Sobre la imagen social de la ciencia

En la tercera Encuesta Nacional sobre percepción social de la Ciencia y la Tecnología (año 2006), hay algunos datos interesantes. No es el menos interesante el siguiente: el porcentaje medio en España de quienes piensan que los beneficios de la TecnoCiencia superan a los perjuicios es de (sólo) el 45 %. Y en Cataluña, la cifra es aún menor: el 40 %.

O sea: que en Cataluña, no más allá de un raquítico 40% de los ciudadanos piensa que la TecnoCiencia ha sido positiva para el conjunto de la Sociedad.

¿Un 40%? Caray. Una de las conclusiones del informe es que la imagen social de la TecnoCiencia por parte de la Ciudadanía española es más bien favorable. Confrontado con el dato de ese insuficiente 40% catalán (45 % en el global de España) de percepción favorable del coste-beneficio de la Ciencia y la Tecnología, yo tengo mis dudas.

¿Por qué ese 40 % -centrándonos en el caso de Cataluña, territorio tecnológicamente algo más avanzado que la media española- no es al menos un 60-65 % ? ¿Por qué esa irreductible desconfianza hacia la Ciencia, hacia sus desarrollos y, si se me apura, hacia el mismo fundamento lógico-racional del conocimiento y del método científico?

Es un tema que da para mucho. De entrada diré que -en mi opinión- a las administraciones no les hace mucha gracia la generalización del método lógico-racional en los diferentes aspectos de la vida cotidiana. A publicistas, empresarios y gestores se les iban a complicar extraordinariamente las cosas, si tal método se generalizara en el dia a dia de la gente. Es más, creo que una de las razones de la formidable expansión -en las últimas décadas- de la nebulosa postmoderna, de la magufería, del pensamiento flácido, las mitologías de nuevo cuño y los revivals mágico-religiosos que empiezan a sepultarnos, es justamente mantenernos en una cierta confusión que haga más fácil nuestra administración y control.

Posibles razones de una percepción deficiente

Volviendo al tema de la más bien negativa percepción social de los supuestos beneficios mayoritarios de la TecnoCiencia ¿Por qué -insistamos- ese tan bajo 40%?

La Tecnociencia en el sentido amplio -incluyendo claro está todo el cosmos de las Ciencias Biomédicas y sus desarrollos técnicos: farmacología, galénica y demás- te permite interesantes posibilidades. Ejemplos: quitarte en unos minutos un dolor de muelas devastador que en cualquier época anterior al siglo XX te hubiera llevado a abominar del conjunto del universo conocido; te elimina en un santiamén microorganismos  que en otro tiempo interrumpían definitivamente interesantes carreras poéticas o literarias; te ofrece comunicaciones instantáneas (textuales y audiovisuales) con los lugares más alejados; te ofrece también aproximaciones incluso físicas a esos lugares alejados. ¿Insisto, por qué ese raquítico 40%.?

¿Por lo de Hiroshima? Quizá, aunque no lo creo. En los años 50 esa era sin duda la razón fundamental de la crecientemente sombría percepción popular de la TecnoCiencia. (Seguramente influyó también la serie B cinematográfica: Them! o las pelis japonesas de Godzilla). Pero 60 años más tarde, la opinión pública no sabe -en conjunto- ni donde queda Hiroshima. Y mucho menos lo que significó aquello en términos de impacto social de la Ciencia y sus desarrollos.

Fuentes, filtrados y medios

Si la gente tiene esa percepcion más bien negativa -o al menos no suficientemente positiva- de la TecnoCiencia no es desde luego por la consulta de fuentes (llamémosle) “primarias” (la lectura directa del Nature, verbigracia y la reflexión autónoma en torno a esa lectura directa), sino más bien por un excesivo crédito a las dudosísimas fuentes secundarias que son los desarrollos ficcionales (principalmente del cine y la TV) y los interesados filtrados informativos de los media -en especial los informativos de las televisiones abiertas generalistas -con esa predilección suya por los aspectos sombríos o potencialmente sombríos de la Tecnociencia.

