Tarkovsky: Stalker (1979)

“Stalker” es, junto con “Solaris”, la otra obra de Tarkovsky considerada del género de la ciencia-ficción. ¿Pero qué hay realmente de ciencia en ella?

La clave de Stalker es la Zona. Esta es un área geográfica donde pueden ocurrir sucesos al margen de la lógica natural y de las leyes físicas. Según se nos cuenta, existen varias teorías y/o especulaciones en relación a los orígenes de la Zona. Algunas científicas o racionales, otras más “espirituales”.

El impacto de un meteorito o el aterrizaje de una nave extraterrestre en el paraje son algunas de las explicaciones más “racionales”, aquellas que se resisten a abandonar la esfera de lo natural. Tras estos posibles sucesos, y la siguiente liberación de energía y radiación intensas, con el tiempo se fueron produciendo “mutaciones” de la textura física de la Zona, que la llevan a una naturaleza y funcionamiento distintos del resto de la Tierra.

La Zona, otro enigmacomo Solaris

La Zona ha impactado en la cultura terrestre del mismo modo que el oceáno de Solaris, que originó la Solarística y las mayores zozobras intelectuales y morales. La percepción humana de la Zona está totalmente impregnada de folklore. El lugar está acordonado por la policía y el ejército, y el Gobierno prohibe a la población la entrada. Los Stalker son hombres que de modo ilegal sirven de guías a quienes quieren aventurarse en la Zona. Han experimentado la “llamada” de la Zona, como los santos la del Señor, y son capaces de recorrer sus caminos y señalarlos a otros.

La Zona tiene en realidad aspecto de industrial wasteland, como si se tratase de un complejo industrial quebrado y abandonado, lleno de detritus y restos de una pasada actividad, que parecen contaminar la inicial pureza y verdor del entorno natural, de los prados y bosques. Puede llegarse a la Zona en un vagón a través de las vías del tren, una vez burlada la vigilancia policial.

En manos de los dioses

A pesar de las teorías racionales, la Zona parece claramente en manos de los dioses, en sentido metafórico o incluso literal. No rigen en ella las leyes de la física. Es un lugar al margen, donde todo puede suceder, pues la voluntad divina es inescrutable, como han proclamado siempre los textos sagrados de cualquier época. Y estos dioses que deben regir la zona, aunque nadie los haya visto nunca, pueden ser benévolos, clementes o con capacidad para el perdón. Pero también exigentes, arbitrarios y hasta crueles. Exactamente igual a los de la Tradición Humana, de cualquier civilización pasada.

Llegar a la Zona, a su centro (la mítica Habitación o Room), bajo la sabia dirección del iniciado, del Stalker (del “santo”, del hombre de fe) puede suponer “encontrarse” a uno mismo, comprender el universo, alcanzar el centro del laberinto existencial, satisfacer los deseos o la voluntad. La Zona, o la Habitación central, es tal vez una especie de purgatorio, con la promesa de un pequeño paraíso personal e interior esforzadamente logrado.

El científico y el escritor, los “clientes” del Stalker

Un científico y un escritor son esta vez los “clientes” del Stalker. Supuestamente quieren satisfacer sus deseos, suponiendo que sepan en qué consisten, y llegar a la legendaria Habitación, que es el centro mismo de la Zona, lugar donde en apariencia todo se cumple y se concede. Un científico y un escritor, que pueden rápidamente simbolizar las dos grandes áreas humanas, la ciencia y las humanidades, razón y sentimiento, tecnología y arte.

El Stalker los guía con la misma voluntad, a un tiempo aprensiva y firme, del santo o del mártir. Un Virgilio que lleva de la mano a sus Dantes. Sin renunciar al sermón moral en relación al sentido o su ausencia. El hecho de que las existencias necesiten Zona alguna. El Stalker como profeta o místico.

Llegan a la Habitación, sortean los muchos peligros derivados de la ausencia de leyes físicas, de la completa impredictibilidad de la Zona. Pero no parece que el supuesto objetivo final, el orden mental y emocional, la consumación de lo que en nosotros arde o la final liberación de las desdichas, sea compatible con nuestro mundo humano, con Zona o sin ella.

La tecnociencia, ausente en Stalker

No hay apenas Ciencia en Stalker, al margen de algunas de las teorías del supuesto origen de la zona. Las causas de la peculiar textura de la realidad en la Zona pueden ser naturales y cognoscibles, como pretende el científico. El meteorito, el aterrizaje extraterrestre. La posterior radiación intensa.

Pero esto es algo demasiado vago para considerar Stalker como ciencia ficción o concluir que la Ciencia ocupa en ella un papel relevante. La Zona puede haber sido perfectamente una creación caprichosa de los dioses o de seres sobrenaturales, y si esto fuera así, la arquitectura de la película, los diálogos metafísicos, su clima espiritual, no se verían afectados en lo más mínimo.

Tarkovsky, Lem y la Tercera Cultura

Stanislaw Lem, el autor de Solaris, la novela original en que se basa la otra película de “ciencia ficción” del director soviético, es claramente una figura a reivindicar por la Tercera Cultura, esa especie de nuevo paradigma que, entre otras cosas busca integrar Ciencia y Humanidades. En su obra, Lem suele colocar a la Ciencia en el centro del escenario, para recorrer a partir de ahí todo tipo de caminos de gran calado humanístico.

Escritores, cineastas, pensadores gozan de una consideración cambiante en función de las modas intelectuales de cada siglo. Podemos especular con que, a mediados de este XXI, podría aclamarse a Lem como uno de los grandes del siglo XX, acaso un Kafka o un Dante de la era científica, una vez (si esto finalmente sucede) la Tercera Cultura se convierta en nuevo paradigma.

Tarkovsky es un caso distinto. Tras este pequeño análisis, hemos de concluir que hay muy poca Ciencia en su obra, es decir, en sus dos películas de “ciencia-ficción”. Presencia limitada y secundaria en Solaris (tal y como explicábamos en nuestro anterior artículo sobre el tema) y casi nula en Stalker. Con lo cual podríamos considerar a Andrei Tarkovski como un rico y complejo autor, una de las cimas del arte cinematográfico, pero un autor estrictamente humanístico.

Publicado originalmente en Suite 101

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