-tecnologico del Homo Sapiens a lo largo de ese millón de años queda magistralmente recogido en esta inolvidable elipsis. Y es entonces cuando se inicia ese maravilloso ballet espacial al compás del Danubio Azul de Johan Strauss, con la nave que lleva a Floyd a la Estación Espacial, con la propia Estación Espacial danzando en la negrura del espacio cuyo fondo es el infinito. Esos inolvidables minutos de Espacio y vals decimonónico a mi me sugieren además la hermandad que debe haber entre el progreso y la sofisticación cientifico-tecnologica y el mundo del arte y las humanidades.

Otro momento memorable de 2001 es el del viaje psicodélico que emprende Bowman cuando atraviesa la Puerta de las Estrellas; sin duda constituye una especie de homenaje a la cultura lisérgica y psicodélica tan en boga en los años sesenta, época del rodaje del film. ¿Y como olvidar el momento de la muerte de Hal, uno de los instantes más emotivos y patéticos de la historia del Cine? Ya dijo un crítico que 2001 era una película en la que los hombres morían en silencio y las máquinas lo hacían llorando como niños.

Algún reseñista ha dicho que 2001 (al haber alcanzado ya cronológicamente ese año) ha sido fagocitada por el tiempo. Esto es, evidentemente, absurdo y demuestra hasta que punto la película, pese a llevar más de treinta años fabricada, continúa en buena medida sin entenderse. Quizá al tema quede grande a muchos intelectuales y críticos, con frecuencia incapaces de remontarse a su propia época. Incluso ese imaginado mundo del 2001 que la película retrata, con sus ordenadores parlantes y sus viajes al sistema solar exterior (y que teóricamente representa el presente de la pavorosa historia que nos narran Kubrick y Clarke), queda todavía bastante lejos de nuestras actuales posibilidades tecnológicas. Pero es que lo que en verdad nos cuenta el film es una historia que se mide en millones de años y de la que no hemos llegado ni a la mitad: si alguien nos está observando ahí fuera, apenas se habrá acabado de acomodar en la butaca y en la pantalla los títulos de crédito habrán desaparecido hace tan sólo unos instantes.

Tendrán que pasar quien sabe si millones de años hasta que esta película vea su tema agotado y superado, pues 2001 una Odisea del Espacio no se refiere a nuestro primitivo y medieval siglo XXI, ni al recien estrenado tercer milenio sino a un futuro remoto y misterioso que sólo los más visionarios autores de ciencia-ficción han sido capaces siquiera de vislumbrar: aquel en el que nuestros descendientes (los descendientes de la humanidad), libres ya de su enclaustrante condición animal, vuelvan, para quedarse, a esas lejanísimas estrellas que un dia nos vieron nacer y de cuyo material estamos hechos; un material que quizá no sea el de los sueños.

SGL, 2002

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