Sobre el primer Solaris (Boris Niremburg y Lydia Ishimbayeva, 1968)


Parece que el hermetismo, no solo político sino también cultural, de la antigua URSS, impidió que durante décadas apenas se supiera nada de esta película (o telefilm) rodada en 1968 por Boris Niremburg y Lidya Ishimbayeva para la Soviet Central Television (la televisión estatal soviética). Fue la primera adaptación de la novela de Stanislaw Lem, aparecida en Varsovia unos años antes, en 1961, y saludada como una de las mejores de la llamada ciencia-ficción. Poco después de esta primera versión de Niremburg/Ishimbayeva vendría, en 1972, la morosa y contemplativa (también soviética) película de Andrei Tarkovsky, está sí, conocida y aclamada en los cines de arte y ensayo de Occidente (“respuesta de la URSS a 2001″, etc). Luego, ya mucho más tarde, llegaría la adaptación estadounidense de Steven Soderbergh (2002), protagonizada por George Clooney y Natascha McElhone, tercera y última realizada hasta la fecha, sin duda decepcionante, aunque no exenta de interés.

Tan solo cuatro actores se reparten el peso de este primer Solaris de atmósfera teatral y atractivos tonos expresionistas: Vasily Lanovoy (Kelvin), Vladimir Etush (Snout), Viktor Zozulin (Sartorius) y Antonina Pilyus (Hari). Como fondo, y por debajo de los cada vez más tensos diálogos de los personajes, notamos la silenciosa presencia del planeta incomprensible, origen de todas sus turbaciones. Sin la densidad y lentitud de la versión de Andrei Tarkovsky, esta película, casi oculta en Occidente durante treinta años, me ha parecido muy grata y estimable. (Para mi sorpresa, la sorbí muy rápidamente). Se trata como mínimo de una correcta adaptación televisiva de una novela de escenario tecnocientífico (en una Estación espacial suspendida sobre un planeta ignoto), pero de tema humanístico muy complejo.

Las más de dos horas de duración de las dos partes transcurren con sorprendente agilidad, a pesar del escenario opresivo y la naturaleza potencialmente filosófica de la historia narrada. El Solaris de Boris Niremburg y Lidya Ishimbayeva se compone en realidad de dos episodios, que encontramos ensamblados en el vídeo Youtube adjunto, incluyendo los títulos de crédito que cierran el primer episodio (que dura alrededor de una hora) y abren el segundo (de una hora y veinte minutos). Enlazando ambos episodios, se nos aparecen, brotando de la oscuridad ante un aterrado Kelvin, los ojos de Antonina Pylus (Hari), joven actriz soviética completamente desconocida, de rostro (como no podía ser de otra manera) hermosísimo.

El film no nos muestra el planeta Solaris: la acción se desarrolla en todo momento en la Estación a la que llega el psicólogo Kelvin. Solo existen las alusiones excitadas e indirectas, a través de los diálogos, al misterioso ser vivo océanico, aparentemente dotado de conciencia y lanzado a la exploración de las mentes de los humanosY nada se nos dice de las simetríadas o los mimoides, esas enigmáticas estructuras que el océano de Solaris crea en su superficie con propósito desconocido (¿acaso como intentos de comunicación o expresión tan desesperados como los intentos de los humanos?) y sobre las que Lem se explaya con generosidad en la novela. Las otras versiones realizadas (Tarkovsky y Sodenbergh) en realidad tampoco fotografían ni nos muestran apenas el planeta, aún siendo como es sin duda el indiscutible centro de la narración original de Stanislaw Lem.