El cine es causante principal. Un ejemplo de entre los muchos que podrían ponerse: en 1992 salta a los medios la conservación en ámbar de un insecto de una anterior era geológica. Ese insecto podría contener en su tubo digestivo pequeñas cantidades del líquido interno de algún gran reptil extinguido. Esto podría dar acceso al DNA del gran reptil, a la posibilidad de describir el genoma del animal desaparecido, de secuenciarlo.

Inmediatamente, (el a veces injustamente despreciado) Michael Crichton escribe Parque Jurásico; inmediatamente Steven Spielberg rueda Parque Jurásico. Inmediatamente (en el imaginario del gran público y gracias al tándem Crichton-Spielberg) la noticia de la conservación en ámbar del insecto antiquísimo pasa a convertirse en una aterradora posibilidad, una nueva amenaza sobre la humanidad, al estilo Them!. ¡Ojo que se nos echa encima el dinosaurio!

Aqui están creo yo, las claves de la percepción -sino negativa, al menos no todo lo positiva que sería de desear: un exceso de editoriales negativas por parte del cine y los media, esos grandes educadores y lo digo sin ironía. Tantos que han llegado a oscurecer la innumerable calidad de vida que constantemente nos suministran la Ciencia y sus desarrollos tecnológicos.

En una ocasión me puse a escuchar una música excelsa por encima de las nubes: iba en avión. La ingeniería aeronáutica ha logrado hacerse lo suficientemente poética para colocarnos -en un sentido físico- por encima de las nubes. Y la tecnología de los minirreproductores de música te facilitan además la banda sonora. Ejemplos similares del entrelazamiento tecno-cultural podrían multiplicarse. No entiendo la insistencia en crear una divisoria que no existe. Y no entiendo tampoco la insistencia en atribuir maldades a uno de los términos de ese maravilloso binomio.

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Andanzas del caballerito Darwin

El caballero inglés Charles Darwin decidió a los 22 años enrolarse en el Beagle, velero británico que pretendía una expedición científica (geológica y zoológica) por los mares del mundo.

El desastroso Darwin, que prefería las juergas con su hermano Erasmus a los estudios de medicina que supuestamente seguía en Edimburgo, fue enviado por su padre sir Robert a Cambridge, para allí formarse como pastor protestante. Ya que no le iba lo de médico. La de pastor protestante era la ocupación respetable a la que un padre de clase alta y preocupado enviaba a su hijo, cuando este le salía más bien gamberro.

En Cambridge, y como en su época de fallido estudiante de medicina, Charles Darwin seguía más de cerca el mundo natural que su formación estrictamente académica.  Era su verdadero interés y era muy bueno en ello. El naturalista amateur captó la atención del académico JS Henslow, que lo propuso para ocupar una plaza científica en el Beagle.

El viaje del Beagle

Cinco años (1831-36) duró el pequeño viaje del caballerito dilettante. No era sólo un caballerito dilettante. No fue un pequeño viaje. Recorrió mares y océanos, puede decirse que dio la vuelta al mundo -vuelta parecida a la submarina del imaginario Aronnax, el médico aquel de Verne-, y fue en las Galápagos donde recopiló quizá la más valiosa de sus informaciones. Adentrándose en las islas, pues el caballerito se lo trabajaba y bien. Dedicándole seriedad y tiempo. El Beagle recorrió muchos parajes y en varios de ellos, Darwin se adentró tierra adentro. Recopiló, el dilettante. Recopiló mucho. Inicialmente como geólogo, más tarde como biólogo. Dilettante. Pero tenaz y genial.

El caballerito Darwin regresó a Inglaterra en 1836, tras los cinco años de trayectos con el Beagle. Publicó su diario, el de sus experiencias y observaciones a bordo, en 1837. El Diario del viaje del Beagle contribuyó a hacer de él una celebridad científica. En ese XIX, que habría de ser paradójicamente el siglo en el que la Ciencia se institucionalizaría y profesionalizaría definitivamente, hasta ese paroxismo de 1945 y la llegada de la Big Science. El final de la época de los caballeritos tipo Cavendish, o Darwin. Ociosos y acaudalados. Aunque quien sabe si por eso llegaron tan lejos.

