Literatura y Ciencia: el diagnóstico de Snow

Foto Three quarks daily

En 1959, C. P. Snow pronunció una conferencia que andando el tiempo habría de hacerse célebre: The Two Cultures (las dos Culturas). En ella, Snow (antiguo físico y nuevo novelista de cierto éxito) declaró prolijamente su desconcierto ante la existencia en Inglaterra y en todo Occidente de una divisoria cada dia más marcada entre dos mundos intelectuales: el de los científicos y el de los humanistas. A lo largo de la conferencia, el físico-novelista abundó en la realidad de esa separación y aún hostilidad entre los dos mundos, las dos culturas.

Científicos e ingenieros

De un lado -argumentaba Snow- teníamos el universo tecnocientífico, el de científicos e ingenieros. Retraido, frio. Ignorante por completo (a juicio de sus contrarios, los humanistas) de los más insignificantes rudimentos literarios. Bastante prepotente. Seguro de representar el futuro, de llevar ese “futuro en los huesos”. Desdeñoso hacia la cultura humanista y clásica, o indiferente. Si acaso la saluda (según Snow) con una inclinación de cabeza, vagamente amable. Un mundo -el de los científicos-, una cultura, nada leída, o casi nada. Aunque alguno de sus representantes murmure -con algo de incomodidad- haberlo intentado en alguna ocasión con Dickens.

Los “humanistas”

Del otro lado: los humanistas, que Snow identifica esencialmente con los intelectuales literarios. Adoran las grandes obras de la Literatura, en esas obras enormes está contenido el género humano, sus actos y motivaciones, toda su complejidad. El mundo y sus problemas, y todas las indagaciones imaginables en torno a ellos. En esas obras, en esos desarrollos ficcionales está todo. Todo ahí puede hallarse. El crítico debe escarbar en ese grano y entregarle al mundo sus hallazgos. Esas humanas razones que van más allá del frio cálculo, y de la reducción de la vida a engranajes y mecanismos. Las razones que la razón no entiende. Pero estos intelectuales exquisitos y literarios no tenían ni idea -según el conferenciante- acerca de en qué consistía la Segunda Ley de la Termodinámica, ley de “sombría belleza”, que acaba troceándonos a todos; e incluso respondían -esos intelectuales- agriamente cuando se les preguntaba acerca de la diferencia entre velocidad y aceleración. Esa ignorancia no les preocupaba, ni la consideraban ignorancia.

Snow abogaba por un entendimiento entre esos dos universos tan desdeñosos el uno para con el otro, tan distantes. La TecnoCiencia en verdad era el futuro -y eso lo decía Snow tras Hiroshima, desacomplejadamente. Era y es el futuro, sí. Una cosa no quita la otra. La Sociedad industrial y más tarde Postindustrial creaba un orden mejor -por muchos que hubiesen sido y fuesen todavía sus abusos- que el antiguo y calamitoso orden agrario preindustrial, ese que tanto exaltaban no pocos de los intelectuales literarios, tan adoradores de Dickens y sus criaturas, sacudidas por la irrupción industrial y tecnocientífica de la Inglaterra de las décadas iniciales del XIX.

Agrio debate

Snow quiso catalizar un debate. Lo logró. Y no sólo un debate o debates. Sufrió -tras su conferencia- una durísima crítica ad hominem por parte de un destacado crítico literario: F. R. Leavis, profesor y erudito en Cambridge. Leavis descalificó a Snow como novelista (si bien no es un novelista, matizó, no llega a eso) y también como científico. La andanada de Leavis contra Snow llevó a los editores del primero a pedir permiso al segundo antes de publicar el escrito del viejo profesor, y persuadir a Snow de que no emprendiese acciones legales, caso de que este hubiese pensado en hacerlo.

Puedo comprender a Leavis, a pesar de todo. A pesar de lo desmedido, de lo exagerado de su crítica. En Inglaterra, la Literatura es sagrada, o lo fue durante muchos años. Se leía a Dickens o a Thackeray como los Evangelios, como un torrente sapiencial. En la Isla de Shakespeare, la Literatura, su crítica y exégesis, era como la Sociología en Francia, o la Historia en Alemania. Una disciplina abarcadora, totalizante de los asuntos de hombres y mujeres. Para Leavis, el verdadero conocimiento estaba en las indagaciones poéticas en torno a los grandes temas humanos, esas indagaciones de los novelistas excelsos.

Foto Scientific American

Pero me quedo con Snow. Con todas las matizaciones necesarias. Ambos mundos (el literario y el tecnocientífico) son complementarios. Modos de indagación no excluyentes. Como el pensamiento lateral y el lineal. No todo en la vida ha de ser tecnociencia, ni el hombre ha de cosificarse; ni la civilización humana reducirse a un simple cálculo egoista -tal era quizá el temor de Leavis y la razón de fondo de su acerada crítica-; la literatura y las artes tienen un papel que cumplir. Han de llegar a donde no lo haga el frio cálculo.

No obstante, es el frio cálculo el que ha de marcar la pauta básica. El pensamiento positivo. La verdad de la naturaleza y del mundo. Porque hay una verdad, la verdad de los hechos verificables. La hay, aunque corran malos tiempos en este comienzo del XXI para la verdad y los hechos. Más allá está la interpretación de esos hechos, la ideología. Pero es la verdad -esa verdad positiva- la que ha de señalar el camino, la dirección.

No la literatura, ni la ideología, que han de ser solo revestimientos -importantes revestimientos, esenciales- de aquel esqueleto. El esqueleto de la verdad, de los hechos verificables. Roma venció a Cartago, y no al revés. La verdad, los hechos. A partir de aquí, toda la literatura (y lo digo en el buen sentido) y toda la ideología que se quiera.

Me quedo con Snow. Y con las agrias correcciones -o con algunas- del refunfuñón, del Scrooge Leavis.

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