Stanislaw Lem: ciencia y “condición humana”

La obra de Stanislaw Lem es uno de los hitos de la literatura del siglo XX. La importancia de la ciencia en sus novelas y relatos ha sido causa de una cierta infravaloración de su figura por parte de los críticos literarios y aquellos que desde el mundo académico deciden qué autores son depositarios de las glorias literarias. El origen está en, como no, el lamentable  y persistente hueco intelectual entre la ciencia y las materias humanísticas, y el desprecio hacia aquella por parte de los académicos de humanidades, su complaciente ignorancia científica.

Por esa presencia de la ciencia y la tecnología en sus escritos, Stanislaw Lem ha sido absurdamente etiquetado como autor de “ciencia-ficción” lo cual unido a los prejuicios que existen hacia ese género en el mundo de la alta cultura literaria, ha dado como resultado que al autor polaco se le valore muy por debajo de otros autores que en realidad a su lado no son más que pigmeos. Su obra, en cualquier caso, al menos en algunos de sus mejores títulos como Solaris, Fiasco, El invencible o La voz de su amo, constituye el más impresionante ejemplo de integración intercultural de la literatura del siglo pasado. La ciencia está imbricada en la narración, y forma parte de la “condición humana”. En Lem, autor con background científico pero con profundas preocupaciones humanísticas, se da una autentica unidad epistemológica entre los dos mundos. Lo cual lo convierte en una referencia para el inmediato futuro. Tal vez su hora suene a mediados de este siglo.

Solaris: una “ciencia-ficción” humanística

Solaris fue publicada por primera vez en Varsovia, en 1961, en lengua polaca. La traducción al francés data de 1966, y dicha traducción fue la base de la edición inglesa posterior. A pesar de la importancia y popularidad de la novela, sigue sin existir traducción directa al inglés desde el original polaco. En español, ha aparecido hace muy poco una versión directa (Impedimenta).

Hasta la fecha, se han rodado tres películas basadas en Solaris: la de Nicolai Nirenburg (URSS, 1969), la de Andrei Tarkovsky (URSS, 1972) y la de Steven Soderbergh (EEUU, 2002).

La historia se desarrolla en un planeta extraño, Solaris, casi totalmente cubierto por un enorme océano. Para estupefacción de los investigadores terrestres, este océano resulta ser en sí mismo el único ser “vivo” y consciente que hay en el planeta. Un ser inclasificable, incomprensible.

Solaris nos presenta así un escenario propio de una novela de ciencia-ficción pero con abundantes resonancias humanísticas. La Ciencia se ve acompañada por todo el repertorio intelectual humano: psicología, filosofía, literatura, historia, antropología, tradición. Y sobre todo, Solaris nos provee de un potente ejercicio de indagación sobre la condición humana. Algo siempre del gusto de la crítica literaria tradicional.
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El océano de Solaris: una inteligencia incomprensible
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El tema básico de la novela es la dificultad (o imposibilidad) por parte del hombre de comunicarse con una forma de vida y de conciencia totalmente extraña, inaudita. Y de rebote Solaris es también una reflexión sobre la propia inteligencia humana, su significado, sus límites.

El psicólogo Kelvin es llamado a Solaris desde la Tierra para clarificar ciertos extraños sucesos que están ocurriendo en la estación terrestre que se encarga de investigar la naturaleza del océano. El planeta Solaris había sido descubierto aproximadamente un siglo antes, según nos cuenta la historia.

La Solarística: la ciencia de Solaris

A lo largo del siglo transcurrido desde el descubrimiento, han sido muchas las idas y venidas, las especulaciones acerca del enigma Solaris. Ha aflorado una vasta rama multidisciplinar del conocimiento, la llamada Solarística, pretendida ciencia del océano solariano. A lo largo de las décadas, estos estudios han intentando en clave científica, filosófica o humanística avanzar en el conocimiento del ente más misterioso de la experiencia humana.

La Solarística ha generado ensayos, tesis, narraciones, vastas enciclopedias. Pero ha tenido que conformarse las más de las veces con ser una ciencia básicamente descriptiva de los fenómenos. Y casi renunciando a su comprensión, a acceder al patrón o dibujo. Pero el impacto e influencia del planeta consciente ha sido muy grande en el conjunto de la cultura de la Tierra.

Kelvin llega a Solaris. Aparición de los “visitantes”

Cuando Kelvin llega a Solaris, hace poco que la estación ha puesto en marcha una nueva estrategia para el estudio del planeta: un bombardeo de radiación de alta energía, en un intento ya casi desesperado de que el planeta responda o tome conciencia clara de la presencia humana. Y el planeta responde, con lo que algunos enigmas se resuelven. El océano es en efecto consciente, más allá de toda duda, la masa de agua y sus componentes forman un enorme protoplasma, una misteriosa fisiología. Un alucinante organismo.

¿Y en qué consiste la respuesta del océano? Tanto a Kelvin como a los otros habitantes de la estación se les aparecen, en la intimidad de sus habitaciones, misteriosos visitantes. Son seres con apariencia completamente humana que forman parte del pasado de cada uno de los científicos terrestres. A Kelvin se le aparece Harey, su mujer, que se suicidó años atrás, tras romper Kelvin con ella.

De entre los muertos. Como la Madeleine de Hitchcock

Esta “Harey” está hecha de carne y de sangre y comparte bastantes cosas con la Harey original. Pero ha sido “creada” por el océano, mediante un proceso material y cognitivo incomprensible. Escarbando en la mente de Kelvin, mirando a su trasluz, leyéndola.

En un primer momento, “Harey” es una borrosa versión (en lo emocional y psicológico) del original, ya que piensa y siente solo en base a lo vivido en su día con Kelvin. Todo lo que hay en ella ha sido tomado por Solaris de la mente del psicólogo. Por lo demás, “Harey” es totalmente humana (aunque su unidad fundamental, como se nos revela, son los neutrinos), y cuenta con capacidad de reflexionar, indagar y amar. A partir de su surgimiento, cambia y evoluciona como cualquier ser humano.

El océano “experimenta” con los humanos

El planeta ha “visto”, pues a los terrestres, y parece experimentar, jugar, quizá “dialogar” con ellos, a través de los “visitantes”, y sus demás creaciones. Manipula sueños, anhelos, secretas corrupciones. El significado de la actividad del planeta es desconocido. Nadie sabe, ni puede saber, si el océano es una especie de autista, si trata de comunicarse, o es solo un niño emborronando papel.

El universo es gigantesco, y las posibles formas de vida que en él habiten pueden ser inconcebibles. Es posible que a lo largo de este XXI, ciencia y humanidades se conviertan al fin en algo unificado y compacto, a través de una invasión de la cultura por parte de la neurociencia. Quizá llegue entonces el gran momento crítico de Solaris y del resto de la obra de Stanislaw Lem.

Artículo original 

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