Más de dos décadas pasaron entre 1836 y la fecha final (1859) de la publicación de El origen de las especies, obra magna de Darwin y acaso obra magna del conjunto de la Ciencia del XIX. Durante esas décadas, Darwin procesó sus observaciones sobre el terreno de los cinco años del Beagle y desarrolló no sólo una teoría de la evolución de las especies sino que supo dar -y describirlo con precisión- con el mecanismo de dicha evolución.

“Confesar un crimen”

Darwin era un hombre religioso, escrupulosamente. Aunque no tanto como Emma, su esposa, escrupulosamente religiosa. Emma, que contemplaba con horror como a lo largo de esos veinte años Charles iba desmadejando una teoría que colisionaba fuertemente con los argumentos teológicos de la época. El hombre, resultado de un proceso y un mecanismo evolutivo. El hombre, ápice de la Evolución -reflexionaba aterrado el que un dia se formara para pastor de la Iglesia de Inglaterra- Ápice, pero de una Evolución.

Fue como confesar un crimen – dijo Charles Darwin, devoto, ante las conclusiones a las que él y su libro llegaban. Pero la verdad hay que confesarla, amigo Charles. Y la Ciencia se construye con verdades, con hechos, por mucho que se sometan a constante verificación ellos o las hipótesis que apuntalan.

La controversia entorno a Darwin recorrió la segunda mitad del XIX y ha llegado -increíblemente- a nuestros dias. No hay ni un sólo biólogo serio que dude de la evolución y de las doctrinas de Darwin, al margen de que los mecanismos darwinianos haya habido que afinarlos a la luz de los nuevos datos y evidencias del último siglo y medio. Nada sabía de genes y de mutaciones a nivel molecular el autor de El Origen de las Especies, como se comprenderá. Pero el camino señalado por Darwin ahí sigue y nadie duda de lo acertado de su dirección.

En passant: Los antiguos creacionistas (hoy transmutados en vindicadores del diseño inteligente, esa nueva chorrada de nuestro siglo irracional) continúan, un siglo largo después, dando guerra. En fin. Paciencia.

Vida en Titán

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Más allá de Marte y del cinturon de asteroides, en el Sistema Solar exterior, donde moran las esferas gigantes (Jupiter, Saturno, Urano, Neptuno), podría haber vida.

Sí, vida. No vida superior, o vida inteligente o consciente, ni con civilización tecnológica o cultural, pero vida. Podría haberla, aunque ínfima. Aunque ínfima sea también la posibilidad de que la haya.

Los exobiólogos, que estudian la vida fuera de la Tierra (o sea, de momento tan sólo su posibilidad), han centrado su atención en los organismos llamados extremófilos. ¿Qué organismos son esos? Pues organismos terrestres (procarióticos principalmente, aunque también hay algún eucariota) que son capaces de apañárselas en la misma Tierra, pero en condiciones extremas. ¿Qué condiciones? Pues acidez extrema (acidófilos), basicidad (alcalófilos), salinidad (halófilos), temperatura elevada (termófilos), temperatura baja (sicófilos). En fin diferentes parámetros, pero extremos.

Estudiando las condiciones en las que esos microorganismos salen adelante, pueden los exobiólogos extrapolar hacia otros planetas esas mismas condiciones extremas para microorganismos no terrestres.

Titán: destino exquisito

Titán es una de las lunas de Saturno, y destino exquisito de exobiólogos. Es la segunda luna más grande del Sistema Solar, tras la jupiterina Ganímedes. Su nombre está muy bien puesto, teniendo en cuenta su tamaño. Es un cuerpo que se mueve en torno a un planeta -lo cual obliga a considerarlo luna o satélite-, pero es mayor que Mercurio, por ejemplo.

Titán es uno de los cuerpos celestes que más han excitado la imaginación de los escritores de ciencia-ficción a lo largo del XX, siglo como se sabe fatigado de Ciencia y Fantaciencia. Robert A. Heinlein, John Varley o el valenciano Javier Redal (con su Naufragio en Titán) son algunos de los autores que han colocado sus desarrollos fantacientíficos en esa luna de Saturno. Quizá sólo el buen viejo Marte haya tenido mayor tirón popular en los pulps o en los libros de SF que les sucedieron.