El blanco y negro de este sorprendente Solaris televisivo tiene instantes de tensión bien escogidos y que en algún momento me han recordado la atmósfera de la legendaria (y estadounidense) Twilight Zone. El guion escrito por Nicolai Kemarsky es muy fiel a la novela de Lem y, en mi opinión, muy bien extractado. Sin las pretensiones metafísicas de Tarkovsky, el Solaris de Niremburg/Ishimbayeva es ante todo sobrio y eficaz. Tarkosvky se preocupa ante todo de los movimientos del corazón humano y parece incluso sobrarle el escenario tecnológico. Casi diríamos que considera el mismo planeta Solaris como una excusa o un mero decorado para su disquisición existencial. Y sin embargo el océano es la esencia misma de la historia. Su carácter incomprensible y, desde luego, la profunda herida que nos deja, el desafío a los límites de nuestra cognición. Su capacidad para experimentar con nosotros. Él, supuesto objeto de nuestros experimentos.

El Océano no es soslayable. Solo es posible acceder a él por la vía de la exploración científica y la potente tecnología de ella derivada. Su interrogación, la que el océano nos hace, tendrá impacto existencial, pero es la tecnociencia la que nos ha colocado frente a este alucinante adversario. Y es la ciencia la que podrá, al menos hasta cierto punto, explorarlo con eficacia. Es solo a partir del conocimiento de su realidad material (el máximo que seamos capaces de alcanzar) que podremos lanzarnos luego a tejer nuestra red metafísica. En este sentido, se agradece la sobriedad de este primer Solaris, que posiblemente gustó más a Lem que la posterior versión de Tarkovsky. Aunque solo sea por su mayor fidelidad al Solaris literario, cuyo personaje básico no es Kelvin ni la increíble y renacida Hari, sino (insistamos) el océano solariano y su impacto en nosotros.

El inteligente filtrado que de la novela de Lem hacen Kemarsky y Niremburg/ Ishimbayeva, los diálogos solventes, las frases perfectamente escogidas, resuenan vigorosas en el silencio sombrío de la Estación, en esos corredores turbadores y expresionistas, y quien sabe si por ello resultan más punzantes que las lentas imágenes que nos serviría más tarde el gran Andrei Tarkovsky, en su (indudablemente) muy superior película.

Asimov: Profesión (1957)

nueve-futurosProfesión, de Isaac Asimov, nos muestra una sociedad del año 6510 DC cuyo sistema educativo se basa en dos jornadas fundamentales en la vida de un individuo: el Día de la Lectura, cuyo rito tiene lugar a los 8 años, y el Día de la Educación, una década más tarde, a los 18.

En esta época a cuatro mil años de distancia de la nuestra, el desarrollo tecnológico es tan avanzado y tan elevada ya la exigencia de generar rápidamente conocimiento especializado que ha sido necesario buscar atajos a la formación típica y tradicional: esa que de siempre nos ha exigido años (incluso décadas) de lento aprendizaje. En el mundo de Profesion, hombres y mujeres ya no aprenden a “trocitos”, ya no se pasan años y años recorriendo libros de diferentes materias, quemándose las cejas sobre textos impresos en papel (o digitalizados en una pantalla, for that matter).

Ha sido ya superada esa metodología de estudio propia de las Civilizaciones Antiguas (como la nuestra), en que habíamos de absorber y procesar conocimientos con esfuerzo, dejándolos madurar para que, con el tiempo, fuéramos haciéndolos nuestros. En este siglo LXVI, una increíble neurotecnología es capaz de inocular en un individuo (en los días señalados: Lectura y Educación) toda una habilidad completa o el dominio de una materia en una única sesión de sólo unos minutos. Un dispositivo (sobre cuyo detalle técnico Asimov no se explaya) te confiere en un santiamén, y sin ningun tipo de aprendizaje previo, la capacidad lectora (Día de la Lectura) o el completo cuerpo de conocimientos que exige una profesion especializada (Día de la Educacion).

Todos esos muchachos que, recién cumplidos los 18, se apiñan en las salas de los centros de Educacion saldrán de ahí, en unas horas, convertidos en Programadores Diplomados, Estadísticos Diplomados, Matemáticos Diplomados, Metalúrgicos Diplomados, Obreros Diplomados o hasta Taxistas Diplomados. Es decir, con un título que les habilitará en exclusiva para desempeñar alguna de las innumerables tareas que componen las gigantesca Civilización Humana.

