Atreverse a mirar

Sobre un cuadro de Joseph Wright

1768. Muy avanzada la centuria más clara. Harto del desamparo de siglos, el hombre ansía luz. El conocimiento basado en la evidencia (ese que hoy llamamos ciencia) y sus técnicas van a consolidarse. Wright va a crear una magnifica metáfora visual sobre la esencia del XVIII: el comienzo del fin del laberinto de sombras.

Un experimento con bomba de aire y pájaro. El vacío practicado implica la desaparición del oxígeno. La agonía del pájaro así lo demuestra. Se saca a la luz algo invisible: el oxígeno. Solo la ciencia y su método ha podido llevarnos a conocer la existencia del invisible e intangible oxigeno. Aristóteles nunca pudo saber de él. Le sobraba inteligencia, pero le faltaba el método. Siempre se le escapó algo esencial: el razonamiento más impecable puede estar equivocado. Hace falta agarrar el escalpelo y abrir, para poner el razonamiento a prueba.

Experimento con un pájaro en una bomba de aire, de Joseph Wright. La escena aparece iluminada en su centro, y las figuras sobresalen de las sombras como en el escenario de un teatro. Un tratamiento que recuerda los temas sagrados de la pintura de otros siglos. La visión científica del mundo y su herramienta, la ciencia experimental, es la nueva deidad y su fulgor alcanzará a todos.

Una deidad con características nuevas. Al contrario de las anteriores, su voluntad y sus caminos no son inescrutables. Se somete a leyes estrictas, y no se aparta en ningún momento de las reglas de juego. No jugará a los dados, como dijo famosamente Einstein, por lo menos a nivel macroscópico y práctico. Otra cosa serán los caprichosos diosecillos cuánticos, que nos aturdirán en el futuro.

En el centro del cuadro

La ciencia en el centro del cuadro. Cada figura responde de un modo diferente a su irradiación. Las niñas de la derecha se muestran compungidas ante el objeto del experimento, una de ellas aparta la mirada ante su “crueldad”. Parece sollozar. El pájaro está muerto o va a morir enseguida, asfixiado por el vacío. O tal vez se salve. El cuadro es ambiguo. En cualquier caso, ese pájaro es la vida animal que en ocasiones no queda más remedio que aniquilar. Si hemos de profundizar en un conocimiento vital no solo para nuestra ansia de saber, sino para nuestras necesidades de supervivencia.

La niña aparta la mirada. Mucha gente con ella aparta la mirada ante la ciencia, temerosa de sus resultados, que pueden ser tan mortíferos para sus bellas ideologías como lo han sido esta vez para el pobre pájaro. Pero hemos de escoger camino: sueño o realidad, poesía o verdad. No es que no puedan coincidir, pero a lo mejor no coinciden.

Para el conocimiento del universo no basta con el pensamiento puro al contrario de lo que parecían defender algunos griegos. Exige bisturí y apertura en canal. Exige manipulación, a veces cierta crueldad. La alternativa es lo que hicimos durante milenios: sentarnos a especular, extenuar el pensamiento, filosofar.  Levantar majestuosos edificios conceptuales sin apoyo experimental. Francis Bacon, entre otros, nos señaló otro camino. Y ese camino pasa por aniquilar al pájaro si es necesario. O por descubrir en él, o en nosotros, cosas feas.

La selección natural es fea, la lucha por la supervivencia es egoísta y  fea. Algunas de nuestras profundas pulsiones son feas. Es fea la entropía, la muerte térmica del universo. Lo son el desgaste fisiológico, la decrepitud, la cesación. La muerte del pájaro es muy fea. Conocer la realidad comporta conocer y asumir sus fealdades, plantarles cara. Y a veces hacer cosas que, según una ética exquisita, pueden ser feas.

Una luz bella y maligna

No. No acabamos de atrevernos a indagar en la naturaleza humana de manera plenamente científica. No vaya a ser que en el fondo sea más bien fea. Apenas hemos empezado a hacerlo. Preferimos parapetarnos tras las hermosas teorías, esas que algún día tendremos que testar en el laboratorio, como si dijéramos.  Habremos de tomar una decisión, y acaparar fuerzas y talento para la gestión de una realidad tal vez immisericorde. No olvidemos que la propia ciencia puede ayudarnos a cortar por lo sano y alterar la propia naturaleza humana, si esta se revela moralmente insufrible.

El cuadro de Wright. El círculo de seres tocados por la súbita claridad. El filósofo natural ocupa el centro del cuadro y nos mira, y su mirada lo desborda hasta incluirnos a nosotros, espectadores, como exigiendo una respuesta.

No es poco el drama que la aparición de la ciencia representa. Su luz puede ser bella y también maligna, y su impacto en las figuras, en los distintos seres es diversa. A la izquierda de la imagen, una parejita se muestra indiferente. El galán le susurra algo a la maja, el conocimiento puede ser también vanidad, vacuidad. El hombre del ángulo inferior derecho parece sumido en la preocupación ética ante lo que ve. El instructor de las muchachas parece rendirse al placer de la transmisión del saber. Curiosidad en el hombre de la izquierda, quizá sentido de la maravilla. Indiferencia en el muchacho de la derecha, tiene trabajo que hacer. En las niñas, la emoción básica, la que protagoniza el cuadro, es la aversión, el temor.

Filosofía y Ciencia. En el amplio repertorio de modelos filosóficos nos es dado escoger. Podemos ser epicúreos, vitalistas, existencialistas, pesimistas, platónicos, empíricos. Cada modelo es una visión del mundo y podemos adoptar el que más se adecue a nuestro temperamento. Pero la realidad de lo natural, la verdad de la médula de las cosas, solo es una. El ciclo de Krebs es uno y no otro, y la gluconeogénesis es una y no otra, y la gravedad es una y no otra. Y no hay escapatoria. Y si la hay, es falsa: llevar el constructivismo a las entrañas mismas del mundo.

Aquel espejo en el camino, de Stendhal. Eso es la ciencia. Un espejo sobre la realidad. Otra cosa es que nos atrevamos a mirar.

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