El mayor satélite de Saturno tiene una serie de características físicas y físico-químicas que lo hacen muy apetecible para esos buscadores de pepitas bióticas que son los exobiólogos o astrobiólogos (también llamados). Para empezar: la densa atmósfera que posee, que lo asemeja a la Tierra (a la Tierra primitiva, más bien) y lo convierte en un caso atípico entre los cuerpos del Sistema Solar. Una atmósfera de nitrógeno e hidrocarburos. (Y la presión atmosférica más cercana a la terrestre de todo el Sistema). Los hidrocarburos, por cierto, y en especial el metano son los responsables del tono anaranjado de esa luna. La densa atmósfera impidió durante bastante tiempo poder echarle un vistazo a su superficie. Las sondas Voyager 1 y 2 que pasaron junto a Titán en 1980 y 1981 no pudieron ver gran cosa de su superficie o más bien, nada.

Suerte muy diferente ha sido la de la misión Cassini-Huygens (Christian Huygens, astrónomo holandés, fue quien descubrió Titán en 1655). La sonda Cassini abandonó la Tierra en 1997 y se llegó hasta el sistema de Saturno en 2004. La Huygens es la sonda -europea (ESA), por cierto, en tanto que la Cassini (NASA) es estadounidense- que transportada por la Cassini, descendió sobre la superficie de Titán, en el año 2005.

La misión Huygens

Es mucha la información enviada a la Tierra por la Huygens. Imágenes, películas, sonidos. Y muchos datos inéditos, para acabar de completar el perfil de Titán. Y en el futuro próximo elucidar si hay o no vida, o puede haberla habido, aunque esto es algo más peliagudo, claro.

La atmósfera del satélite está compuesta, como se dijo más arriba, por nitrógeno e hidrocarburos, entre ellos fundamentalmente el metano. Por efecto de la radicación solar, ese metano puede transformarse en una molécula ciertamente energética como el acetileno o etino (dos carbonos unidos mediante un enlace triple), lo cual puede ser de interés de cara a las disponibilidades energéticas, necesarias para cualquier protovida, por mínima que sea.

El metano haría allí de agua. El más simple de los hidrocarburos está presente en la atmósfera y en la superficie, donde lo encontramos conjuntamente con etano (dos carbonos, en tanto que el metano tiene uno) y agua. La superficie en definitiva, está constituida por hielo sucio -hielo de agua mezclado con otras substancias, como hidrocarburos- que haría el papel de las “tierras emergidas”, (si usásemos el simpático simil terrestre)- y los lagos o mares de etano y metano. Algunos de estos “lagos” han sido fotografiados por la Huygens, en su garbeo por Titán.

El satélite sería un cuerpo constituido por material rocoso, por un lado, y hielo e hidrocarburos. O sea que, al igual que Europa y otros satélites exteriores tiene un núcleo rocoso, lo cual lo aproxima a los planetas interiores del sistema solar como Marte o la Tierra. En tanto que los planetas exteriores propiamente dichos, como Jupiter o Saturno, son esferas de gas y líquido aunque con -posiblemente- un núcleo metalo-rocoso (mínimo aunque tal vez del tamaño de la Tierra).

Candidato número uno

En definitiva. Titán es quizá en el momento actual el candidato número uno de los exobiólogos, quizá por delante de Europa (satélite de Júpiter, con su famoso océano de agua bajo su superficie) y del eterno candidato Marte. Por lo menos ahora, tras la información suministrada por la Cassini-Huygens, la mayor luna de Saturno estará de “moda” durante algún tiempo.

Quizá alguno de esos tres cuerpos (Titán, Europa, Marte) conviertan de una vez por todas a la Biología en una Ciencia Universal (ahora lo es pero de un modo más bien especulativo), como lo es la Física y no en el “localismo” científico que ha venido siendo hasta ahora.

Seguiremos informando. El material de la Cassini-Huygens, como el arte, es largo.