La elección de la Especialidad no corre a cargo del muchacho o muchacha que recibe los electrodos del sistema neurológico de aprendizaje (aunque desde luego el educando habrá tenido previamente sus preferencias). Dependerá tan solo de la conformación específica de su cerebro y sistema nervioso. Las aptitudes que su genética y conformación nerviosa determinen. Los pedagogos expertos decidirán qué especialidad es la que corresponde a cada cual: la más adecuada a su capacidad cognitiva. Esa, y ninguna otra, será la formacion que se le transmitirá tecnológicamente en el Día de la Educación. Sin que su preferencia previa tenga la más mínima importancia.

Toda creatividad y pensamiento original parecen estirpadas de este mundo de insectos económicos productivos y altamente especializados. La gente recibe toda su formacion de una tacada, esa que ha de permitir a cada uno ser un profesional competente en la gran colmena de la Civilización. Y, en lo que respecta a la Educación, aquí se acaba la historia.

NUEVE FUTUROS (Isaac Asimov)George Platen acaba de cumplir dieciocho años. Es un joven inquieto y rebelde, con ambiciones y una marcada individualidad. Tiene sueños y fantasías, aunque también sabe lo que quiere. Introspectivo y algo solitario, es muy aficionado a los libros (lo que en 6510 es una excentricidad aun mayor que en 2015). Le gusta aprender a trocitos, como se hizo siempre (sin que él tenga la menor idea de ello) en los tiempos antiguos. Tras el inminente Día de la Educación, George sueña con convertirse en Programador Diplomado. Incluso ha leído ya algunos libros sobre la materia, algo que oculta a su entorno, pues ni lo entenderían ni lo aprobarían. Confía en que su conformación cerebral le habilite para la Programación. Casi lo da por hecho.  Al menos esa es su ambición y deseo.

Llega por fin el día de la Educación y George es convocado, junto a decenas de jóvenes tan asustados y/o esperanzados como él, en uno de los grandes centros educativos. Ahí, junto a los otros, esperará a que le llamen para que un mecanismo misterioso lo convierta en un Diplomado. ¿Diplomado en qué? Pues en lo que máquina y técnicos estimen adecuado en función de sus (teóricas) capacidades intelectuales. Pero George va a encontrarse con la mayor frustración de su vida. Su autoestima caerá en picado, casi hasta el autodesprecio, lo cual le llevará a una desesperada huida. Pero con el paso del tiempo, irá descubriendo que las cosas no son en absoluto lo que parecen. Ni respecto a él mismo ni a la Sociedad que le ampara.

Profesión apareció por primera vez en el número de julio de 1957 de Astounding Science Fiction, y fue más tarde incluida como historia principal en la coleccion Nine Tomorrows (1959). Tiene algo de novela juvenil, de iniciacion y descubrimiento. Uno de los relatos (largos) más imaginativos de Asimov, puede leerse como una reflexión sobre la Educación, el papel en ella de la tecnología, la forma en que se adquiere el conocimiento y cuáles son los objetivos de dicho conocimiento. También es un bonito (algo ingenuo) homenaje a la creatividad y el talento, la pasión por el aprendizaje y la creencia firme en las propias capacidades.

Nota sobre Gravity

GRAVITY

Hace un par de días por fin me puse a ver Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), alrededor de un año después de su estreno aclamado y rutilante. Usé la pantalla (de buen tamaño, eso sí), de mi viejo y pesado laptop del año 2009.

