Liz Parrish, un año de “tratamiento”

En Septiembre de 2016 se cumplió un año del inicio de la terapia génica de Elizabeth Parrish, CEO de la empresa biotecnológica BioViva.

Liz Parrish se convirtió en el “paciente cero” de dicha terapia, la primera paciente en autoadministrarse una terapia génica antienvejecimento que solo se había ensayado previamente en ratones. Por tanto no se habían realizado ensayos clínicos en humanos. Esto le ha valido críticas por parte de la comunidad científica, al haberse saltado el protocolo de desarrollo de fármacos, y someterse así al riesgo de una terapia que no ha sido probada en humanos, y por tanto de la que se desconocen, entre otras cosas, posibles efectos adversos.

No obstante, el paso dado por Parrish viene avalado por muchos años de investigación previa en este campo. La terapìa génica suministrada se basa en lo que se considera una de las claves del (anti)envejecimiento: la longitud de los telómeros, que se acortan a cada división celular. La terapia previene este acortamiento. En Abril, tras seis meses, la CEO de BioViva anunció que la terapia de momento había sido exitosa, y se había producido un notable restablecimiento de la longitud de los telómeros en sus glóbulos blancos.

Si finalmente la cosa funcionase, y en el futuro pudiese aplicarse esta terapia de una manera precisa y segura y con éxito terapéutico, podríamos estar al fin ante un avance capital: no solo resultaría en un aumento espectacular de la esperanza de vida, sino en la misma reversión del envejecimiento. Esto último es fundamental, ya que se trataría de revertir el proceso de desgaste, y no solo de frenarlo.

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Space Oddity (1969)

David Bowie (1947-2016)

El Mayor Tom es un personaje imaginario pero ya icónico en la historia de la música popular. Su peripecia onírica nos fue narrada por primera vez en la Rareza Espacial (Space Oddity) de  David Bowie, en julio de 1969.

Sí, ese mismo Julio de 1969 en que se produjo el primer alunizaje, el del Apolo XI de los Armstrong, Aldrin y Collins. Y la BBC utilizó la canción de Bowie durante su transmisión televisiva del alunizaje.

Altamente creativo, sí, pero Space Oddity es un producto de una era única, finales de los 1960, en que la pasión por la conquista del Espacio capturaba la imaginación e impregnaba la cultura popular. 2001, a Space Oddisey, estrenada un año antes, es una inspiración evidente para Bowie. Y su Mayor Tom es un Dave Bowman en un módulo de hojalata, pero a quien también fascina el aspecto, prometedor y extraño, de las estrellas.

I’m stepping through the door
And I’m floating in a most peculiar way
And the stars look very different today

Later That Same Life

Así nos cuenta Peter Emshwiller su fascinante “viaje en el tiempo” de 1977 a 2015 al encuentro con su yo futuro, en una especie de imposible talk show. 

“You see, back in 1977 when I was 18 years old, I interviewed my future self. Using state of the art (for its time) equipment, I recorded one side of a time-travel talk show.

I sat in a well-lit chair in a completely black studio and, like some teenaged Johnny Carson, chatted with an invisible older me. During this one-way conversation, I asked my older self tons of questions about my future – from career to family to art to friendships to sex. Then I recorded many different reactions to each possible answer, ranging from polite nods, to joy, sadness, annoyance, surprise, and outright horror.”

Later that Same Life 

Interstellar, en Jot Down

Un magnífico diálogo entre Cristian Campos y el físico de partículas Juan José Gómez Cadenas sobre (la no menos magnífica) Interstellar (Christopher Nolan, 2014)  En Jot Down. 

Aquí un extracto:

“CC: Nolan presenta un mundo conquistado por la mediocridad, en el que se ha exterminado toda excelencia. La excelencia asociada a la fe en el progreso, la ciencia y la tecnología. Y frente a ese mundo de funcionarios y de granjeros que solo pretenden conservar lo que tienen, Nolan opone la figura del pionero, del aventurero, del explorador. Interstellar es un alegato a favor de las misiones espaciales, de la tecnología y de la fe en el ser humano en detrimento de la política.

J. J.: El problema de la mediocridad lo tenemos ya encima. Te pongo como ejemplo la inversión en ciencia. Cada euro que echas a la hucha de la ciencia te vuelve multiplicado por millones. Todo lo que nos rodea, desde Skype, que te permite hablar con tu gente en cualquier parte del planeta —hasta hace poquísimo tiempo hablar por teléfono costaba una fortuna—, hasta el PET que te detecta un cáncer, la quimioterapia que te lo cura, el avión que te lleva de vacaciones, el ordenador sin el que no puedes vivir, las técnicas agroalimentarias que permiten alimentar a miles de millones de personas, TODO, se lo debemos a la ciencia y a la tecnología.

(Subrayados Ciencia y Cultura)

Diálogo completo aqui 

Sobre el primer Solaris (1968)

Parece que el hermetismo, no solo político sino también cultural, de la antigua URSS, impidió que durante décadas apenas se supiera nada de esta película (o telefilm) rodada en 1968 por Boris Niremburg y Lidya Ishimbayeva para la Soviet Central Television (la televisión estatal soviética). Fue la primera adaptación de la novela de Stanislaw Lem, aparecida en Varsovia unos años antes, en 1961, y saludada como una de las mejores de la llamada ciencia-ficción. Poco después de esta primera versión de Niremburg/Ishimbayeva vendría, en 1972, la morosa y contemplativa, también soviética, película de Andrei Tarkovsky, está sí, conocida y aclamada en los cines de arte y ensayo de Occidente (“respuesta de la URSS a 2001″, etcétera). Luego, ya mucho más tarde, llegaría la adaptación estadounidense de Steven Soderbergh (2002), protagonizada por George Clooney y Natascha McElhone, tercera y última realizada hasta la fecha, sin duda decepcionante, aunque no exenta de interés.

Tan solo cuatro actores se reparten el peso de este primer Solaris de atmósfera teatral y atractivos tonos expresionistas: Vasily Lanovoy (Kelvin), Vladimir Etush (Snout), Viktor Zozulin (Sartorius) y Antonina Pilyus (Hari). Como fondo, y por debajo de los cada vez más tensos diálogos de los personajes, notamos la silenciosa presencia del planeta incomprensible, origen de todas sus turbaciones. Sin la densidad y lentitud de la versión de Andrei Tarkovsky, esta película, casi oculta en Occidente durante treinta años, me ha parecido muy grata y estimable. (Para mi sorpresa, la sorbí muy rápidamente). Se trata como mínimo de una correcta adaptación televisiva de una novela de escenario tecnocientífico (en una Estación espacial suspendida sobre un planeta ignoto), pero de tema humanístico muy complejo.

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