Later That Same Life

Así nos cuenta Peter Emshwiller su fascinante “viaje en el tiempo” de 1977 a 2015 al encuentro con su yo futuro, en una especie de imposible talk show. 

“You see, back in 1977 when I was 18 years old, I interviewed my future self. Using state of the art (for its time) equipment, I recorded one side of a time-travel talk show.

I sat in a well-lit chair in a completely black studio and, like some teenaged Johnny Carson, chatted with an invisible older me. During this one-way conversation, I asked my older self tons of questions about my future – from career to family to art to friendships to sex. Then I recorded many different reactions to each possible answer, ranging from polite nods, to joy, sadness, annoyance, surprise, and outright horror.”

Later that Same Life 

Interstellar en Jot Down

 

 

 

 

 

 

Un magnífico diálogo entre Cristian Campos y el físico de partículas Juan José Gómez Cadenas sobre (la no menos magnífica) Interstellar (Christopher Nolan, 2014)  En Jot Down.  

“CC: Nolan presenta un planeta devastado en el que son los burócratas los que deciden quién va o no a la universidad porque se prefiere a cien granjeros analfabetos a un científico genial; en el que la NASA, paradigma de la excelencia, es una organización casi clandestina; en el que han desaparecido las tecnologías médicas que permitían salvar la vida de millones; y en el que han triunfado las tesis más ridículas de los conspiranoicos. 

Es un mundo conquistado por la mediocridad y la resignación y en el que se ha exterminado toda excelencia. La excelencia asociada a la fe en el progreso, la ciencia y la tecnología. Y frente a ese mundo de funcionarios y de granjeros que solo pretenden conservar lo que tienen,, Nolan opone la figura del pionero, del aventurero, del explorador. Interstellar es un alegato a favor de las misiones espaciales, de la tecnología y de la fe en el ser humano en detrimento de la política.

J. J.: Yo creo que el problema de la mediocridad lo tenemos ya encima. Te pongo como ejemplo la inversión en ciencia. Cada euro que echas a la hucha de la ciencia te vuelve multiplicado por millones. Todo lo que nos rodea, desde Skype, que te permite hablar con tu gente en cualquier parte del planeta —hasta hace poquísimo tiempo hablar por teléfono costaba una fortuna—, hasta el PET que te detecta un cáncer, la quimioterapia que te lo cura, el avión que te lleva de vacaciones, el ordenador sin el que no puedes vivir, las técnicas agroalimentarias que permiten alimentar a miles de millones de personas, TODO, se lo debemos a la ciencia y a la tecnología que viene de su mano.

(Subrayados Ciencia y Cultura)

Diálogo completo aqui 

Sobre el primer Solaris (1968)


Parece que el hermetismo, no solo político sino también cultural, de la antigua URSS, impidió que durante décadas apenas se supiera nada de esta película (o telefilm) rodada en 1968 por Boris Niremburg y Lidya Ishimbayeva para la Soviet Central Television (la televisión estatal soviética). Fue la primera adaptación de la novela de Stanislaw Lem, aparecida en Varsovia unos años antes, en 1961, y saludada como una de las mejores de la llamada ciencia-ficción. Poco después de esta primera versión de Niremburg/Ishimbayeva vendría, en 1972, la morosa y contemplativa, también soviética, película de Andrei Tarkovsky, está sí, conocida y aclamada en los cines de arte y ensayo de Occidente (“respuesta de la URSS a 2001″, etcétera). Luego, ya mucho más tarde, llegaría la adaptación estadounidense de Steven Soderbergh (2002), protagonizada por George Clooney y Natascha McElhone, tercera y última realizada hasta la fecha, sin duda decepcionante, aunque no exenta de interés.

Tan solo cuatro actores se reparten el peso de este primer Solaris de atmósfera teatral y atractivos tonos expresionistas: Vasily Lanovoy (Kelvin), Vladimir Etush (Snout), Viktor Zozulin (Sartorius) y Antonina Pilyus (Hari). Como fondo, y por debajo de los cada vez más tensos diálogos de los personajes, notamos la silenciosa presencia del planeta incomprensible, origen de todas sus turbaciones. Sin la densidad y lentitud de la versión de Andrei Tarkovsky, esta película, casi oculta en Occidente durante treinta años, me ha parecido muy grata y estimable. (Para mi sorpresa, la sorbí muy rápidamente). Se trata como mínimo de una correcta adaptación televisiva de una novela de escenario tecnocientífico (en una Estación espacial suspendida sobre un planeta ignoto), pero de tema humanístico muy complejo.

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Asimov: Profesión (1957)

nueve-futurosProfesión, de Isaac Asimov, nos muestra una sociedad del año 6510 DC cuyo sistema educativo se basa en dos jornadas fundamentales en la vida de un individuo: el Día de la Lectura, cuyo rito tiene lugar a los 8 años, y el Día de la Educación, una década más tarde, a los 18.