Ya sé que la película estaba pensada para verse en 3D y en pantalla gigante. Para vivir una magnífica experiencia visual a gran escala. A pesar de ello, la grandeza del escenario y sus imágenes (incuestionablemente breathtaking) me alcanzaron. Ahí, en la pantalla de un anticuado y quejumbroso laptop, Gravity se las arregló para hacerme soñar. La película de Cuarón no tiene ni de lejos (aunque se haya insinuado) la densidad filosófica de 2001, Una Odisea del Espacio o el Solaris de Tarkovsky. Aunque eficacísima, su historia es bastante simple. Es un thriller espacial, sin duda manejado con maestría por su director. Pero su “gravedad” (valga el juego de palabras) no es del tipo, digamos, intelectual o metafísico.

Ni siquiera es, en sentido estricto, ciencia-ficción. Al menos no en el sentido hard. Neil deGrasse Tyson y otros han señalado sus diversos errores científicos. Sin embargo, y con todo, Gravity logra ser a su manera una gran película. O como mínimo, una pequeña y estimable joyita visual.

Recordemos que el cine es, en sí mismo, un desarrollo tecnológico. Apareció a finales del XIX: una técnica de apariencia casi mágica que impactó, en una época naturalista, a los parisinos de Lumière. (Esa locomotora que se les echaba encima debió aterrar más que las imágenes de Gravity). Luego, a lo largo del XX y el XXI, y al compás de la tecnología, el nuevo arte (o “septimo”, según lo llamaron) siguió evolucionado. Encendiendo más y más, al paso de cada década, la pasión y la imaginación.

Sí. El cine es un arte, pero también una tecnología y, por tanto, tiene dimensiones que la literatura acaso no tiene. La literatura apela a los discretos movimientos del espíritu. O de la sensibilidad. O de la mente. Llámase como se quiera. El cine, en cambio, aspira a reproducir de modo grandioso la realidad tangible. No solo fotocopiarla, sino recrearla. En el sentido mas palpable y visual. Potencialmente, el cine reconstruye con energía tanto la historia (el pasado) como la complejidad material del mismo presente. Incluso inventa el futuro. Y nos coloca su sofisticada y detalladísima imagen delante de los ojos.

Gravity es una pequeña maravilla tecnológica. Querámoslo o no, y si somos realistas, ver películas como Gravity va a ser lo más cerca que estemos la inmensa mayoría de los mortales de vivir cosas tan misteriosas como un paseo espacial, el desconcierto de la ingravidez, el profundo silencio del Cosmos o la contemplación increíble de la Tierra desde las alturas. De pisar la Luna ya ni hablo. Todas esas sensaciones que solo un puñado de hombres y mujeres han podido experimentar, desde el legendario 1961 de Yuri Gagarin.

¿Basta eso para hacer de una pelicula una masterpiece? Yo opino que, en cierto modo, sí.

The Cult: Revista de la Tercera Cultura

a9618d3040c331c1b02c676183f31165_L (1)Leemos en el Quienes Somos de The Cult:

El arte y la ciencia en conversación. Esa es la premisa de la que parte THE CULT. Crear un espacio donde esos dos sectores se encuentren con naturalidad, regalándonos emociones, asombro y reflexión”

“Tenemos algunos indicios de que ese diálogo que planteamos entre ciencias y humanidades es, como mínimo, una nueva referencia. En THE CULT sabemos que el arte puede contagiar emociones científicas, y que la ciencia puede ser tan reveladora como una obra artística. Pensemos en la belleza de un insecto prehistórico atrapado en una gota de ámbar, o en el desafío que implica seguir el curso de la evolución humana desde los primeros homínidos hasta los constructores de catedrales, y luego aún más allá, adentrándonos en la odisea espacial”.

“En el ámbito de la divulgación, The Cult se inscribe en la corriente de la Tercera Cultura, que promueve el encuentro entre las ciencias y las humanidades. Defendemos los principios de orden y jerarquía de la cultura periodística, y por ese motivo, en un tiempo de crisis y de grandes cambios, revindicamos el periodismo de fuentes, lejos del dogmatismo, la superficialidad y el sensacionalismo. Porque lo más destacado en The Cult no es lo último ni lo más leído, sino lo más importante”.

