Sophia, de Hanson Robotics

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Activada en 2015, presentada el año siguiente, por la compañía de Hong Kong Hanson Robotics, e inspirada nada menos que en Audrey Hepburn, Sophia es tal vez el robot humanoide más asombroso de los desarrollados hasta ahora, tanto por lo logrado de su aspecto externo como por su comportamiento y lenguaje, tan aparentemente humanos.

No obstante, no hay que dejarse engañar por dicho aspecto externo y su espectacular mise en scène, con ese discurso ante las Naciones Unidas incluido. Es verdad que todo apunta a que estamos ante un sensacional avance en robótica y tecnología computacional, pero Sophia está, según todos los expertos independientes, todavía muy lejos de la inteligencia humana. Los especialistas dicen que en realidad Sophia tiene la inteligencia de un bebé, aunque desde luego no hable como un bebé, sino que se gasta más bien un inglés muy elocuente propio no ya de un adulto, sino de un adulto sereno, cultivado e interrogativo.

Parece obvio que sus respuestas a las preguntas que se le hacen siguen un guion: (“they are scripted”). Ejemplo de instrucción: Sophia, si te preguntan “¿Cuándo conquistaréis los robots el mundo?”, reproduce entonces una sonrisa irónica y responde “¡has visto demasiado ciencia ficción apocalíptica!”. Sophia es incapaz de elaborar las respuestas por ella misma, tan solo las escoge entre un abanico de posibilidades en función de los inputs de información que acceden a su sistema. En definitiva, sigue las instrucciones de un programa informático.

Pero el dispositivo llamado Sophia es una verdadera virguería tecnológica y son muy importantes sus avances en ámbitos como el reconocimiento facial, el procesamiento de datos visuales o su misma inteligencia artificial, embrionaria, sí, pero en proceso de aprendizaje y expansión.

¿Es entonces su inteligencia la de un bebé? Sí, pero consideremos que un bebé es, probablemente, y si dejamos de lado a los adultos humanos, la criatura más formidable e inteligente del universo entero. (Si es que estamos realmente solos, posibilidad que vuelve a tomar cuerpo, por cierto). Y sobre todo, no olvidemos que, en un espacio de un par de décadas, ese bebe se habrá transformado en un adulto. Sophia, al igual que un bebé, aprende y ensancha su inteligencia, su comprensión de lo que le rodea y su capacidad de reacción ante los estímulos

No obstante, el responsable de Hanson Robotics, que acudió al programa nocturno de Jimmie Fallon para presentar a Sophia ante el público, claramente mentía o exageraba cuando dijo “Sí, básicamente está viva”. No, no lo está. Sophia es un sistema de inteligencia artificial dotado de una sofisticada carcasa robótica que le da un aspecto humano, pero no está viva, ni está consciente. Porque, no olvidemos que lo que determina si eres o no una persona no es superar el test de Turing (que determinaría simplemente que la inteligencia del sistema artificial es como la de un humano), sino si tienes o no conciencia.

¿Y qué es la conciencia? Pues eso que se apaga cuando te duermes y vuelve a encenderse cuando te despiertas: la conciencia de tu yo en el mundo. Un enigma que a duras penas podemos definir y del que en realidad no tenemos prácticamente ni idea acerca de en qué consiste. ¿Cómo “genera” el tejido neuronal, con sus sinapsis, sus impulsos eléctricos, sus neurotransmisores, eso que entendemos como conciencia? Pues eso, ni idea.

Es muy probable que Sophia -o versiones posteriores- alcancen en un futuro próximo una inteligencia (sobre) humana. Pero entonces, el androide no pasará de ser lo que se conoce como un zombie filosófico. Externamente será identica a un humano en cuanto a raciocinio y comportamiento -incluso comportamiento moral, pero no tendrá conciencia. Será por tanto, una cosa, un objeto. 

¿O acaso esperamos, como parece a veces, que un sistema computacional, o lo que podríamos llamar la réplica artificial de la red neuronal humana, una vez alcanzado cierto nivel de complejidad va a alumbrar mágicamente la conciencia, como si se tratase de una bombilla que de pronto convierte en luz la corriente eléctrica? Inteligencia y conciencia son cosas diferentes ¿De donde hemos sacado esa extraña idea de que una cosa lleva necesariamente a la otra?

