La larga cadena de los siglos

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Sobre El Fin de la Eternidad (Isaac Asimov)

El Tiempo y su definición han dado mucho trabajo tanto a filósofos como a científicos. “Si no me lo preguntan, sé lo que es; si me lo preguntan, no lo sé“, dijo San Agustín, sobre el escurridizo concepto de Tiempo. Aparte del sabio de Hipona, otros grandes pensadores como Bergson o Heidegger se han ocupado de él. En Ciencia, existen diferentes enfoques a la hora de tratar el Tiempo: el clásico, el relativista, el cuántico.

El Tiempo ha dado también mucho juego literario. Al gran antecedente de The Time Machine (1895) de Wells, se le han sumado muchas otras obras de mérito. Una de las más relevantes es El Fin de la Eternidad, del gran divulgador científico y autor de ciencia ficción Isaac Asimov (1920-92).

La novela es ante todo una especie de thriller tecnológico, centrado en el Tiempo y su manipulación, con personajes eso sí unidimensionales, de escasa entidad psicológica, típicos de la literatura pulp. Pero El Fin de la Eternidad, además de un ágil e inteligente divertimento, nos permite reflexionar sobre las implicaciones que tendría la existencia de una gigantesca civilización (extra)-temporal con capacidad para manipular los destinos de las criaturas humanas que  se suceden a lo largo del rio del Tiempo.

El Fin de la Eternidad, de Isaac Asimov 

Publicada por primera vez en 1955, El Fin de la Eternidad es para muchos una de las mejores novelas de su autor. En la década de los cincuenta, Asimov se encontraba en plenitud de forma, y varios de sus clásicos de la llamada ciencia-ficción datan de esta época. En 1958 abandonaría el género para centrarse básicamente en la divulgación científica y humanística. No retomaría la ciencia-ficción hasta 1972.

En la literatura de ficción científica es vital que el autor sepa levantar un mundo alternativo en el espacio o en el tiempo, que sea creíble y coherente. Es ahí donde luego habrá de insertar a los personajes y desarrollar sus tramas. En El Fin de la Eternidad, estamos ante un universo extraño, pero sólido y rigurosamente construido, algo fundamental para que se asiente una historia de este tipo.

La Eternidad

La Eternidad es una monumental organización que está fuera del tiempo, al margen de la larga cadena de los siglos. A través de la Ingeniería Temporal, controla el tiempo, más exactamente los siglos que van del 27 (de nuestra era) al 70.000. Los hombres de la Eternidad, o eternos, se hallan al cuidado de la historia humana. Estudian la sociedad, la política y la cultura de cada siglo. Su ciencia, su tecnología, su arte o la psicología de sus gentes. Para ello disponen de una población de especialistas que habitan la Eternidad y se dedican a ella en cuerpo y alma. Programadores, analistas, sociólogos, ejecutores, aparte de un ejército de técnicos de mantenimiento.

Su supuesto objetivo es el permanente aumento de la suma global de la felicidad humana. Analizan la realidad de los siglos, y se permiten alterar dicha realidad cuando lo creen conveniente. Ciertos técnicos de la Eternidad (los llamados ejecutores) son los encargados de insertar un pequeño cambio introduciéndose en un determinado siglo. Un microcambio puede dar lugar a resultados espectaculares remontando la flecha del tiempo. Un ejecutor atasca el embrague de un vehículo, su propietario llega tarde a una conferencia técnica que había de generar en su mente una idea capital. Entonces un desarrollo tecnológico no tiene lugar, y no aparece en la realidad un determinado tipo de arma, lo que evitará una guerra en el futuro o cambiará su signo. Todo esto es previamente estudiado al detalle por analistas, programadores y sociólogos.