“Toda la cultura. Ese es nuestro ámbito de trabajo y la mejor descripción de nuestra actitud a través de miles de artículos, entrevistas y reportajes”.

Asimov: Franchise (1955)

la_tierra_basta.previewReleyendo estos días Earth is Room Enough (Doubleday, 1957), magnífica colección de relatos del siempre sugestivo Isaac Asimov. Muchas de las piezas de la colección son memorables, pero en mi nueva relectura hay una en concreto que me ha llamado especialmente la atención. Se trata de Franchise (Sufragio Universal), relato aparecido por primera vez en la revista If: Worlds of Science Fiction, en el número de agosto de 1955.

Franchise imagina unos EEUU del futuro (¡año 2008!) como una gigantesca democracia electrónica. (2008 es ya el pasado para nosotros, y por tanto uno de esos paleofuturos de los que hablábamos en nuestro post anterior). El auténtico protagonista del relato es un ordenador de tamaño ciclópeo y prácticamente omnisciente: Multivac, “personaje” tecnológico que también aparece en otras historias cortas de Asimov.

En este 2008 (paleo)futurista de Franchise ya no es necesario celebrar físicamente las elecciones presidenciales cuatrienales, con su habitual feria de urnas y colegios electorales, recuentos, análisis y progresivos índices de participación/abstención. Las cosas se hacen de otra manera. De entre los centenares de millones de ciudadanos estadounidenses con derecho a voto, Multivac escogerá tan solo a uno, aquel que juzgará más representativo del conjunto del electorado y de su previsible comportamiento, calculado al detalle por la máquina. A este ciudadano escogido, Multivac va a plantearle una serie de preguntas sobre diferentes temas de interés político, social o comunitario. Las respuestas del “votante” único podrán ser, según el libre criterio de éste, tanto lacónicas (incluso monosilábicas) como palabreras. Pero será a partir de ellas y sus análisis que Multivac será capaz de establecer con precisión cual habría sido la decisión del cuerpo electoral en su conjunto en unas elecciones al uso.

Norman Muller: el “elector” 

¿Y quien es el ciudadano que selecciona el supercomputador para este sufragio supuestamente universal, pero en la práctica reducido a un solo votante representativo? Pues un tal Norman Muller, anodino empleado de Indianápolis. Un hombre que parece el arquetipo mismo de la clase media norteamericana de los años cincuenta. Ya comentamos que el visionario Asimov lo es (y mucho) en lo que respecta al cambio tecnológico. No tanto en el cambio cultural: la típica sociedad de la América 1950s aparece fosilizada en muchos de sus escenarios, incluso del futuro lejano. Continue reading

Sobre paleofuturos

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Las Navidades del futuro.

¿Qué es un paleofuturo? Es un futuro cronológicamente ya superado, o al menos alcanzado, que fue imaginado (anticipado, narrado) desde una época pasada. Me considero un apasionado de los paleofuturos. Todo un género en sí mismos, en ellos se entremezclan la lógica de los desarrollos técnicos, la historia y la prospección, la narrativa y los sueños.

Hay algo de poético en esos paleofuturos. Vistos desde la actualidad algunos se nos aparecen precisos o acertados, otros excesivamente optimistas y audaces. Los hay culturalmente transgresores. Otros resultan encantadores o ingenuos, simples magnificaciones de un presente (para nosotros ya pasado lejano) socialmente arcaico.

Foundation_cover(Al hilo de esto ¿me atreveré a decir que las Fundaciones del gran Asimov, ese futuro lejanísimo, esa humanidad esparcida por la Galaxia, tiene mucho de una América de los 50 sobredimensionada? Es obvio que el punto fuerte de la brillante serie asimoviana no está precisamente en el acabado especulativo sobre el cambio cultural del futuro remoto).

