Nota sobre Gravity

GRAVITY

Hace un par de días por fin me puse a ver Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), alrededor de un año después de su estreno aclamado y rutilante. Usé la pantalla (de buen tamaño, eso sí), de mi viejo y pesado laptop del año 2009.

Ya sé que la película estaba pensada para verse en 3D y en pantalla gigante. Para vivir una magnífica experiencia visual a gran escala. A pesar de ello, la grandeza del escenario y sus imágenes (incuestionablemente breathtaking) me alcanzaron. Ahí, en la pantalla de un anticuado y quejumbroso laptop, Gravity se las arregló para hacerme soñar. La película de Cuarón no tiene ni de lejos (aunque se haya insinuado) la densidad filosófica de 2001, Una Odisea del Espacio o el Solaris de Tarkovsky. Aunque eficacísima, su historia es bastante simple. Es un thriller espacial, sin duda manejado con maestría por su director. Pero su “gravedad” (valga el juego de palabras) no es del tipo, digamos, intelectual o metafísico.

Ni siquiera es, en sentido estricto, ciencia-ficción. Al menos no en el sentido hard. Neil deGrasse Tyson y otros han señalado sus diversos errores científicos. Sin embargo, y con todo, Gravity logra ser a su manera una gran película. O como mínimo, una pequeña y estimable joyita visual.

Recordemos que el cine es, en sí mismo, un desarrollo tecnológico. Apareció a finales del XIX: una técnica de apariencia casi mágica que impactó, en una época naturalista, a los parisinos de Lumière. (Esa locomotora que se les echaba encima debió aterrar más que las imágenes de Gravity). Luego, a lo largo del XX y el XXI, y al compás de la tecnología, el nuevo arte (o “septimo”, según lo llamaron) siguió evolucionado. Encendiendo más y más, al paso de cada década, la pasión y la imaginación.

Sí. El cine es un arte, pero también una tecnología y, por tanto, tiene dimensiones que la literatura acaso no tiene. La literatura apela a los discretos movimientos del espíritu. O de la sensibilidad. O de la mente. Llámase como se quiera. El cine, en cambio, aspira a reproducir de modo grandioso la realidad tangible. No solo fotocopiarla, sino recrearla. En el sentido mas palpable y visual. Potencialmente, el cine reconstruye con energía tanto la historia (el pasado) como la complejidad material del mismo presente. Incluso inventa el futuro. Y nos coloca su sofisticada y detalladísima imagen delante de los ojos.

Gravity es una pequeña maravilla tecnológica. Querámoslo o no, y si somos realistas, ver películas como Gravity va a ser lo más cerca que estemos la inmensa mayoría de los mortales de vivir cosas tan misteriosas como un paseo espacial, el desconcierto de la ingravidez, el profundo silencio del Cosmos o la contemplación increíble de la Tierra desde las alturas. De pisar la Luna ya ni hablo. Todas esas sensaciones que solo un puñado de hombres y mujeres han podido experimentar, desde el legendario 1961 de Yuri Gagarin.

¿Basta eso para hacer de una pelicula una masterpiece? Yo opino que, en cierto modo, sí.

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