Newton, a hombros de Hooke

Una de las frases más legendarias de la Historia de la Ciencia fue la pronunciada (escrita) por Isaac Newton (1642-1727) en una carta a Robert Hooke (1635-1703), hacia el año 1675. Newton se encontraba enzarzado con Hooke en polémicas epistolares acerca de la gravitación universal. Me hallo subido a hombros de Gigantes, había escrito aquel, en su carta. Hooke había alcanzado importantes conclusiones sobre la cuestión y se encontraba en pleno intercambio o competencia con Newton. No obstante, el futuro autor de los Principia superaba ampliamente a Hooke en genio matemático y si bien este último llegaría hacia 1678 a proponer la ley inversa del cuadrado, la verdad es que al final no le quedó más remedio que resignarse al futuro despliegue matemático de Newton y la acaparación por parte de éste de la gloria a ojos de los historiadores de la Ciencia. El drama del gran científico que fue Hooke fue compartir país y siglo (espacio-tiempo) con Isaac Newton.

Drama no sólo porque Newton fuese un científico de (aún) mayor envergadura que él, sino que en un plano humano el considerado fundador de la mecánica clásica no puede presentarse como ejemplo de impecabilidad ética. Newton no toleraba ver a nadie que destacase por encima suyo, y ya se encargaría él, Newton, de borrar sus huellas, si tal cosa sucedía. A fe que lo hizo. En especial con el pobre Hooke, luego de aceder a la presidencia de la Royal Society: no quedó allí ni el retrato de su antiguo corresponsal. Esto llevó a que los siglos siguientes infravalorasen y hasta ignorasen a Hooke.

Newton, dicho sea de paso era un buscapleitos. Como director de la Casa de la Moneda no vaciló en enviar a la horca a un bonito número de falsificadores. No le temblaba el pulso, no, al amigo. Se enfadó también con el alemán Leibniz acerca de la paternidad del cálculo diferencial; esto llevo a una especie de guerra fria científica entre Inglaterra y Alemania. A lo largo de su vida, Newton sufrió graves desequilibrios nerviosos, se dice que a causa de sus experimentos (al)químicos o de una sobrecarga de trabajo o tal vez de la ruptura de ciertas relaciones. Yo creo que Newton era el típico personaje que va generando heridas y resentimiento en los otros, y al que puede aplicársele aquello del ja t´ho trobaras.

Robert_HookeA hombros de ¿gigantes?

Una perla que lo demuestra, y que es el motivo de la presente nota o post: el comentario epistolar de Newton a Robert Hooke, lo de que marchaba a hombros de Gigantes. Se suponía que el comentario era un indicio -increíble tratándose de Newton- de modestía hacia sí mismo, de elegante autodisminución frente a Hooke, y que por Gigantes se refería tal vez a Keppler o a Descartes, cuyos libros había devorado ya en su juventud. Pauwels-Bergier en su reivindicación del misticismo El Retorno de los Brujos (1960) llegan a insinuar que con aquello de Gigantes, Newton se refería al enorme y perdido caudal de sabiduría al que él todavía tenía acceso en su XVII y nosotros, ya no.

Y Stephen Hawking ha titulado uno de sus libros justamente con la frase de Newton A hombros de Gigantes, libro en el que recoge las figuras de unos cuantos Giants de la Ciencia, entre ellos el propio Newton.

Bueno, pues nada de esto. El treintaañero Newton había escrito en su carta a Hooke Gigantes con letra mayúscula. Él iba, según escribía a hombros de Gigantes, y que por eso había llegado tan lejos. Pero no, no se refería a Descartes ni a su Geometría. Sino que era más bien -tal y como indica John Gribbin en su Historia de la Ciencia 1543-2001 (2002)- una chanza hacia la no demasiado elevada talla física (y, de acuerdo con el vacilón Newton, tampoco elevada talla intelectual) de Robert Hooke.

O sea que lo que le estaba diciendo al autor de la Micrografía era algo así como: “si he llegado tan lejos, tal vez sea en parte debido a mis antecedentes intelectuales, entre los cuales ciertamente no te encuentras tú. Chavalín”. 