Analizando paleofuturos, hay algo que no me ha pasado desapercibido. En concreto sobre el más legendario y rotundo de los paleofuturos: el año 2000. Observamos que el 2000 imaginado desde principios del siglo XX (aprox. 1890-1910) casi siempre es tecnológicamente muy inferior al que ha sido nuestro 2000 real. En cambio, el 2000 recreado desde mediados o el último tercio del siglo XX (desde 1960 ó 1970, digamos) es superior, a veces grotescamente superior, al real. (Acabo de toparme con una prospección biomédica de 1955 para el año 1999: se proyecta una esperanza de vida de… ¡150 años!)

En un artículo de Matt Novak, oigo mencionar por primera vez el libro Tomorrow’s Home (1981), de Neil Ardey. (La ilustración que encabeza este post está tomada del libro en cuestión). Sobre las Navidades del futuro, se lee lo siguiente:

“Christmas in the future is an exciting occasion. Here the children have been given a home music and video system that links into the home computer. They are eagerly trying it out. The eldest boy is using the video camera to record pictures of the family, which are showing on the computer viewscreen. However, someone else is playing with the computer controls and changing the images for fun. At the same time, another child is working at the music synthesizer, creating some music to go with the crazy pictures”  Continue reading

What’s so terrible about being beautiful?

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Sobre Number 12 Looks Just Like YouThe Twilight Zone (Episodio 137/ Temporada 5). Primera emisión: 24 de enero de 1964.

Asociar ciencia y tecnología con la tiranía política y la extinción de la individualidad o la identidad personal es un verdadero clásico de la sci-fi y sus escenarios de anticipación. Se trata de una idea antigua, sin duda bienintencionada y con propósito de advertencia honesta, pero que también se plantea no pocas veces de manera equivocada o desacertada.

Number 12 Looks Just Like You es uno de los títulos legendarios de The Twilight Zone. (Incluso una banda estadounidense de avant-garde metal tomó de aquí su nombre). Number 12 no fue escrita por Serling: se trata de una adaptación de The Beautiful People (1952), relato de Charles Beaumont.  Sin duda es un episodio brillante, inteligente, inquietante, a la altura de la serie de ciencia-ficción (sort of) quizá más classy e intelectualmente sofisticada de la historia de la TV estadounidense. Es decir, de la TV.

En Number 12, una sociedad de apariencia amable y discretamente totalitaria obliga, mediante un patrón cultural tiránico, a someterse, una vez cumplidos los 18, a la llamada transformación. Ésta es una operación fisiológica que se lleva a cabo tras la elección, por parte del “interesado/a”, de un modelo bello y estandarizado de apariencia física, de entre un limitado repertorio numerado. El profesor Sig (psicólogo y apólogo de la técnica operatoria, así como de la sociedad construida en torno a ella) explica los orígenes de la misma a la reticiente joven Marilyn Cuberle que, tras cumplir los 18, se ve amistosamente forzada por su madre, familia y amigos al rito operatorio, que ella rechaza. “Se trataba -explica el doctor Sig- de eliminar la fealdad, fuente inagotable de infelicidad y resentimiento en el seno de la humanidad“. La transformación es sin duda un desarrollo biomédico impresionante, ya que también permite alargar hasta dos o tres veces la duración de la vida humana, extirpar toda posible patología y además, es capaz de instilar en nosotros, irreversiblemente, una manera positiva y feliz de percibir el mundo que nos rodea. Number_12

El placer de la imperfección

La joven Marilyn Cuberle atesora el recuerdo de su padre, persona de gran cultura y sensibilidad, que inculcó en ella la pasión por la individualidad, el orgulloso placer de ser ella misma y amada como tal, con todas sus imperfecciones. El gusto de Marilyn por la poesía, los libros, las conversaciones, es también una herencia de su padre. Shelley, Keats, Byron o Dostoievski son algunos de los nombres que, durante la sesión de introspección, la desesperada e incomprendida muchacha (*) le lanza a la cara al doctor Sig. Que, por su expresión, no parece identificarlos, o no del todo.

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