En esta época a cuatro mil años de distancia de la nuestra, el desarrollo tecnológico es tan avanzado y tan elevada ya la exigencia de generar rápidamente conocimiento especializado que ha sido necesario buscar atajos a la formación típica y tradicional: esa que de siempre nos ha exigido años (incluso décadas) de lento aprendizaje. En el mundo de Profesion, hombres y mujeres ya no aprenden a “trocitos”, ya no se pasan años y años recorriendo libros de diferentes materias, quemándose las cejas sobre textos impresos en papel (o digitalizados en una pantalla, for that matter).

Ha sido ya superada esa metodología de estudio propia de las Civilizaciones Antiguas (como la nuestra), en que habíamos de absorber y procesar conocimientos con esfuerzo, dejándolos madurar para que, con el tiempo, fuéramos haciéndolos nuestros. En este siglo LXVI, una increíble neurotecnología es capaz de inocular en un individuo (en los días señalados: Lectura y Educación) toda una habilidad completa o el dominio de una materia en una única sesión de sólo unos minutos. Un dispositivo (sobre cuyo detalle técnico Asimov no se explaya) te confiere en un santiamén, y sin ningun tipo de aprendizaje previo, la capacidad lectora (Día de la Lectura) o el completo cuerpo de conocimientos que exige una profesion especializada (Día de la Educacion).

Todos esos muchachos que, recién cumplidos los 18, se apiñan en las salas de los centros de Educacion saldrán de ahí, en unas horas, convertidos en Programadores Diplomados, Estadísticos Diplomados, Matemáticos Diplomados, Metalúrgicos Diplomados, Obreros Diplomados o hasta Taxistas Diplomados. Es decir, con un título que les habilitará en exclusiva para desempeñar alguna de las innumerables tareas que componen las gigantesca Civilización Humana.

La elección de la Especialidad no corre a cargo del muchacho o muchacha que recibe los electrodos del sistema neurológico de aprendizaje (aunque desde luego el educando habrá tenido previamente sus preferencias). Dependerá tan solo de la conformación específica de su cerebro y sistema nervioso. Las aptitudes que su genética y conformación nerviosa determinen. Los pedagogos expertos decidirán qué especialidad es la que corresponde a cada cual: la más adecuada a su capacidad cognitiva. Esa, y ninguna otra, será la formacion que se le transmitirá tecnológicamente en el Día de la Educación. Sin que su preferencia previa tenga la más mínima importancia.

Toda creatividad y pensamiento original parecen estirpadas de este mundo de insectos económicos productivos y altamente especializados. La gente recibe toda su formacion de una tacada, esa que ha de permitir a cada uno ser un profesional competente en la gran colmena de la Civilización. Y, en lo que respecta a la Educación, aquí se acaba la historia.

NUEVE FUTUROS (Isaac Asimov)George Platen acaba de cumplir dieciocho años. Es un joven inquieto y rebelde, con ambiciones y una marcada individualidad. Tiene sueños y fantasías, aunque también sabe lo que quiere. Introspectivo y algo solitario, es muy aficionado a los libros (lo que en 6510 es una excentricidad aun mayor que en 2015). Le gusta aprender a trocitos, como se hizo siempre (sin que él tenga la menor idea de ello) en los tiempos antiguos. Tras el inminente Día de la Educación, George sueña con convertirse en Programador Diplomado. Incluso ha leído ya algunos libros sobre la materia, algo que oculta a su entorno, pues ni lo entenderían ni lo aprobarían. Confía en que su conformación cerebral le habilite para la Programación. Casi lo da por hecho.  Al menos esa es su ambición y deseo.

Llega por fin el día de la Educación y George es convocado, junto a decenas de jóvenes tan asustados y/o esperanzados como él, en uno de los grandes centros educativos. Ahí, junto a los otros, esperará a que le llamen para que un mecanismo misterioso lo convierta en un Diplomado. ¿Diplomado en qué? Pues en lo que máquina y técnicos estimen adecuado en función de sus (teóricas) capacidades intelectuales. Pero George va a encontrarse con la mayor frustración de su vida. Su autoestima caerá en picado, casi hasta el autodesprecio, lo cual le llevará a una desesperada huida. Pero con el paso del tiempo, irá descubriendo que las cosas no son en absoluto lo que parecen. Ni respecto a él mismo ni a la Sociedad que le ampara.

Profesión apareció por primera vez en el número de julio de 1957 de Astounding Science Fiction, y fue más tarde incluida como historia principal en la coleccion Nine Tomorrows (1959). Tiene algo de novela juvenil, de iniciacion y descubrimiento. Uno de los relatos (largos) más imaginativos de Asimov, puede leerse como una reflexión sobre la Educación, el papel en ella de la tecnología, la forma en que se adquiere el conocimiento y cuáles son los objetivos de dicho conocimiento. También es un bonito (algo ingenuo) homenaje a la creatividad y el talento, la pasión por el aprendizaje y la creencia firme en las propias capacidades.