Creo que Sophia es, en definitiva, un magnifico androide, algo que nos acerca a los sueños de Isaac Asimov. Un avance notabilísimo y un prolegómeno de la inminente inteligencia artificial de nivel (sobre) humano en un vehículo androide. Posiblemente las futuras actualizaciones de Sophia lleguen a ser indistinguibles de un ser humano en aspecto, inteligencia y conducta. (¡Atención al inminente uncanny valley o valle siniestro, por cierto!) Tal cosa llegaría una vez alcanzada la famosa singularidad: hacia 2029, según Raymond Kurzweil (*). Por tanto, Sophia puede llegar a ser mas inteligente que una persona y desarrollar un comportamiento aparentemente idéntico al humano, incluso una “moral” percibida externamente como humana. Pero no parece que vaya a desarrollar una conciencia de sí misma.

En consecuencia, no sería nunca lo que entendemos por una persona. Y desde ese punto de vista me parece absurdo que se le haya concedido la ciudadanía de un país (Arabia Saudí) o, mediante sus espectaculares puestas en escena, se le haga creer al público que Sophia es un ser ya casi humano, o que estamos a un paso de WestWorld.

Sophia es un ser artificial tecnológicamente prodigioso, sin duda. Pero nos están vendiendo una moto al decirnos que es lo que no es. O no es todavía. O quizá no sea nunca.

(*) De una manera más precisa, Kurzweil prevee que en 2029 la inteligencia artifical igualará a la humana (podrá pasar un test de Turing); y en 2045 llegará la singularidad: la inteligencia artificial y la humana se fusionaran y se producirá un crecimiento tecnológico y civilizatorio exponencial. 

 

 

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James Lovelock y la energía nuclear

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El antiguo gurú ecologista sorprendió en 2004 con su defensa de la energía nuclear para hacer frente al calentamiento global.

James Lovelock (Hertfordshire, 1919), además de científico de primera línea, ha sido una de las figuras más importantes en la historia del movimiento ecologista, y un gurú de la conciencia verde. Ha estado en el candelero desde hace décadas. En los años sesenta, trabajando para la NASA, se encargó del desarrollo de instrumentos cuya función había de ser estudiar la superficie y la atmósfera marcianas, con vistas a la posibilidad de que pudiera haber algún tipo de vida. Fue al hilo de estas investigaciones que Lovelock acabaría más tarde desarrollando su hipótesis Gaia para el propio planeta Tierra, que enunció por primera vez en 1970.

La hipótesis Gaia

El nombre le fue sugerido por el entonces vecino de Lovelock, el escritor William Golding, a partir de la diosa griega de la tierra primordial. La hipótesis Gaia concebía a la Tierra como un gigantesco sistema homeostático global capaz de autorregularse, del mismo modo que lo haría un organismo individual o una de sus células. Cuando se produce una variación en las condiciones (temperatura, presión, concentración), el sistema responde de manera que se recupere el equilibrio. Según Gaia, la Tierra funcionaría de este modo, como un gran sistema. La hipótesis, que cuenta con algún trasfondo místico, fue criticada en su día por colegas científicos como Richard Dawkins o Stephen Jay Gould.

El calentamiento global y el inminente desastre

Aparte de sus credenciales ecologistas y su autoría de la hipótesis Gaia, Lovelock se ha destacado por ser uno de los científicos y ecologistas que con más fuerza tratan de alertar sobre los peligros del calentamiento global. Lovelock defiende sin dudarlo la teoría (mayoritaria) de que la acumulación del CO2 generado por los combustibles fósiles es la causante directa del calentamiento global. Algo por tanto nuevo en la historia de la Tierra y achacado exclusivamente a la civilización humana.

