Alexander Fleming, sombras biográficas

Foto Alexander Fleming museum

La Ciencia no es una construcción en el sentido que le dan unos cuantos sociólogos o antropólogos, no lo es como producto acabado, aunque pueda serlo a lo largo de determinados períodos en su “cutting edge” o filo cortante. Así, en el siglo XIX, la victoria de las teorías de Louis Pasteur sobre sus contrarios, los defensores de la generación espontánea parece ser que no se debió tanto a los legendarios y elegantes experimentos del químico francés como a un interés sociopolítico y cultural de la Francia de la época por favorecer su planteamiento. Ya que, aunque ahora parezca mentira, la teoría de la generación espontánea a la que se oponían Pasteur y el stablishment del momento se alineaba con posturas más progres y transgresoras, a las que dicho stablishment era alérgico.

La ironía es que ese planteamiento conservador acabó siendo el correcto, a la luz de la evidencia que iría más tarde acumulándose. Pero entonces, en ese último tercio del XIX, la pugna en torno a la validez o no de la teoría de la generación espontánea formaba parte del cutting edge del pensamiento cieníifico. Ahi, en el cutting edge, donde se la juegan los paradigmas, es donde puede haber construcciones, pero no en el cuerpo de la Ciencia, en las proximidades de su centro. Hoy dia sabemos positivamente que no hay generación espontánea (al menos, no en el sentido decimonónico), y ese conocimiento no es una construcción sociopolítica o cultural (si lo fue, como digo, en epoca de Pasteur); es una realidad científica contrastada.

Núcleo y “cutting edge”

Otro tanto podría decirse del experimento capitaneado por A. Eddington en 1919 para probar la teoría Einsteniana de la Relatividad en detrimento de la visión clásica newtoniana. La probatura resultante a partir de los datos recogidos por Eddington fue una construcción, nos aseguran los más actuales historiadores de la Ciencia, pero eso no quita que la posterior evidencia acumulada a favor de la Teoría de la Relatividad la haya consolidado abrumadoramente como nuevo paradigma. Pero, en efecto, los resultados de Eddington y la puesta de largo de la Relatividad ya en1919, no fue mas que una “decisión” (digámoslo así) intelectual, cultural, política.Tenemos pues que el contenido de la Ciencia responde a la Verdad o siquiera a una elevada probabilidad operativa (al menos su núcleo e inmediaciones, quizá no sus bordes o “cutting edge“, como decíamos arriba).

Algo completamente distinto sucede con la imagen popular de la Ciencia, las biografías, la prensa, las películas, el imaginario. Fleming es uno de los ejemplos. El extraordinario libro de John Waller Fabulous Science lo deja claro en su desmitificador capitulo Fleming’s dirty dishes. El escocés es universalmente aclamado desde la década de 1940 como el “descubridor de la penicilina”, pero según Weller, si hubiese que recopilar los méritos de todos los implicados en el desarrollo de esa molécula y su adaptación tecnológica y sanitaria -su colocación en la industria para su exitoso uso humano- parece que Fleming no entraría ni en la short list.

Fleming, ¿fuera de la short list?

En efecto, entre el accidental descubrimiento de las posibles propiedades antibióticas del hongo penicillum por parte de Fleming en 1928 y los ensayos clínicos y puesta a punto tecnólogica e industrial liderada por el mucho mas meritorio equipo de Florey hacia el final de los 1930 y principios de los 1940 pasaron pues quince años. En esa casi década y media,  el famoso escocés se desentendió casi por completo de la futura penicilina, por mucho que más tarde, a un tiempo con los desarrollos de Florey y compañía, la reclamara como suya (I wanted to see what you´ve been doing with “my old penicillin”, le soltó a Florey)  y apenas la menciona en sus papeles entre 1928 y los desarrollos del equipo del australiano en Oxford.

Este tipo de circunstancias histórico-biográficas son aprovechadas por los aguadores profesionales de la Ciencia para proclamar su caracter relativo y socialmente construido, pero tal cosa suele ser una charlatanería. Quizá la exagerada fama de Fleming y su leyenda se deban más a un malentendido propagado por la Prensa y unos cuantos biógrafos atolondrados, pero el carácter bactericida de la penicilina es una realidad prolíjamente descrita por la farmacología y por el magnífico impacto sanitario de la molécula, salvando de la muerte a innumerables seres.

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