Vaya con el amigo Newton.

Pauwels y Bergier: El Retorno de los Brujos (1960)

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Foto ©Serafin G Leon

He pasado unos cuantos dias con la lectura (absorbente) de El Retorno de los Brujos (Le Matin des magiciens, Louis Pauwels- Jacques Bergier, 1960), clásico de lo que los autores en su momento llamaron Realismo fantástico, y pretendido texto fundacional. De ahí, de esa fuente o texto, ha derivado buena parte de la actual literatura centrada en la especulación pseudocientífica: antiquísimas civilizaciones que no dejaron ni rastro y que tal vez nos igualaron, visitantes de la Tierra, fenómenos parapsicológicos, etc.

Como texto “fundacional” que es, la lectura de El Retorno de los Brujos es apasionante. Como texto inaugurador de lo que más tarde iban a ser tópicos. Hacia tiempo que iba detras del libro de Pauwels-Bergier, en concreto desde que encontrara referencias al Retorno de los Brujos en otro texto en el que se hablaba del visionario y charlatán Hörbiger personaje que tantos estragos causara en la cosmovisión de la Alemania de 1933-45. Pero ya hablaré mas adelante de Hörbiger, porque el tipo se las trae.


Lateralidad


La lectura de El Retorno de los Brujos es de esas que te arrebatan, lo cual no quiere decir que no haya que estar ojito avizor hacia sus exageraciones, sus especulaciones sin fundamento y la no poca charlatanería que hay en esas hojas. En el comienzo del libro, el duo Louis Pauwels (1920-1997) y Jacques Bergier (1912-1978) declara que su principal objetivo es que el lector pueda acabar el texto con un par o tres de ideas que le hagan “ver” más allá. Más allá del actual (1960: momento de la publicación) horizonte científico, sobre todo teniendo en cuenta que ese horizonte científico de la segunda mitad del XX ha sido producto de la crisis previa del horizonte del XIX, de un ver más allá, justamente. En cierto modo, El retorno de los Brujos es una sugerente invitación al ejercicio de lo que los psicólogos cognitivos llaman pensamiento lateral, creatividad, intuición. Apartarse en algún momento del pensamiento lineal habitual -imprescindible éste para apuntalar y acrecentar el edificio científico, eso sí- puede permitirnos “vislumbrar” un nuevo paradigma, por si el viejo ya no sirviese.

En mi opinión, el “objetivo” declarado de Pauwels-Bergier al comienzo de su texto -la de generarte unas cuantas ideas interesantes e invitarte a ejercer esa lateralidad- está perfectamente conseguido. 


Caminos alternativos a lo lógico-racional


En esencia, el libro critica el “materialismo” conceptual clásico de la Ciencia contemporánea y, sobre todo, la exclusividad de la via lógico-racional para el abordaje de los problemas. El texto de Pauwels y Bergier reivindica otras “vias” de conocimiento: cierto auxilio del misticismo, y la propuesta de caminos transversales” al habitual (lógico-racional).

Argumenta -y algo de razon no le falta- que una defensa demasiado marcada del paradigma cientifico del momento impide ese ver más alla y acartona la Ciencia. Es lo que le sucedió a la Ciencia del XIX, convirtiéndose en una especie de Escolástica, un acartonamiento que excluía toda posibilidad de salirse del territorio marcado, sufriendo “excomunión” quienes lo hiciesen. Un dato peculiar apuntado por los autores: al siglo XIX le hubiese sido perfectamente posible en un sentido técnico construir el ingenio submarino de Piccard, pero “decidió” -y fue una decisión no tecnocientífica sino socialmente construida- que aquello era “imposible”. Decidió, igualmente, que volar -entre otras cosas- también era imposible. “Decidió” esto y lo otro, y muchas de esas “decisiones” fueron una construcción social, un acuerdo: una especie de temor a perjudicar un paradigma que de todos modos iba a saltar en pedazos en las primeras décadas del XX.

El libro nos habla también de Poincaré, quien tuvo en sus manos la posibilidad de ser Einstein, pero prefirió no serlo o no se atrevió. Optó por ceñirse a la “disciplina” tecnocientífica y social de su XIX.

