Ray Bradbury (1921-2012)

“Tenían en el planeta Marte, a orillas de un mar seco, una casa de columnas de cristal, y todas las mañanas se podía ver a la señora K mientras comía la fruta dorada que brotaba de las paredes de cristal, o mientras limpiaba la casa con puñados de un polvo magnético que recogía la suciedad y luego se dispersaba en el viento cálido. A la tarde, cuando el mar fósil yacía inmóvil y tibio, y las viñas se erguían tiesamente en los patios, y en el distante y recogido pueblo marciano nadie salía a la calle, se podía ver al señor K en su cuarto, que leía un libro de metal con jeroglíficos en relieve, sobre los que pasaba suavemente la mano como quien toca el arpa.

Y del libro, al contacto de los dedos, surgía un canto, una voz antigua y suave que hablaba del tiempo en que el mar bañaba las costas con vapores rojos y los hombres lanzaban al combate nubes de insectos metálicos y arañas eléctricas. “

Crónicas Marcianas (1950)

Bradbury transfigura con su poesía mundos y objetos cuya acceso y realidad solo la ciencia y la tecnología harán, o han hecho ya, posibles. Ciencia y tecnología nos descubren enigmas y recovecos nuevos del mundo, o nos señalan el camino para crear objetos nuevos. Mutiplican los objetos y espacios frente a los que se maravilla el esteta.

La sensibilidad hace del mundo una fiesta estética. Uno de los fines de la ciencia ha de ser ensanchar ilimitadamente el escenario físico de esa fiesta.

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