Pero lo que distingue a Lovelock es su visión, para muchos exagerada y apocalíptica, de las consecuencias que traerá dicho calentamiento global. No serán solo devastadoras, sino casi inmediatas. Para Lovelock, dentro de menos de un siglo, hacia el 2100, habrá desaparecido entre el 80% y el 90% de la población actual. De hecho en solo unos treinta años, hacia el 2040, empezará a avistarse ya la catástrofe de manera evidente. El calentamiento global llevará a la inundación de ciudades como Londres, Nueva York o Tokio y desaparecerán bajo las aguas regiones enteras, como Bangladesh o Florida. Esta catástrofe llevará a la ruina total a millones de personas que perderán sus hogares y deberán huir desesperadamente a lugares como Canadá o Australia.
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Las reg

iones del trópico serán inhabitables. Los desiertos avanzarán hasta latitudes tan al norte como París o Berlín. El impacto social y económico será terrible. La desesperación y los enormes flujos migratorios llevarán al hundimiento de la civilización y a una nueva edad media. Para Lovelock, es fundamental que sobreviva el máximo número de ciudades (en el interior) para mantener las brasas de la civilización, y que dichas ciudades puedan ser energéticamente viables.

Lovelock se distancia del resto de apocalípticos del calentamiento global con la receta propuesta: para substituir a los combustibles fósiles no hay que apostar por las energías renovables, sino por la energía nuclear. Para el creador de Gaia, las energías renovables se encuentran en un estado muy poco avanzado, y son del todo insuficientes de cara a nuestras actuales necesidades energéticas. Es imposible que las grandes ciudades puedan abastecerse solo con energía eólica. Y no tenemos tiempo suficiente, según el científico y ecologista, para convertirlas en fuentes principales de energía.

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Leer más en Suite101: James Lovelock y la energía nuclear | Suite101.net

Viajar a Marte para quedarse

Superficie de Marte

Las misiones Apolo de 1968-1972 fueron de lo más grandioso que hayamos hecho los humanos. La imagen de Alan Shepard golpeando una pelota de golf en La Luna en 1972 resume iconográficamente el enorme potencial tecnológico de nuestra especie.

Muchos, demasiados, piensan aun hoy que una colección de cuentos orientales redactados hace milenios siguen conteniendo la última palabra acerca del Hombre, la Vida y el Universo. En algún lugar de esos textos arcaicos se había proclamado a la Luna como algo inalcanzable para el Hombre. El palo de golf de Shepard envió pelota y cuento a las tinieblas exteriores.

El horizonte de Marte

¿Y Marte? En 1972, al cancelarse las misiones Apolo, era casi unánime la idea de que llegaríamos al Planeta “Vecino” antes de fin de siglo. En La Conexión Cósmica (1973), Carl Sagan ponía 1990 como fecha máxima. Ha habido en los últimos treinta años detalladísimas exploraciones robóticas del Sistema Solar, que nos permiten ahora hasta escuchar los sonidos de Titán mediante un simple click. Pero a pesar de esto, no hemos puesto todavía físicamente pie en Marte.

No obstante, el horizonte, los proyectos, las ideas, las especulaciones, ahí siguen. Ir y volver de Marte (hablamos de misiones tripuladas) es tecnológica y económicamente prohibitivo. Pero ¿y si fuésemos…para no volver?

Viajar a Marte para quedarse (extracto)

Un vuelo tripulado al Planeta Rojo pero sin billete de vuelta disminuiría muchísimo los costes y podría servir como avanzadilla de una colonia permanente.
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Son muchas las dificultades de un viaje tripulado de ida y vuelta a Marte. Como es natural, el coste de enviar una nave con astronautas es muy superior al de las sondas con robots, algo que ya se ha hecho con éxito.

Hay razones importantes para ir a Marte. Colonizar otro mundo es un seguro de vida para el caso de que el nuestro de origen, la Tierra, se hiciese algún día inhabitable. No olvidemos la nada desdeñable posibilidad de desastre planetario: la destrucción nuclear, el impacto de meteoritos, el agotamiento de los recursos, la superpoblación. La posibilidad de que nuestra ciencia y tecnología se estanquen y dejen de estar a la altura de los exigentes retos de nuestra supervivencia. Peligro este último que algunos ven ya en el horizonte, teniendo en cuenta el actual clima ideológico.

Y una colonia en Marte nos proveerá de mejores herramientas de indagación científica. La planetología, la geología, la biología evolutiva son solo algunas de las disciplinas que se beneficiarían enormemente. (…)

Leer más en ECiencia: Viajar a Marte para quedarse allí

Ese Futuro que nunca llega

Recorriendo Imaginary futures (2007), de Richard Barbrook, que utiliza la Feria Mundial de Nueva York en 1964 como uno de sus centros, uno no puede menos que estar completamente de acuerdo con el autor: el Futuro sigue siendo el que era, el que siempre ha sido. Ahí sigue, impertérrito, inamovible, cegador y relumbrante.