Me parece claro, tras la lectura de El retorno de los Brujos, que hay que optar por una complementariedad entre los dos tipos de pensamiento: el lineal y el lateral. El lateral contribuye a hacer entrar en crisis los paradigmas, es el que posibilita la visión de más allá (más allá de lo “marcado” en ese momento, se entiende), el que permite salirse del camino lineal habitual que, llegado un punto, tal vez no conduzca ya a ningún sitio. El pensamiento lateral te lleva a un salto en el vacío, salto en ocasiones necesario, pero para hacerte ganar una nueva superficie. No puedes permanecer permanentemente en el vacío. Una vez recuperas pie, has de volver al pensamiento lineal, al lógico-racional habitual, sin el cual no puede haber Ciencia.

Enlazando con Kuhn, podríamos decir que el pensamiento lateral ayuda al cambio de paradigma o incluso es vital para tal cambio, pero que para la importantísima y cotidiana Ciencia normal, el pensamiento líneal y el método científico clásico continuan siendo las herramientas de elección. 


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Pérdidas bibliográficas en la historia


Más ideas sugerentes del libro de Pauwels y Bergier: la historia de la humanidad está llena de pérdidas bibiliográficas tremebundas. Incendios, destrucciones, saqueos de bibliotecas. O simplemente infinidad de textos que no han llegado a nuestros dias. Sólo una pequeña parte -según los autores- del saber que la humanidad ha acumulado a lo largo de siglos y milenios desaparecidos ha llegado a nuestros dias. Así, tal vez la Alquimia sea el resto de un saber técnico refinadísimo -que quizá alcanzase cotas comparables al nuestra actual, léase incluso hitos como la fisión del átomo. La Alquimia: un resto de un saber técnico igual o superior al nuestro, insinúan los autores de El retorno de los Brujos, y no un simple misticismo pretécnico de la Ciencia Química moderna.

Capítulo aparte merece el amigo Horbiger, al que ya he aludido al comienzo de esta reseña. Horbiger fue un “intelectual” influyente durante el periodo nazi en Alemania. Según Pauwels y Bergier, uno de los acontecimientos culturalmente más alucinantes de nuestro siglo fue el abandono por parte de Alemania -territorio hasta entonces integradísimo en la modernidad decimonónica- de la Cosmovisión Occidental y su abrazo de un paradigma semimágico y de cosmogonías extrañisimas, divergentes del paradigma del resto de Europa. Y todo ello desarrollado a lo largo de poco más de una década, en los años centrales de un siglo tan incrédulo como el XX, y en un país tan minuciosamente cartesiano como la Alemania prehitleriana.


Hans Hörbiger 


Pues bien, el tal Hörbiger (1860-1931) impulsó una serie de creencias referidas al pasado de la Tierra y del Hombre. Nos cuenta Hörbiger: hubo una Humanidad Secundaria cuyos ecos recogió la Biblia al hablar de “gigantes”. “Había gigantes en la Tierra aquellos dias” -dice el texto bíblico en algún lugar. Una especie precursora nuestra de tamaño gigantesco. Algún dia se encontraran fósiles del hombre secundario, según los seguidores de Horbiger.

No se han encontrado nunca esos fósiles. Por lo tanto, no se ha hallado nunca evidencia empírica alguna de la estrambótica teoria de Hörbiger y de aquellos excéntricos intelectuales de la Alemania hitleriana, tan aficionados a lo oculto.

Cosa curiosa, no obstante: acabo de terminar El Retorno de los Brujos, y voy y me encuentro en la red con una serie de fotos, de las que recojo un par. Esqueletos fósiles de gigantes. Vaya por Dios. Los restos han sido presuntamente hallados en la India. Las imágenes son un clarísimo trucaje, y no demasiado bueno. Manufactura Photoshop, y cutre. Pero me alegra asistir en vivo a un eficaz ejemplo del posible desarrollo -o revival- de una moderna mitología.

Sí, los brujos vuelven. Es que no se han ido nunca.

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