La Tercera Cultura, según John Brockman

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El editor y agente cultural estadounidense se refirió en un ensayo de 1991 a lo que él entendía por Tercera Cultura. Los intelectuales humanistas tradicionales habían quedado obsoletos y su auto-referencialidad, sus comentarios de comentarios, su endogamia, los hacía inútiles ya para los propósitos intelectuales de los hombres y mujeres cultos de los noventa.

“Intelectuales empíricos”

Era la Ciencia empírica y sus profesionales quienes debían hacerse con la tribuna tradicionalmente ocupada por los humanistas. Esta interpretación de Brockman de la Tercera Cultura se alejaba de la propuesta por Snow en 1959, según la cual dicha tercera cultura debía ser un encuentro entre las dos culturas, la ciencia y las humanidades. Pero la actitud “frívola” de la intelectualidad postmoderna dio al traste con este proyecto. Ahora se trataría simplemente de desplazar a los intelectuales literarios, cambiarlos por los intelectuales empíricos, que eran los únicos que comprendían el mundo real.

El filón editorial de la divulgación científica y de los libros de ciencia para el público allanaron el camino a Brockman, que puso de largo sus criterios en 1995 con su libro The third culture: beyond the scientific revolution, que supuso algo así como la “investidura pública” de la nueva intelectualidad: Jay Gould, Pinker, Hawking, Davis, Margulis, Richard Dawkins….


La Tercera Cultura, versión John Brockman

Según Brockman, los intelectuales tradicionales están desfasados y han de ser simplemente desplazados por los científicos y “pensadores empíricos”.
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En el último siglo y medio ha ido agrandándose la brecha entre los dos grandes universos de la cultura: la ciencia y las humanidades. Más exactamente, las ciencias experimentales (o naturales) y el complejo ciencias sociales-humanidades (literatura, arte, historia).
En 1840 aparece por primera vez el término científico (en la obra Philosophy of Inductive Sciences, de William Whewell)*. Hasta entonces todo el mundo hablaba de filósofos naturales, siendo la Filosofía natural una rama del gran árbol de la Filosofía. Aunque ya en el mismo XIX se produjo alguna ambiciosa propuesta de integración (la “Sociología” de Comte), la bifurcación entre científicos y humanistas siguió su avance a lo largo de ese siglo y del siguiente. Eso sí, bajo el liderazgo social y cultural (hasta mediados del XX) de los intelectuales humanistas y literarios.
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Progreso imparable de la Ciencia
Pero la Ciencia Natural (Física, Biología, Medicina, Química) se desarrolla espectacularmente y su influencia en la Sociedad y la Política va agrandándose. La apoteosis se alcanza a en la década de 1940, con el Proyecto Manhattan de puesta a punto de la bomba atómica. Los físicos se convierten en las estrellas del momento. A partir de 1945, hablaremos ya de la Big Science: la ciencia actual, marcada por grandes equipos y presupuestos.
Los filósofos de la ciencia por su parte desarrollarán esforzados análisis, metodologías y criterios de demarcación y falsación (Popper). Pero van a remolque de la propia ciencia.
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Los sociólogos del “Programa fuerte”
En cuanto a los sociólogos, tradicionalmente se habían limitado al análisis del impacto social y cultural del objeto ciencia, pero sin atreverse a abrir la caja negra que era ese objeto: o sea, analizar también sus contenidos. En la década de 1970, desde la Universidad de Edimburgo, los sociólogos del llamado Programa Fuerte, iban a atreverse.
En línea con el pensamiento postmoderno, que pretendería que la ciencia es solo un entramado de textos (y en absoluto un “saber privilegiado”) y que el relativismo la alcanza igual que a culturas o creencias, los sociólogos del programa fuerte van a proponer un enfoque de la ciencia a veces decididamente constructivista. Según esto, la ciencia natural sería esencialmente un constructo cultural.
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Espiral intelectual postmoderna
Años antes, en 1959, en su famosa conferencia de Cambridge, Charles P Snow había alertado ya a la sociedad de su tiempo sobre la incomunicación entre las dos culturas, ciencia y humanidades, y la necesidad de crear un espacio común de encuentro: una tercera cultura, que las integrara.
Pero los sociólogos del programa fuerte y la actitud intelectual postmoderna en general, a lo largo de los años setenta y ochenta, no resultaron de mucha ayuda al antiguo proyecto “integrador” de Snow. En su análisis de la ciencia, los postmodernos se lanzaron a una espiral de textos constructivistas y cargados de ideología, de léxico a menudo ininteligible, pero que siempre traslucían una idea esencial: la ciencia es solo una construcción sociocultural y de ningún modo una crónica privilegiada de la realidad del mundo.
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Irritación de los científicos. La “broma” de Alan Sokal
En 1996, el físico estadounidense Alan Sokal, harto del carácter crecientemente confuso e irreal de los trabajos de la intelectualidad postmoderna, ideó un experimento” que habría de tener un gran impacto e iba a recrudecer las asperezas entre las ya famosas dos culturas.
Empapándose de la fraseología habitual de los intelectuales relativistas, Sokal escribe un artículo titulado Transgrediendo los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica. Sokal reproduce hábilmente la jerga postmoderna, recreando los usuales contenidos ideologizados, y adhiriéndose a sus cánones, pero redactando deliberadamente un texto sin el menor sentido.
Lo presenta a la revista Social Text, referente del pensamiento postmoderno de izquierdas. El artículo es aceptado, y encima con elogios. Tres semanas más tarde, Sokal revela la superchería: el artículo era solo un fraude, una “broma”. Para algunos, nada graciosa, desde luego.
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La Tercera Cultura, según John Brockman
En un ensayo de 1991, John Brockman ya había presentado su propuesta de Tercera Cultura. Según el editor y empresario cultural, los intelectuales humanistas tradicionales están desfasados. Son los pensadores procedentes del mundo empírico (los científicos, vaya) quienes realmente tienen que decirnos las cosas esenciales de la naturaleza del mundo y del ser humano. “Hoy día la cultura es la ciencia”, declarará con contundencia en una entrevista de 2005 al diario barcelonés La Vanguardia.
Esta acepción de la Tercera Cultura no vendría ya definida por la búsqueda de un diálogo entre los dos mundos culturales, como propugnara Snow, sino por la simple toma del espacio público y cultural por parte de estos “intelectuales empíricos”, desplazando a los humanistas. Que ya no serían necesarios, habida cuenta de su (supuesta) renuncia al diálogo, y su “frivolidad” postmoderna.
Como subrayando su tesis, Brockman edita en 1995 The Third Culture: beyond the scientific revolution, libro que recoge los trabajos e ideas de los científicos de mayor relumbrón del momento: Richard Dawkins, Paul Davis, Lynn Margulis, Stephen Jay Gould, Steven Pinker y otros.
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(*) En realidad, el propio Whewell ya había acuñado el término scientist algunos años antes en una reseña (inicialmente anónima) a una obra de Mary Sommerville, On the Connexion of Physical Sciences, pero lo hizo de una manera más bien jocosa. El termino no es presentado por Whewell de una manera seria y solemne hasta la mencionada Philosophy of Inductive Science, de 1840.
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