Nota sobre Gravity

GRAVITY

Hace un par de días por fin me puse a ver Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), alrededor de un año después de su estreno aclamado y rutilante. Usé la pantalla (de buen tamaño, eso sí), de mi viejo y pesado laptop del año 2009.

Ya sé que la película estaba pensada para verse en 3D y en pantalla gigante. Para vivir una magnífica experiencia visual a gran escala. A pesar de ello, la grandeza del escenario y sus imágenes (incuestionablemente breathtaking) me alcanzaron. Ahí, en la pantalla de un anticuado y quejumbroso laptop, Gravity se las arregló para hacerme soñar. La película de Cuarón no tiene ni de lejos (aunque se haya insinuado) la densidad filosófica de 2001, Una Odisea del Espacio o el Solaris de Tarkovsky. Aunque eficacísima, su historia es bastante simple. Es un thriller espacial, sin duda manejado con maestría por su director. Pero su “gravedad” (valga el juego de palabras) no es del tipo, digamos, intelectual o metafísico.

Ni siquiera es, en sentido estricto, ciencia-ficción. Al menos no en el sentido hard. Neil deGrasse Tyson y otros han señalado sus diversos errores científicos. Sin embargo, y con todo, Gravity logra ser a su manera una gran película. O como mínimo, una pequeña y estimable joyita visual.

Recordemos que el cine es, en sí mismo, un desarrollo tecnológico. Apareció a finales del XIX: una técnica de apariencia casi mágica que impactó, en una época naturalista, a los parisinos de Lumière. (Esa locomotora que se les echaba encima debió aterrar más que las imágenes de Gravity). Luego, a lo largo del XX y el XXI, y al compás de la tecnología, el nuevo arte (o “septimo”, según lo llamaron) siguió evolucionado. Encendiendo más y más, al paso de cada década, la pasión y la imaginación.

Sí. El cine es un arte, pero también una tecnología y, por tanto, tiene dimensiones que la literatura acaso no tiene. La literatura apela a los discretos movimientos del espíritu. O de la sensibilidad. O de la mente. Llámase como se quiera. El cine, en cambio, aspira a reproducir de modo grandioso la realidad tangible. No solo fotocopiarla, sino recrearla. En el sentido mas palpable y visual. Potencialmente, el cine reconstruye con energía tanto la historia (el pasado) como la complejidad material del mismo presente. Incluso inventa el futuro. Y nos coloca su sofisticada y detalladísima imagen delante de los ojos.

Gravity es una pequeña maravilla tecnológica. Querámoslo o no, y si somos realistas, ver películas como Gravity va a ser lo más cerca que estemos la inmensa mayoría de los mortales de vivir cosas tan misteriosas como un paseo espacial, el desconcierto de la ingravidez, el profundo silencio del Cosmos o la contemplación increíble de la Tierra desde las alturas. De pisar la Luna ya ni hablo. Todas esas sensaciones que solo un puñado de hombres y mujeres han podido experimentar, desde el legendario 1961 de Yuri Gagarin.

¿Basta eso para hacer de una pelicula una masterpiece? Yo opino que, en cierto modo, sí.

The Cult: Revista de la Tercera Cultura

a9618d3040c331c1b02c676183f31165_L (1)Leemos en el Quienes Somos de The Cult:

El arte y la ciencia en conversación. Esa es la premisa de la que parte THE CULT. Crear un espacio donde esos dos sectores se encuentren con naturalidad, regalándonos emociones, asombro y reflexión”

“Tenemos algunos indicios de que ese diálogo que planteamos entre ciencias y humanidades es, como mínimo, una nueva referencia. En THE CULT sabemos que el arte puede contagiar emociones científicas, y que la ciencia puede ser tan reveladora como una obra artística. Pensemos en la belleza de un insecto prehistórico atrapado en una gota de ámbar, o en el desafío que implica seguir el curso de la evolución humana desde los primeros homínidos hasta los constructores de catedrales, y luego aún más allá, adentrándonos en la odisea espacial”.

“En el ámbito de la divulgación, The Cult se inscribe en la corriente de la Tercera Cultura, que promueve el encuentro entre las ciencias y las humanidades. Defendemos los principios de orden y jerarquía de la cultura periodística, y por ese motivo, en un tiempo de crisis y de grandes cambios, revindicamos el periodismo de fuentes, lejos del dogmatismo, la superficialidad y el sensacionalismo. Porque lo más destacado en The Cult no es lo último ni lo más leído, sino lo más importante”.

“Toda la cultura. Ese es nuestro ámbito de trabajo y la mejor descripción de nuestra actitud a través de miles de artículos, entrevistas y reportajes”.