La depresión en Hamlet

La depresión ha sido una antigua compañera del ser humano a lo largo de las épocas, al margen de las distintas interpretaciones que de ella se hayan hecho en cada momento.  El impacto de la clásicamente llamada melancolía en la cultura y la experiencia humanas se ha hecho notar con mucha frecuencia. Un gran ejemplo lo tenemos en Hamlet. Esta tragedia de Shakespeare, al margen de ser una obra dramática de gran altura estética, podemos también considerarla como la declamación poética de un melancólico. Es decir, en lenguaje actual, de un depresivo.

Es posible pensar que las grandes dotes de observación de William Shakespeare, al margen de sus talentos como dramaturgo, le llevaran a la construcción de un personaje no solo literariamente impecable, sino capaz de dar cumplida cuenta en escena a través de sus soliloquios del negro estado de ánimo típico de un individuo que sufre depresión.

Hay varios desencadenantes para la depresión de Hamlet: la muerte del padre, el matrimonio de su tío con la madre, la usurpación, el descubrimiento del asesinato del padre. Los parlamentos del  atormentado príncipe nos dan prueba de una melancolía cada vez más sombría e intensa. Y a lo largo de la obra se nos muestran además otros rasgos típicos del depresivo, como la inacción y la parálisis, la negatividad, el sinsentido o la incapacidad para tomar el control de la propia vida.

Algunos comentaristas han ido más allá y han señalado que Hamlet sufre una depresión maniática, ya que existen momentos en los que el príncipe parece salir del abatimiento y lanzarse a una actitud más alegre y activa. También aparecen síntomas de esquizofrenia y posibles alucinaciones.

Hamlet es por tanto, una obra que ha de fascinar no solo por su altura dramática, sino por ser al mismo tiempo un sutil testimonio clínico en clave poética del estado de ánimo depresivo, de sus síntomas y comportamientos.

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Ray Bradbury (1921-2012)

“Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblo marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa.

Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas. “

Crónicas Marcianas (1950)

Bradbury transfigura con su poesía mundos y objetos cuya acceso y realidad solo la ciencia y la tecnología harán, o han hecho ya, posibles. Ciencia y tecnología nos descubren enigmas y recovecos nuevos del mundo, o nos señalan el camino para crear objetos nuevos. Mutiplican los objetos y espacios frente a los que se maravilla el esteta.

La sensibilidad hace del mundo una fiesta estética. Uno de los fines de la ciencia ha de ser ensanchar ilimitadamente el escenario físico de esa fiesta.