Estamos en el 2010, un año digamos, vertiginosamente “futurista”. Pero la sensación de vivir, de habitar en el Futuro, hum, yo creo que no acabamos de tenerla. Lo cual no tiene demasiada importancia salvo si acaso para los que nos consideramos freaks de la Ciencia y la FantaCiencia y seguidores de los imaginarios futuristas que han recorrido el XIX, el XX y esta década que llevamos de XXI. Pero lo que sí resulta un poquito patético es esa insistencia del entramado mediático-publicitario de colocarnos una y otra vez la noción de un delicioso futuro hightech, y rotundo, que está (ese futuro) constantemente -un año tras otro, una década tras otra- a la vuelta de la esquina. El problema es que, aparentemente, no acabamos nunca de llegar, de recorrerlo con los dedos.

Vamos, que el Futuro, en el imaginario, en el mundo de las agencias de publicidad y de las marcas, de la TV y la mercadotecnia, sigue siendo inamovible. En 1939, en 1964. En 1976. En 2001: una idea fantástica y metalizada, llena de sonrisas y simpáticos gadgets, en medio de los cuales, discurre (discurrirá) la vida, maravillosa.

El Museo del Transporte de Glasgow

Por segundo año consecutivo visité el afamado festival de verano de Edimburgo. La meteorología escocesa fue más bien benévola conmigo y sólo llovió durante tres de mis dias allí. Aprovechando la relativa proximidad (79 km) de Glasgow, dejé que un autobús me colocara en la co-capital de Escocia. En Glasgow, pude visitar uno de los museos más populares del Reino Unido o al menos de su trozo más septentrional: el Museo del Transporte.

Justo enfrente de la Kelvingrove Art Gallery, se alza el Kelvin Hall, levantado en 1927 y albergando el Museo del Transporte desde hace veinte años (1987). Con su medio millón de visitantes anuales, el Museo es uno de los más concurridos de la sobrecargada Gran Bretaña y vuelve loca a la chiquillería de Glasgow. Se disfruta mucho en familia. Los niños corretean por los pasillos con una mirada alucinada y extraña. Criaturas del XXI, nietos a motor.

Homenaje a la gasolina

En esos pasadizos y salas del Kelvin Hall vamos encontrándonos con todo tipo de automóviles y vehículos. Es una pinacoteca de la locomoción y el transporte, un templo al gran tótem de la sociedad occidental. Coches, furgonetas, autobuses, caravanas, trenes: cualquier cosa arrastrada por el motor de gasolina, aunque también recoge el museo vehículos de otra propulsión. El Museum of Transport es una especie de insistente homenaje a la gasolina. Pude ver un automóvil de 1898 que a primera vista diríase una especie de carruaje, pero horseless o sin caballos. Llevaba un incongruente volante, que presuponía un motor y la necesidad de combustible. Los caballos que impulsaban al todavía decimonónico ingenio no eran ya pues biológicos. El volante del extraño carruaje a motor estaba a la derecha, como todos los vehículos que han circulado en el Reino Unido en el último siglo y pico, y todos los representados en el museo. El volante a la derecha: la principal seña de identidad del UK.

El Museum of Transport es también una exaltación del automóvil escocés. Y de paso también una apología del industrioso River Clayde y de los Queen Mary o los Queen Elisabeth.

Automóviles de los 1930s

A un lado del edificio, una calle-decorado recreaba un ambiente de los años 30. Tres o cuatro coches de esa década o de la siguiente se alineaban en la falsa calle. El automóvil más reciente que pude ver en el Museum of Transport fue un aparatoso taxi de 1987, aunque no se si también lo es (el más reciente) de la colección. Encontré modelos de los 20’s de los 30´s de los 40´s. Todas las décadas estaban representadas, y la diferente y cambiante estética de los vehículos. Creo que en el automóvil podemos encontrar una vez más el entrelazamiento Tecnología-Cultura. Se trata de una tecnología con un diseño específico para cada década o tiempo, como cada década o tiempo tiene su música o su cine o su sociología.

El motor de explosión y los vehículos que ha propulsado a lo largo de los años forma parte no sólo de la historia de la Tecnología sino de la memoria del epiléptico siglo XX.