Eternos y temporales

Existe también la figura del Observador. Se introduce en un determinado siglo, examina tendencias, cambios de mentalidad potencialmente peligrosos, nacimiento de mitologías que comporten riesgos o catalicen disturbios o alteraciones indeseadas. Luego, suministra información para un Proyecto de Cambio. Los habitantes de la Eternidad pueden moverse a través de los siglos usando unos dispositivos (especie de cámaras móviles o ascensores) de una inconcebible tecnología temporal

Los siglos donde habita la gente normal, los temporales, conocen la existencia de la Eternidad, pero creen que se limita a mediar en el comercio material entre los siglos, corrigiendo desigualdades. No tienen ni idea de su capacidad de intervenir en la historia humana e introducir cambios en la realidad. Las ecuaciones de los eternos definen con solvencia el entramado de la realidad social y cultural humana. Las ecuaciones les dirán qué cambios hay que introducir para alcanzar el resultado deseado. Al igual que en el ciclo de las Fundaciones, Sociología y Psicología no son aquí humanidades, sino ciencias duras con base biológica y denso aparato matemático.

Fineternidad_0.previewSiglos Ocultos y Tiempos Primitivos

Más allá del siglo 70.000 se extienden los Siglos Ocultos. Los ascensores temporales pueden llegar allí, detenerse en las “estaciones” (creadas mediante una tecnología de replicación ilimitada de la materia), pero por alguna razón desconocida no puede penetrarse en esos siglos. La Eternidad prefiere ignorarlos y centrarse en ese intervalo del 27 al 70.000 que puede controlar. Pero los Siglos Ocultos son un inquietante misterio. Circula la teoría de que en ellos habitan hombres superevolucionados, hostiles a la Eternidad.

Si en el hipertiempo (futuro) de la Eternidad están los oscuros Siglos Ocultos, en el hipotiempo (pasado) se encuentran los Tiempos Primitivos, que abarcan hasta el siglo 27. Los Tiempos Primitivos (de los que forman parte nuestros 20 y 21) son anteriores al establecimiento de la Eternidad en el 27. Aquí la realidad es rígida y no puede alterarse mediante la ingeniería temporal de los eternos. Aunque sí existen técnicas para visitar esos siglos.

Personajes

Frente a la agilidad de la trama y el habilísimo dibujo del escenario técnico, son los personajes el punto flojo de la novela. No estamos aquí ante personajes de psicología y motivaciones vigorosamente trazadas. No sabemos gran cosa de ellos, aunque su complejidad sea algo mayor que en otras obras de Asimov.

El protagonista es Andrew Harlan, un eterno cuyo cargo es el de ejecutor. Es frío y eficiente, entregado a la causa. También es un auténtico nerd de los cincuenta (la novela es de 1955). En un momento dado, el ejecutor se nos enamora. La elegida es Noys Lambert, elegante aristócrata de visita en la Eternidad y procedente del 482, siglo clasista y de desigualdades sociales. Uno de los siglos donde se proyecta un cambio de realidad, que sus habitantes evidentemente ignoran por completo. El cambio de realidad supondrá además una alteración en la naturaleza e identidad de la amada. La trepidante narracióntecno se convierte por momentos en una historia de amor, y el aturdido Harlan va a tomar decisiones que no hubiera creído posibles.

Un Estado totalitario

La Eternidad es en realidad un Estado totalitario, por muy bienintencionada que se considere a sí misma en sus teorías. Una especie de totalitarismo ilustrado. Esos análisis concienzudos, las alteraciones y retoques de la realidad, todo eso que hace para aumentar supuestamente la suma de la felicidad humana, puede también conducir al anquilosamiento de la Especie. Por lo pronto la libertad humana queda gravemente comprometida por esa élite de eternos, que se han arrogado metas éticas sin que nadie se lo haya pedido.

El racional e individualista Asimov tiene claro que al hombre hay que dejarlo libre, con sus errores, tragedias, ilusiones y retos. Solo de ahí puede surgir la grandeza y no la mediocridad autocomplaciente o la cárcel de las ideologías. El Fin de la Eternidad puede leerse perfectamente como un canto a la libertad individual, contra la intromisión de un Estado agobiante de a menudo falsa impecabilidad ética.

Publicado en Suite 101

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