Aubrey de Grey: vidas medidas en siglos

 En alguna ocasión de Grey ha insinuado que sus propuestas son algo así como la versión biomédica del trabajo de los hermanos Wright, aquellos pioneros de la aviación que en 1903 iban a abrir un camino espectacular, aunque muchos no daban un duro por el invento.

Las visiones del gerontólogo de Cambridge Aubrey de Grey son impactantes y de cristalizar  nos obligarían, en menos de un siglo, a reinventar el conjunto de nuestra civilización.

De Grey está empeñado en prolongar espectacularmente la vida humana. Que ésta pase a medirse en siglos y no en décadas. La máquina humana puede ir reparándose indefinidamente a medida que los años van dejando en ella su inevitable desgaste.

Aparentemente, de Grey es un friki de la ciencia. Pero la historia de la ciencia está llena de frikis que sólo lo eran en apariencia, en relación al marco mental del momento. En no pocas ocasiones, el transgresor ha acabado impulsando un cambio de paradigma, una manera radicalmente nueva de ver las cosas. Una de esas “revoluciones científicas” de Kuhn.

El tiempo dirá si de Grey es uno más de esos brujos que Jacques Bergier y Louis Pauwels hubieran incluido en su Matin de Magiciens, o bien un auténtico precursor a la Wright.

Vidas medidas en siglos (extracto)

Aubrey de Grey (Londres, 1963) es un hombre de ideas y horizonte científico bastante controvertidos. Su indudable carácter de visionario y su imagen exterior (con barba larguísima, como de “profeta”), hacen de él alguien muy reconocible, nada fácil de ignorar mediáticamente.

De Grey se nos presenta como un científico en el sentido más integral; sus enfoques acerca de cómo puede frenarse el proceso del envejecimiento son absolutamente racionales y testables. Pero su interpretación biológica, económica y cultural de esos procesos es lo que convierte al gerontólogo de Cambridge en un auténtico personaje.

Envejecimiento y cesación: procesos fisiopatológicos que podemos desafiar

Para Aubrey de Grey, el envejecimiento y la muerte no son consecuencias inamovibles de la (poéticamente) llamada condición humana. Si acaso, lo son de la actual condición humana. Y esa “condición” puede y debe cambiarse. Son la ciencia y la tecnología las que tendrán, o puede que incluso tengan ya, el poder de hacerlo. El envejecimiento y la cesación que lo remata no son pues ley de vida inmutable como lo ha considerado siempre la civilización.

Aubrey de Grey no cree desde luego que haya “poesía” alguna en los procesos de envejecimiento, ni los tiene por inevitables. Son tan sólo un conjunto de trastornos fisiopatológicos que van acumulándose y solapándose con el paso de los años, y que al final llevan a que la “maquina” humana reviente. Y a eso nuestra cultura lo llama muerte. Eso es todo. (…)

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Cremas cosméticas: ciencia y glamour

Muchas y muchos se han preguntado más de una vez si esas cremas tan bellamente anunciadas en todas partes, tan divulgadas por mujeres guapísimas (a veces demasiado jóvenes) funcionan realmente.

La pregunta no tiene fácil respuesta. La industria cosmética no sigue los mismos protocolos racionales o “científicos” ni se somete a las mismas exigencias legales que la industria farmacológica. Lo que no quiere decir, desde luego, que no investiguen e intenten  también determinar, en el laboratorio, si sus cremas funcionan o no, más allá del viejo (y eficaz) efecto puramente hidratante. Pero digamos que lo hacen, de una manera mucho más “laxa” que el sector de los fármacos.

La industria cosmética basa la mayor parte de su potencial no en “evidencias” experimentales publicadas, sino en el tremendo impacto del lenguaje publicitario. Y en la autosugestión de la consumidora o  consumidor. Todos y todas (consumidores, fabricantes y hasta publicistas) desean que funcionen, ya que todos se acaban arrugando.

Se ha dicho que, en algún caso, un determinado producto puede que sea eficaz y rejuvenezca el rostro de manera comprobable, pero que los fabricantes prefieren no comunicarlo de manera “formal” a los organismos científicos o autoridades sanitarias, ya que serían obligados a cosas que les podrían hundir el negocio. Como por ejemplo, la exigencia de receta médica.

Todo esto hace que, en el futuro previsible, la industria cosmética y sus productos sigan moviéndose más en el ámbito del glamour publicitario que en el de las publicaciones científicas.

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