Coherence (2013)

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A “quantum version” of Buñuel’s The Exterminating Angel: Coherence

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Interstellar, en Jot Down

Un magnífico diálogo entre Cristian Campos y el físico de partículas Juan José Gómez Cadenas sobre (la no menos magnífica) Interstellar (Christopher Nolan, 2014)  En Jot Down. 

Aquí un extracto:

“CC: Nolan presenta un mundo conquistado por la mediocridad, en el que se ha exterminado toda excelencia. La excelencia asociada a la fe en el progreso, la ciencia y la tecnología. Y frente a ese mundo de funcionarios y de granjeros que solo pretenden conservar lo que tienen, Nolan opone la figura del pionero, del aventurero, del explorador. Interstellar es un alegato a favor de las misiones espaciales, de la tecnología y de la fe en el ser humano en detrimento de la política.

J. J.: El problema de la mediocridad lo tenemos ya encima. Te pongo como ejemplo la inversión en ciencia. Cada euro que echas a la hucha de la ciencia te vuelve multiplicado por millones. Todo lo que nos rodea, desde Skype, que te permite hablar con tu gente en cualquier parte del planeta —hasta hace poquísimo tiempo hablar por teléfono costaba una fortuna—, hasta el PET que te detecta un cáncer, la quimioterapia que te lo cura, el avión que te lleva de vacaciones, el ordenador sin el que no puedes vivir, las técnicas agroalimentarias que permiten alimentar a miles de millones de personas, TODO, se lo debemos a la ciencia y a la tecnología.

(Subrayados Ciencia y Cultura)

Diálogo completo aqui 

Sobre el primer Solaris (1968)

Parece que el hermetismo, no solo político sino también cultural, de la antigua URSS, impidió que durante décadas apenas se supiera nada de esta película (o telefilm) rodada en 1968 por Boris Niremburg y Lidya Ishimbayeva para la Soviet Central Television (la televisión estatal soviética). Fue la primera adaptación de la novela de Stanislaw Lem, aparecida en Varsovia unos años antes, en 1961, y saludada como una de las mejores de la llamada ciencia-ficción. Poco después de esta primera versión de Niremburg/Ishimbayeva vendría, en 1972, la morosa y contemplativa, también soviética, película de Andrei Tarkovsky, está sí, conocida y aclamada en los cines de arte y ensayo de Occidente (“respuesta de la URSS a 2001″, etcétera). Luego, ya mucho más tarde, llegaría la adaptación estadounidense de Steven Soderbergh (2002), protagonizada por George Clooney y Natascha McElhone, tercera y última realizada hasta la fecha, sin duda decepcionante, aunque no exenta de interés.

Tan solo cuatro actores se reparten el peso de este primer Solaris de atmósfera teatral y atractivos tonos expresionistas: Vasily Lanovoy (Kelvin), Vladimir Etush (Snout), Viktor Zozulin (Sartorius) y Antonina Pilyus (Hari). Como fondo, y por debajo de los cada vez más tensos diálogos de los personajes, notamos la silenciosa presencia del planeta incomprensible, origen de todas sus turbaciones. Sin la densidad y lentitud de la versión de Andrei Tarkovsky, esta película, casi oculta en Occidente durante treinta años, me ha parecido muy grata y estimable. (Para mi sorpresa, la sorbí muy rápidamente). Se trata como mínimo de una correcta adaptación televisiva de una novela de escenario tecnocientífico (en una Estación espacial suspendida sobre un planeta ignoto), pero de tema humanístico muy complejo.

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Nota sobre Gravity

GRAVITY

Hace un par de días por fin me puse a ver Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), alrededor de un año después de su estreno aclamado y rutilante. Usé la pantalla (de buen tamaño, eso sí), de mi viejo y pesado laptop del año 2009.

Ya sé que la película estaba pensada para verse en 3D y en pantalla gigante. Para vivir una magnífica experiencia visual a gran escala. A pesar de ello, la grandeza del escenario y sus imágenes (incuestionablemente breathtaking) me alcanzaron. Ahí, en la pantalla de un anticuado y quejumbroso laptop, Gravity se las arregló para hacerme soñar. La película de Cuarón no tiene ni de lejos (aunque se haya insinuado) la densidad filosófica de 2001, Una Odisea del Espacio o el Solaris de Tarkovsky. Aunque eficacísima, su historia es bastante simple. Es un thriller espacial, sin duda manejado con maestría por su director. Pero su “gravedad” (valga el juego de palabras) no es del tipo, digamos, intelectual o metafísico.

Ni siquiera es, en sentido estricto, ciencia-ficción. Al menos no en el sentido hard. Neil deGrasse Tyson y otros han señalado sus diversos errores científicos. Sin embargo, y con todo, Gravity logra ser a su manera una gran película. O como mínimo, una pequeña y estimable joyita visual.

Recordemos que el cine es, en sí mismo, un desarrollo tecnológico. Apareció a finales del XIX: una técnica de apariencia casi mágica que impactó, en una época naturalista, a los parisinos de Lumière. (Esa locomotora que se les echaba encima debió aterrar más que las imágenes de Gravity). Luego, a lo largo del XX y el XXI, y al compás de la tecnología, el nuevo arte (o “septimo”, según lo llamaron) siguió evolucionando. Encendiendo más y más, al paso de cada década, la pasión y la imaginación.

Sí. El cine es un arte, pero también una tecnología y, por tanto, tiene dimensiones que la literatura acaso no tiene. La literatura apela a los discretos movimientos del espíritu. O de la sensibilidad. O de la mente. Llámase como se quiera. El cine, en cambio, aspira a reproducir de modo grandioso la realidad tangible. No solo fotocopiarla, sino recrearla. En el sentido mas palpable y visual. Potencialmente, el cine reconstruye con energía tanto la historia (el pasado) como la complejidad material del mismo presente. Incluso inventa el futuro. Y nos coloca su sofisticada y detalladísima imagen delante de los ojos.

Gravity es una pequeña maravilla tecnológica. Querámoslo o no, y si somos realistas, ver películas como Gravity va a ser lo más cerca que estemos la inmensa mayoría de los mortales de vivir cosas tan misteriosas como un paseo espacial, el desconcierto de la ingravidez, el profundo silencio del Cosmos o la contemplación increíble de la Tierra desde las alturas. De pisar la Luna ya ni hablo. Todas esas sensaciones que solo un puñado de hombres y mujeres han podido experimentar, desde el legendario 1961 de Yuri Gagarin.

¿Basta eso para hacer de una pelicula una masterpiece? Yo opino que, en cierto modo, sí.