La “ciencia-ficción” de A. Tarkovsky: Solaris y Stalker

Stalker - Andrei Tarkovsky (73)

En la no demasiado extensa obra, de solo siete largos, del director soviético, existen dos películas que acostumbran a ser etiquetadas por los analistas como de “ciencia ficción”. Se trata de Solaris (1972) y de Stalker (1979).

Suele aducirse lo problemático de la definición del género. Pero la ciencia-ficción (science fiction) tanto literaria como cinematográfica, trataría de desarrollos ficcionales en los que la Ciencia, y por extensión la Tecno-Ciencia (es decir el binomio Ciencia-Tecnología) está presente como fundamento básico de esos desarrollos. Puede haber en la obra personajes de psicología compleja, que manejen difíciles asuntos morales, pero ello ha de ser siempre con la Ciencia como punto de referencia.

Solaris, 1972 

(…)

Solaris, la película, nos provee de un escenario típicamente “tecnocientifico”. Un planeta que es un ser vivo, una fisiología inaudita, que es además capaz, como vemos más tarde, de generar criaturas vivas tras escarbar en la conciencia de los terrestres, y basándose en dicha conciencia y sus contenidos (a Kelvin se le aparece su mujer, muerta por suicidio hace años). Dichas criaturas no son alucinaciones. Son seres materiales, y práctica (o totalmente) humanos, con toda su complejidad y capacidad de indagación, pero cuya unidad material básica son los neutrinos.

Pero Andrei Tarkovsky construye una película con fuertes connotaciones metafísicas y religiosas, y parece más preocupado por las relaciones entre Kelvin y Hari, su milagrosamente renacida esposa, así como las tensas discusiones con los otros dos habitantes de la colonia. (…)

Stalker, 1979
(…)

A pesar de las teorías racionales, la Zona parece claramente en manos de los dioses, en sentido metafórico o incluso literal. No rigen en ella las leyes de la física. Es un lugar al margen, donde todo puede suceder, pues la voluntad divina es inescrutable, como han proclamado siempre los textos sagrados de cualquier época. Y estos dioses que deben regir la zona, aunque nadie los haya visto nunca, pueden ser benévolos, clementes o con capacidad para el perdón. Pero también exigentes, arbitrarios y hasta crueles. Exactamente igual a los de la Tradición Humana, de cualquier civilización pasada.

Llegar a la Zona, a su centro (la mítica Habitación o Room), bajo la sabia dirección del iniciado, del Stalker (del “santo”, del hombre de fe) puede suponer “encontrarse” a uno mismo, comprender el universo, alcanzar el centro del laberinto existencial, satisfacer los deseos o la voluntad. La Zona, o la Habitación central, es tal vez una especie de purgatorio, con la promesa de un pequeño paraíso personal e interior esforzadamente logrado.  (…)

 
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