El universo y sus propósitos

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¿Tiene el universo un propósito? Tremenda pregunta, de supuesto gran calado filosófico. El sentido, el fin, la meta, el propósito. Los filósofos y pensadores especulativos acostumbran a plantearse preguntas de este tipo, y suelen también señalar que tales cuestiones marcan un ámbito inalcanzable para la ciencia y la investigación empírica del mundo natural. Por su parte, los físicos, o la mayoría, suelen eludir la cuestión. Argumentan que la pregunta no “tiene sentido” (justamente!) desde una óptica científica, o prefieren dejar la cuestión en manos de los profesionales del sentido.

Razones del “rasgo”

Desde un punto de vista rigurosamente materialista y fisicalista, podríamos argumentar que las preguntas existenciales y de gravedad filosófica tienen significado solo para las peculiares criaturas que somos (homo sapiens sapiens, según nos clasifican los zoólogos), y ello porque hay un rasgo de nuestro cerebro que así lo determina. El proceso evolutivo y sus mecanismos nos ha otorgado dicho rasgo (la búsqueda de sentido o propósito) por razones de eficacia y supervivencia, pero qué razones son esas es algo  que no hemos conseguido establecer, o no del todo. Es fácil imaginar por qué la evolución nos ha dotado, por ejemplo, en un contexto de supervivencia, de manos capaces de sujetar con firmeza y precisión. Agarramos armas y herramientas con asombrosa destreza, lo cual fue devastador en su dia para los otros animales: nuestra alimentación pasó de las bayas a los bistecs. Pero ¿ qué pasa con cosas como el sentido artístico y sus ensoñaciones, rasgos radicalmente humanos, y que no logramos entender qué propósito pueden tener cara a la eficacia de la transmisión de los genes egoístas?

El tubo recoge un debate de casi dos horas sobre el difícil asunto del “propósito” del universo. Ahí es nada. Intervienen, entre otros, pesos pesados del pensamiento escéptico como Richard Dawkins o Michael Shermer. El debate no va a resolver la cuestión, que es irresoluble, pero aporta chorros de ideas y argumentos.

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James Lovelock y la energía nuclear

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El antiguo gurú ecologista sorprendió en 2004 con su defensa de la energía nuclear para hacer frente al calentamiento global.

James Lovelock (Hertfordshire, 1919), además de científico de primera línea, ha sido una de las figuras más importantes en la historia del movimiento ecologista, y un gurú de la conciencia verde. Ha estado en el candelero desde hace décadas. En los años sesenta, trabajando para la NASA, se encargó del desarrollo de instrumentos cuya función había de ser estudiar la superficie y la atmósfera marcianas, con vistas a la posibilidad de que pudiera haber algún tipo de vida. Fue al hilo de estas investigaciones que Lovelock acabaría más tarde desarrollando su hipótesis Gaia para el propio planeta Tierra, que enunció por primera vez en 1970.

La hipótesis Gaia

El nombre le fue sugerido por el entonces vecino de Lovelock, el escritor William Golding, a partir de la diosa griega de la tierra primordial. La hipótesis Gaia concebía a la Tierra como un gigantesco sistema homeostático global capaz de autorregularse, del mismo modo que lo haría un organismo individual o una de sus células. Cuando se produce una variación en las condiciones (temperatura, presión, concentración), el sistema responde de manera que se recupere el equilibrio. Según Gaia, la Tierra funcionaría de este modo, como un gran sistema. La hipótesis, que cuenta con algún trasfondo místico, fue criticada en su día por colegas científicos como Richard Dawkins o Stephen Jay Gould.

El calentamiento global y el inminente desastre

Aparte de sus credenciales ecologistas y su autoría de la hipótesis Gaia, Lovelock se ha destacado por ser uno de los científicos y ecologistas que con más fuerza tratan de alertar sobre los peligros del calentamiento global. Lovelock defiende sin dudarlo la teoría (mayoritaria) de que la acumulación del CO2 generado por los combustibles fósiles es la causante directa del calentamiento global. Algo por tanto nuevo en la historia de la Tierra y achacado exclusivamente a la civilización humana.

Pero lo que distingue a Lovelock es su visión, para muchos exagerada y apocalíptica, de las consecuencias que traerá dicho calentamiento global. No serán solo devastadoras, sino casi inmediatas. Para Lovelock, dentro de menos de un siglo, hacia el 2100, habrá desaparecido entre el 80% y el 90% de la población actual. De hecho en solo unos treinta años, hacia el 2040, empezará a avistarse ya la catástrofe de manera evidente. El calentamiento global llevará a la inundación de ciudades como Londres, Nueva York o Tokio y desaparecerán bajo las aguas regiones enteras, como Bangladesh o Florida. Esta catástrofe llevará a la ruina total a millones de personas que perderán sus hogares y deberán huir desesperadamente a lugares como Canadá o Australia.
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Las reg

iones del trópico serán inhabitables. Los desiertos avanzarán hasta latitudes tan al norte como París o Berlín. El impacto social y económico será terrible. La desesperación y los enormes flujos migratorios llevarán al hundimiento de la civilización y a una nueva edad media. Para Lovelock, es fundamental que sobreviva el máximo número de ciudades (en el interior) para mantener las brasas de la civilización, y que dichas ciudades puedan ser energéticamente viables.

Lovelock se distancia del resto de apocalípticos del calentamiento global con la receta propuesta: para substituir a los combustibles fósiles no hay que apostar por las energías renovables, sino por la energía nuclear. Para el creador de Gaia, las energías renovables se encuentran en un estado muy poco avanzado, y son del todo insuficientes de cara a nuestras actuales necesidades energéticas. Es imposible que las grandes ciudades puedan abastecerse solo con energía eólica. Y no tenemos tiempo suficiente, según el científico y ecologista, para convertirlas en fuentes principales de energía.

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