El Kelvin Hall y su contenido justifica él solito un viaje exclusivo a Glasgow. El museo me encantó, y no creo que nadie interesado en la historia de la Tecnociencia deba perdérselo

Adrian Berry: Los próximos diez mil años

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(Una antigua reseña de 2001, ya publicada)

En torno al libro de Adrian Berry Los próximos 10.000 años (1973)

El título de este libro resulta algo visionario y sin duda va más allá que el propio contenido del texto, aparte de ser de una osadía insólita. El mundo actual es tan imprevisible y complejo, su evolución futura tan indescifrable, que no es fácil que nadie se atreva a hacer profecias no ya a diez mil años vista, sino tan siquiera a diez mil horas. Puede visualizarse, dentro de unos interesantes límites de probabilidad, la evolución del mundo de aquí al año 2050 o 2060, pero remontarse mucho más allá es un ejercicio que roza la frivolidad intelectual. No obstante, cuando se publicó Los próximos diez mil años corría el año 1973, y eran otros tiempos, tiempos arrogantes en el ámbito tecnológico y aeroespacial y de gran euforia respecto al porvenir inmediato y lejano. Era una época marcada por el entusiasmo de 1969, y que se sentía totalmente embalada hacia el futuro. Sólo en una época así podía aparecer un libro tan (racionalmente) visionario como este.

Siempre me he sentido atraido por el tema de la conquista del espacio y del futuro científico y tecnológico del Hombre. Desde que era adolescente, me sedujo el género de la ciencia ficción, la astronomía, la cosmología, las hazañas científico-tecnológicas y el remoto porvenir. Carl Sagan era uno de mis dioses. Devoré la serie Cosmos a cada pase televisivo y nunca dejó de fascinarme. Leí avidamente su Conexión cósmica, al igual que las obras divulgativas de Asimov. La pasión por estos temas, junto con la ciencia-ficción, fue lo que me llevó a la insólita decisión de matricularme en la Facultad de Química (carrera que muy poco después canjearía por el inacabable estudio de la Farmacia). No es sorprendente, con estos antecedentes, que un libro con un título como Los proximos diez mil años, un título que se remontaba de una manera tan vertiginosa desde nuestro triste y prehistórico tiempo, captase enseguida mi atención. Cuando lo vi un domingo en un tenderete del Mercado de San Antonio, aunque su estado no era demasiado bueno, mi apática mano voló hacia él.

Primeros setenta: éxtasis tecnológico

Los próximos diez mil años es uno de esos libros de divulgación científica que menudearon tanto en la década de los setenta, época como hemos dicho, de gran euforia tecnológica en el terreno aeroespacial. Y es que cuando apareció, hacia tan solo unos pocos meses que el último hombre en pisar la Luna había vuelto a casa. En efecto, en Diciembre de 1972, tuvo lugar la número XVII de las legendarias misiones Apolo, la última cuya tripulación puso pie en el satélite. Han pasado casi treinta años desde entonces y ningún otro ser humano ha vuelto a pisar aquella desolada y remota superficie, lo cual por si sólo indica que fue una proeza tecnológica cercana a lo increible. En sólo 15 años desde el inicio de la era espacial (en 1957, con el lanzamiento del Sputnik por parte de la URSS), la humanidad había hecho realidad la alucinante fantasía de enviar varias misiones tripuladas a la Luna: el Apolo XI, el XII, el XIV, el XV, el XVI y el XVII (el Apolo XIII, como es sabido, tuvo un problema y no alunizó). Aquella fantasiosa literatura de Luciano, Cyrano, Godwin, Verne, Wells y tantos otros invadió al fin la aburrida realidad. El mono desnudo había logrado tocar la Luna tan sólo dos millones de años después de bajarse de los árboles y levantar hacia ella el rostro peludo y simiesco. La humanidad levitaba de éxtasis místico-tecnológico. Ante una hombrada de tal magnitud, cualquier empresa parecía posible en el futuro más inmediato, esto es, a lo largo de las siguiente décadas: viajes tripulados a Marte en la década de 1990, colonias permanentes o semipermanentes en la Luna para pasado mañana y otros logros futuristas. Continue reading “Adrian Berry: Los próximos diez mil años”